La política y el mundo corporativo tienen más similitudes de las que les gustaría reconocer a ambos.
Para empezar, una organización política es, valga la redundancia, una organización. Es decir, se trata de un conjunto de personas que se organizan en base a determinados valores y objetivos comunes y que, a partir de allí, se dan un orden interno para la consecución de esos objetivos.
Algunas organizaciones tienen una dinámica más vertical y otras, una más horizontal. Algunas tienen un sistema de toma de decisiones más colegiado y, en otras, la conducción es más unipersonal.
En el mundo corporativo, las grandes organizaciones tienen una burocracia interna que, por más tediosa que pueda resultar, es lo que les permite funcionar. Similar a lo que dijera Max Weber de la burocracia estatal: esas jaulas de hierro sin las que podríamos vivir. El organigrama interno se explica para eficientizar la toma de decisiones y para filtrar elementos que no deben llegar a las altas autoridades. En una organización de 10.000 personas, por ejemplo, la gerencia o el CEO no pueden supervisar cada una de las acciones de la empresa, no pueden estar en todos los aspectos operativos del desarrollo de la compañía ni pueden tratar todos los temas.
Las organizaciones generan embudos y mecanismos de toma de decisiones para delegar responsabilidades y decisiones, e ir dándole un funcionamiento comandado desde arriba hacia abajo. Esto es: la decisión que tome el inferior debe respetar la esencia, los valores, los objetivos y las finalidades que estableció el superior —o que, por lo menos, validó con este—. Ir en contra de la filosofía de estos implicaría romper con la cadena de mando y atentar contra los valores y la misión de la propia organización.
Por eso, en el mundo corporativo, como en la política, quien está en desacuerdo con el rumbo de una organización tiene tres caminos: o se va de la organización a otra, o funda su propia organización, o hace política para cambiar el funcionamiento interno de su propia organización, ya sea influyendo en superiores y/o inferiores o tratando de escalar dentro de la organización.
La política partidaria atraviesa ese camino. Después de casi una década de participación política partidaria, hay algo que me resulta cada vez más evidente: muchas de las estructuras tradicionales quedaron atrapadas en una lógica interna que termina alejándolas de la sociedad a la que pretenden representar.
Los partidos políticos tradicionales, en más y en menos, con sus comisiones, secretarios y toda una burocracia que, en este caso, realmente no es eficiente, adoptan, para quien desea participar de su organización, una lógica similar a la descripta anteriormente. Especialmente en el punto de que, para cambiar su dinámica, debe transitar un camino como ocurre en el mundo corporativo.
Comienza en el partido y, poco a poco, va escalando posiciones. Según su ambición, sus méritos y también su suerte, puede llegar a ocupar un lugar de liderazgo. A diferencia del mundo corporativo, ese ascenso no se recompensa con dinero, sino con poder político dentro del partido. Y ese poder, como debería ser, es político a secas.
Aquí radica el primer problema de la organización: muchas veces, el camino atravesado para llegar a un lugar que le permita al sujeto modificar la vida política de su país lo hace perderse en la burocracia interna del partido, cuya realidad es completamente distinta a la de la vida social. Esto es así tanto por el tipo de discusiones que se dan como por la forma en la que las mismas tienen lugar.
Frente a esta situación, desde hace ya largos años, varias personas han probado lo que me gustaría denominar —ha sido denominado públicamente con anterioridad, aunque voy a sostener, de forma difícil de comprobar, la autenticidad del término por la organización política Popurrí— el camino de la startup política.
Para empezar, ¿qué son las startups? No existe una única definición del término. La OCDE señala que suelen caracterizarse por ser empresas jóvenes, con potencial de crecimiento, innovación y capacidad de escalar. En términos más simples, se trata de estructuras que nacen para atender una determinada oportunidad o demanda y que buscan crecer rápidamente a partir de una solución novedosa o de una forma diferente de resolver un problema.
