spot_img

¿Qué debe hacer Alemania para salvar su democracia?

No hay que prohibir a la AfD ni apoyarla, sino ponerle límites legales y combatirla políticamente.

Los partidos populistas y nacionalistas de extrema derecha están haciendo grandes avances en todas partes, desde Washington hasta Varsovia, así que, ¿por qué nos alarma tanto una pequeña victoria de uno de esos partidos, Alternativa para Alemania (AfD), en las elecciones locales de un pequeño Estado federado, Sajonia-Anhalt? “¡Porque es Alemania!”, responden casi por instinto muchas personas en todo el mundo.

Pero conviene desgajar ese “¡porque es Alemania!”, como si fuera una naranja. Sí, por culpa de Adolf Hitler, de dos dictaduras (la Alemania nazi hasta 1945 y la Alemania Oriental comunista hasta 1989) y de dos guerras mundiales. Y sí, porque parte del lenguaje que utiliza la AfD da auténticos escalofríos a cualquiera que esté familiarizado con la retórica nazi.

Luego está el hecho de que Alemania es la principal potencia de Europa. La copresidenta nacional del partido, Alice Weidel, asegura que, cuando llegue al Gobierno después de las elecciones federales previstas para 2029, Alemania abandonará el euro y el espacio Schengen de libre circulación. ¿Qué quedaría entonces de la Unión Europea?

El gran liberal alemán Ralf Dahrendorf, que falleció en 2009, me dijo en más de una ocasión que solo podría confiar verdaderamente en la capacidad de resistencia de la democracia alemana cuando superase la prueba de una crisis económica de envergadura. Bueno, pues el país está hoy casi en esa situación.

El último trozo desgajado de “¡porque es Alemania!” es tal vez el más interesante. Todo el sistema constitucional, político y educativo de la República Federal está concebido para evitar que pueda volver a suceder algo parecido al hundimiento de la República de Weimar y la instauración de la dictadura de Hitler en 1933. La República Federal debe ser una wehrhafte Demokratie, una democracia capaz de defenderse a sí misma.

Por consiguiente, saber cómo va a defender Alemania su democracia es una cuestión importante no solo para Europa, sino para todo el mundo. Al analizar todas las respuestas que se están estudiando frenéticamente en Berlín, creo que la fórmula más convincente es: ni prohibir la AfD ni aceptarla, sino ponerle límites legales y combatirla políticamente.

La Constitución alemana estipula la prohibición de los partidos políticos que sean “hostiles” a los principios básicos de la democracia liberal. Varios políticos alemanes destacados han pedido que se solicite al Tribunal Constitucional la prohibición de la AfD, o al menos de sus sectores más extremistas, con ese argumento. Pero ya es demasiado tarde para eso. La AfD es una fuerza de peso en el Bundestag desde que triunfó (debido a la crisis migratoria) en las elecciones generales de 2017 y, como ocurre con Reform UK en Gran Bretaña, encabeza la intención de voto nacional en muchas encuestas. Decir de repente a tantos ciudadanos que no se les permite votar al partido que quieren sería un ataque a la democracia.

Pero nuestra democracia no es una tiranía de la mayoría en la que el pueblo habla y luego, a cortar cabezas. Es una democracia liberal, lo que significa que el resultado de cualquier votación popular debe atenerse a los límites del Estado de derecho, los derechos humanos y de las minorías y unas instituciones pluralistas y antimayoritarias. Las verdaderas amenazas para la democracia alemana hoy en día, más que a la República de Weimar de 1933, se parecen al Budapest de 2010 (cuando Viktor Orbán se hizo con el poder) y al Washington de 2026. Se dice que los “mini-Trump” de la AfD han estado estudiando con discreción los mecanismos ejecutivos y administrativos trumpianos que podrían emplear para consolidar su control. La República Federal tiene el derecho, el poder y el deber de detenerlos.

