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Posmileísmo y crédito político

Dios escribe derecho por renglones torcidos. Muchos creen que el crédito económico extorsivo recibido de Estados Unidos fue crucial en las elecciones del 26-10. Y sí, pero mayor relieve tuvo el crédito político. Parece que Milei había hecho bastante para merecer un nuevo crédito, tipo: “deposité esperanzas en vos y te hice presidente… no entremos en detalles pero sacamos juntos a los K, bajaste la inflación y nos sacudiste un ajuste fiscal tremendo; y ahora estás en grandes problemas, que vos te buscaste… otra vez al borde del abismo y Trump te da una mano… y bueno, medio como que estoy jugado, ¿viste? Así que te doy otro crédito y veremos…”.

Pero un triunfo es un triunfo.

Mi optimista interior dice que quizás se hayan creado las condiciones favorables a un cambio de rumbo de la política argentina: la normalización el mileísmo y la desaparición del kirchnerismo como fuerza conservadora con poder de bloqueo.

Mi pesimista interior responde que el mileísmo ha devenido en la principal amenaza, y que el kirchnerismo se marchite deja el camino libre para el avance triunfal del peor mileísmo. El mileísmo de la hubris.

El optimista acusa al pesimista de enceguecimiento. La experiencia de traducir una victoria electoral en una oportunidad de quedarse con todo, gobernar solo, y cambiar brutalmente la Argentina, ya la hicieron y muy mal. Milei y Francos, la noche del 26-10, ofrecieron un mensaje de concordia y una promesa de moderación. Mejor hablar de posmileísmo. Sus votantes, asustados con el fantasma K y con el abismo financiero, se negaron a darle el empujón y, como Trump y Bessent – le dieron un crédito. Los humanos tendemos a dar un nuevo crédito a quienes hemos confiado y han hecho ya algo positivo. Y que el kirchnerismo dejara de ser el guardián de la decadencia era un deseo. El peronismo viene perdiendo volumen electoral desde hace años, pero podría entender que debe dejar de atrincherarse en su pasado, y disponerse a compartir un arco opositor plural. Y habrá ahora mayor correspondencia que en el tramo 2023-2025 entre el poder parlamentario y las preferencias del electorado. Pero el crecimiento de LLA le permite poco por sí solo: sostener un veto presidencial (y evitar un juicio político). Es el poder de negociación lo que ha aumentado a favor del oficialismo. No es quimérico pensar que las reformas entren de lleno en la agenda ejecutiva y parlamentaria. Y el arco opositor podrá tener más incentivos para negociar, adoptando o fingiendo adoptar, un perfil más constructivo. Se han creado, pedazo de tonto, las condiciones que siempre creíste las necesarias para sacar a la Argentina de su atolladero, ¿la ves? Empezando por que oficialismo y oposición se quieran bien por conveniencia recíproca, entrando en un juego virtuoso: el gobierno querrá que a una oposición “constructiva”, le vaya bien, ya que apreciará el beneficio potencial de esa mutación como fuente de credibilidad y alargamiento de las políticas. Y la oposición querrá que al gobierno le vaya bien porque desea heredarlo en las mejores circunstancias posibles. Por supuesto, la lucha entre gobierno y oposición será muy dura, nada de esas angélicas ilusiones de que el oficialismo cultive como flor de invernadero a su sucesor, pero será una relación virtuosa en la que a cada parte le convendrá que le vaya bien a la otra.

Tendríamos así la piedra angular de un triunfador claro, contundente, y que tiene algunas banderas de reforma ya desplegadas, que podrá tener menos problemas de credibilidad si procura sacarlas no vía decisionismo sino vía composición. La contraposición, que asume el conflicto, era indispensable, porque produce un triunfador. Y seguirá siéndolo porque las reformas son conflictivas. Pero también serán necesarias la cooperación y la negociación. El imperio del decisionismo sería la peor estrategia, y coartadas como la velocidad y la necesidad de no desvirtuar los cambios serían trampas. Pero la estatura política del triunfador se podrá apreciar en su capacidad para organizar el marco de cooperación y conflicto que debería ser la matriz de las reformas.  Por eso, más importante que contar con buenos ganadores será poder contar con buenos perdedores, y para eso estos deberán sentirse premiados. Este juego complejo, mezcla de ajedrez y go, deberá partir de una fórmula de gobierno: ¿del presidente? ¿de la Presidencia/gabinete? ¿presidencialismo de coalición? ¿coalición parlamentaria? Cuestión ineludible.

¡Estás en las nubes! – responde mi pesimista -. Ese Milei posmileísta no existe ni existirá. Tendremos mileísmo puro y duro. Francos cree sinceramente en la concordia, pero Milei manda. Por mileísmo, cándido, entiendo una forma esencialmente política a la que Milei se consagrará muy pronto: la corrosión extrema de la vida democrática y liberal; la conversión de la Constitución en letra muerta; la destrucción del espíritu republicano al punto tal que la vida política sea el cero frente al infinito del mercado (oligopólico) y del conservadurismo anti liberal, opuesto a la agenda de la diversidad que tanto odia; la cristalización de la desigualdad social. ¿Concordia? ¿Mezcla de cooperación y conflicto? Dejate de pamplinas. Milei y su peculiar estética son fieles a las tradiciones argentinas sempiternas, invulnerables, blindadas a toda prueba: la convicción de que Argentina puede ser re-creada de arriba abajo, de un saque, por un líder providencial.

Este es mi diálogo interior. Cada lector tendrá el suyo.

Publicado en Clarín el 28 de octubre de 2025.

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