¿Cuándo se jodió Perú?, preguntaba Mario Vargas Llosa desde la piel de Zabalita en Conversación en La Catedral. La pregunta, trasladada al caso argentino, conserva toda su vigencia: ¿cuándo comenzó nuestra decadencia? En una Argentina que no ha saldado aún cuentas con su pasado. Las respuestas han sido múltiples y, en muchos casos, inconclusas. Para algunos, el quiebre debe situarse en el golpe militar de 1930; para otros, en el surgimiento del peronismo como eje de la vida política argentina durante las últimas ocho décadas; una tercera lectura lo ubica en el “Rodrigazo” de 1975, como punto de inicio de un ciclo de inestabilidad económica persistente. Más recientemente, incluso, se ha propuesto retrotraer el origen de la declinación a la ampliación del sufragio a comienzos del siglo XX.
Parte de la decadencia argentina de las últimas décadas se podría explicar entonces por no haber saldado cuentas con el pasado y, por lo tanto, no haber podido proyectar hoja de ruta alguna a futuro. Respecto de esta última dificultad, hemos asistido a la puesta en ejecución de modelos de política pública de distinto signo ideológico –nacional/popular, neoliberal, desarrollista, socialdemócrata– sin poder resolver ninguno de ellos el dilema de una Argentina archipiélago. No obstante, entre ambas dificultades podemos establecer un común denominador: la pretensión fundacional que ha caracterizado a la política argentina.

Está presente entonces en la política argentina una pretensión de refundación del Estado y la sociedad en los inicios de cada nueva etapa política: aquello que bien podría representar un proceso de alternancia política entre diferentes actores es percibido como el comienzo de un nuevo ciclo histórico de la república que viene a constituir una verdadera bisagra de la historia. En una obra publicada en 2012 –La lechuza y el caracol. Contrarrelato político–, el filósofo Tomás Abraham sostenía que, acostumbrados a los mitos de fundación, el punto regenerativo es un lugar común repetido luego de cada una de las crisis nacionales. Así también se interrogaba sobre la peculiaridad de la cultura política criolla en los siguientes términos: ¿puede ser que en nuestro país cada vez que asume la presidencia un personal gubernamental se anuncie una mutación del sistema de valores?
Como si existiera un grado cero de la cultura, Abraham destaca la existencia de santos, mártires, excomulgados y una nueva epifanía que consagra al poder de turno y se proclama al reciente victorioso de alguna batalla cultural. Así, el círculo “no virtuoso” crisis-emergencia-refundación política aparece de manera recurrente. Con la profundización de la crisis, la apelación a la definición de la crisis como emergencia y el resurgimiento de propuestas que vienen a reinterpretar un nuevo ciclo político como la oportunidad para la transformación radical del Estado y la sociedad encuentran su oportunidad más propicia de circulación; agotado el ciclo, se abre la puerta hacia una nueva crisis y reinicio.