El artículo 37 de la Constitución, que autoriza a las autoridades federales a invalidar las actuaciones inconstitucionales de los estados federados, no se ha aplicado nunca en los 77 años de historia de la República. Suponiendo que, como parece probable, la AfD forme el Gobierno estatal en Sajonia-Anhalt, deberían utilizarse todas las competencias federales, incluido el artículo 37, siempre que sea necesario. Por ejemplo, se debería impedir que se comparta información confidencial sobre las agresiones cada vez más frecuentes de Rusia con la sucursal de los servicios de seguridad interior en Sajonia-Anhalt si el estado está bajo el control de la AfD prorrusa; se debería garantizar la independencia de los tribunales y la fiscalía y la neutralidad de la policía y la administración pública; y se debería, en mi opinión, acabar con toda la politización radical de la educación y de los medios audiovisuales públicos. Los políticos de la AfD, como es natural, gritarán que es juego sucio. Se siente. Si, como dicen, quieren “otra república”, que se vayan a vivir a Rusia.

Ahora bien, todavía más importante que estos mecanismos de contención legales y administrativos es la respuesta política. En el extremo opuesto a quienes piden que se prohíba el partido están los demócratas cristianos, que proponen abandonar el llamado cordón sanitario y acoger a los miembros de la AfD como parte del proceso político normal. Sostienen que permitirles asumir responsabilidades en un gobierno regional dejará en evidencia su incoherencia, su incompetencia y su falta de soluciones políticas reales. Hablar y trabajar con ellos acabará moderándolos, como parece que ha ocurrido con los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni. Yo mismo me he sentido tentado por estos argumentos. Pero los datos recopilados por politólogos dan a entender que la estrategia de inclusión tiene también muchas probabilidades de dar más alas a los nacionalistas. Y, por su parte, los activistas de la AfD están ya avisando sobre el peligro de caer en la Melonisierung (melonización).

Así que los demócratas cristianos no deberían caer en la tentación de coquetear con la AfD, como un hombre de mediana edad que, todo nervios, emprende una aventura extramatrimonial. Por el contrario, a partir de este mismo fin de semana en el que se celebran las elecciones en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín, tendrían que plantearle un combate político más eficaz. En vez de definir la democracia cristiana por lo que rechaza (la AfD y la extrema izquierda, Die Linke), deberían decir a favor de qué está. Para renovar la economía social de mercado alemana, deberían llevar a la práctica todas las reformas acordadas este verano con sus socios de coalición socialdemócratas y muchas más cosas. Ante los inmensos desafíos externos, desde la agresividad rusa hasta la inteligencia artificial de Estados Unidos y China, los demócratas cristianos —históricamente, el partido europeo por excelencia— deberían atreverse a defender unas soluciones de dimensión europea que den a cada país la fuerza necesaria para plantar cara a los gigantes.

Pero, además de la IA, los partidos mayoritarios de Alemania necesitan como sea la IE (inteligencia emocional). La clave del éxito de la AfD y Ulrich Siegmund en Sajonia-Anhalt —como ocurre con Trump y con el británico Nigel Farage— es saber utilizar la comunicación emocional. Estoy aquí con vosotros; os escucho y os veo; comparto vuestra indignación. Conmigo podéis decir lo que pensáis de verdad y ser vosotros mismos, porque, aunque sea millonario, en el fondo soy un tipo normal como vosotros. Así que vamos a tomarnos una cerveza y marchemos juntos hacia un pasado imaginario.

Resulta fascinante volver a leer el influyente artículo de 1937 del politólogo alemán exiliado Karl Loewenstein sobre la “democracia militante” y ver que insiste en que la democracia no puede “imaginar fórmulas emocionales capaces de competir con los fascistas y su flauta de Hamelin”. Por eso subrayo tanto la importancia de las restricciones constitucionales. Sin embargo, en nuestro entorno informativo cambiante, en el que prevalecen la atención, el dramatismo y la pasión, la democracia no puede defenderse solo a base de restricciones legales y políticas racionales. Los demócratas tienen que competir en todo el mundo con los flautistas actuales también en el plano emocional. Tanto la presencia constante en las redes sociales como la presencia física sobre el terreno son esenciales. El húngaro Peter Magyar y, hasta cierto punto, el nuevo primer ministro británico Andy Burnham, han demostrado que se puede hacer. Así que a partir de ahora todo dependerá, en gran parte, de que los demócratas alemanes, y en particular los demócratas cristianos, demuestren que ellos también pueden.”

Publicado en El País el 21 de septiembre de 2026.

 

spot_img
spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Elsa Llenderrozas

La huella democrática: el valor analítico de la obra

Maximiliano Gregorio-Cernadas

El poder del humor

Mónica Marquina

Las universidades ante la encrucijada de las microcredenciales