Circunstancialmente, un lector de mis notas que describen las características del mundo actual como cambios civilizatorios, con críticas y dudas, me ha preguntado “¿Qué harías, si fueses joven hoy, para enfrentar esto? Porque esto ya está, es, lo que no vemos es una lucecita”.
Coincido con Viktor Frankl (1905-1997) en cuanto a que el ser humano no tiene la obligación de definir el sentido de la vida en términos universales y permanentes. Cada uno de nosotros lo haremos a nuestra manera, partiendo de nosotros mismos, desde nuestro potencial y experiencias, descubriéndonos en nuestro día a día. Es más, el sentido de la vida no solo difiere entre una persona y otra, sino que nosotros mismos tendremos un propósito vital en cada etapa de nuestra existencia.
En esa coincidencia creo transmitir la idea de que es muy difícil, si no imposible, reproducir la hipótesis y responder adecuadamente la inquietud de la pregunta mencionada.
Obviamente ya no soy joven, mejor dicho, no lo soy desde hace mucho tiempo, pero puedo hipotetizar, conjeturar.
Prefiero en esa tarea suponer que, mi respuesta a la situación actual, no sería muy diferente a la que vengo manifestando en estos tiempos.
No por sentirme congelado en el pensamiento, sino porque creo honestamente en alguna interpretación de la famosa frase de Marx en “El 18 Brumario”. Allí se dice aproximadamente: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.
Conforme a lo cual, mirando los innumerables cambios que ha sufrido la humanidad, las civilizaciones, me inclino a pensar que aun los más grandes desórdenes epocales, han sido seguidos de un reordenamiento de los factores, es decir, por un orden o algunos órdenes sistémicos, sin adjetivarlos.
Este verdadero colapso de la civilización actual, por ruptura de lo humanístico producido esencialmente por la tecnología, tendrá que cesar y ser reemplazado por un nuevo equilibrio.
No sabemos si la humanidad cometerá su propio holocausto, como un efecto de manada inconsciente, o se reconvertirá.
Sabemos, sí, que la tensión más fuerte, a lo largo de los tiempos, resulta de la lucha que el ser humano “animal”, mantiene constantemente a través de la cultura, su empeño en reprimir los instintos agresivos, destructivos o solamente egoístas, y dar espacio a los momentos creativos con sentido de convivencia moral solidaria. Creo que lo anterior está comprendido en la idea central que desarrolló Freud en “El porvenir de una ilusión”.
Desde el punto de vista individual, por temperamento y por formación -así como experiencias vividas-, nunca aprecié la violencia, las acciones foquistas, como forma de reacción ante las injusticias y los totalitarismos. Quizá sea una debilidad ética de mi parte, o al menos, una cierta desconfianza en mí mismo, en mis creencias y mis convicciones.
De modo que, por fuerte que sean la brutalidad del sistema, mucho más cuando viene presentada de forma tan edulcorada, que la recibe de buen grado gran parte de la población.
Por otra parte, no creo que ningún movimiento de tales características, pueda ser eficaz contra lo que vivimos hoy, en muestra de disconformidad a modo de rechazo o acción individual de mi parte.
Seguimos pensando, de una manera reformista centrada en el valor de la propia opinión y de la propia conducta, y en la tarea y el deber siempre inacabados de hacer crecer el entendimiento democrático con los demás, de un modo respetuosos de sus individualidades y pensamientos.
Siendo así, aún cuando no se vea una lucecita, como se me señaló, insistiría en mis creencias reformistas, humanistas, democráticas, clásicas y en el valor de las concertaciones, que ayudan a la paz de los espíritus y de los pueblos. Aunque sea como ficción orientadora de la convivencia social.
Mi respuesta sería entonces, que aún en esta oscuridad, preñada de incertidumbres y bestialidades, mi lucecita sigue teniendo un ombligo moral, que se extiende tanto fuera necesario como la muralla china.
Y si hoy fuera joven, o no tan viejo, haría lo que hago: exponer y difundir en lo posible mí visión sobre un modo amable de vivir en una sociedad entre iguales.
O como dijera Nicolás Guillén en su poema “Pero señor”:
…La República Argentina,
azul y nubes blancas,
pero señor,
me abrió con llaves de sueño
sus puertas de agua…
Pero señor,
pero señor, señor mío,
pero señor,
¡vengo buscando calor
que tengo frío!
Pero señor…