En política, me interesa tomar prestada esta idea para pensar en estructuras más pequeñas y flexibles, con un funcionamiento más horizontal y cuyo liderazgo es más personalista.
Su surgimiento tiene como causa lo que describo anteriormente: como las corporaciones tienen una burocracia interna tan grande, se pierden en sí mismas para que llegue la información a los lugares de liderazgo y, por lo tanto, cuando la información llega —si es que lo hace—, el evento trascendental, la innovación o la demanda ya ocurrió o fue suplida por otro competidor o candidato.
Estas organizaciones tienen una ventaja: se arman rápido, atienden una demanda específica y son escalables. Aunque también tienen una desventaja: cesada la demanda, pierden vigencia, puesto que sus bases son más endebles, la identificación de las personas con la causa es más esporádica y carecen de tradicionalidad.
Si logran sobrevivir a la crisis, se consolidan como corporaciones —como, por ejemplo, el PRO— y, si no se renuevan, pierden su vitalidad y entran en el ciclo bajista —como el PRO—.
Es sabido que, en Argentina, como en el mundo, la política no construye una oferta que fidelice a la demanda. La crisis de autoridad producto de las redes sociales atravesó todos los estamentos de las sociedades, de todas las organizaciones, y afectó fuertemente a la política, la encargada de conciliar los intereses particulares y encauzarlos dentro del bien común.
En Argentina, por caso, algunos partidos logran construir identidades provinciales fuertes, pero representan cosas distintas entre las distintas provincias. Para peor, muchas veces no tienen una figura que unifique esas distintas expresiones en una sola identidad nacional.
Pero, volviendo al punto de las organizaciones, en política, a diferencia de lo que ocurre con el mercado, existe la posibilidad de “culpar a la demanda”. No ganamos o no nos va bien porque la sociedad busca una cosa distinta a lo que representamos, se suele decir.
Se trata de un recurso autoindulgente que le permite al espacio no discutir puertas adentro el modelo de país y, por tanto, el modelo de organización que quiere tener.
¿Son los tiempos desfavorables o el producto que la organización construye no atrapa una demanda? Si fuera esta última, ¿no hay un problema con la organización?
Javier Milei demostró que no es necesario tener una organización o que, con tener una muy precaria, se puede ganar una elección. Su victoria se centró en construir un producto lo suficientemente sensible para los intereses de las mayorías en un momento determinado.
La sensibilidad con la mayoría, que no depende de si el proyecto incluye o excluye socialmente, tiene que ver con la forma en la que se interactúa con el otro, porque de esta manera es como se construye la representación.
Toda representación tiene un aspecto de teatralidad: la representación no son largos discursos, no son programas de gobierno. Es la capacidad de encarnar, con palabras, frases y cuerpo, un sentimiento en una época determinada.
¿Depende del liderazgo carismático o de la organización que sepa traducir lo que ocurre en el llano? ¿O de ambas?
La organización, para funcionar, debe tener en claro cuál es su público objetivo para comunicar su mensaje, debe saber a qué tipo de perfiles quiere atraer para que sean parte de la misma y debe saber hacia dónde quiere ir para que, si le toca, pueda hacerse cargo de semejante responsabilidad.
Para atraer talento, la organización no solo debe buscar el poder, sino que debe promover un sistema de funcionamiento que motive a las personas a participar, desde actividades y metodologías de trabajo hasta criterios internos de ascenso.
No existe el ideal. Si algo nos demuestra la política es que somos humanos, que va a existir el favoritismo y el amiguismo, pero reducir estos márgenes es fundamental para construir una organización de nivel que trabaje cerca de la demanda social.
Trabajar cerca no necesariamente significa una consigna populista de poner el cuerpo, sino de estar donde las personas consumen, se expresan y se desenvuelven. Sin esto, se queda reducido a una expresión romántica que, en los hechos, se traduce en una pérdida de tiempo para la persona y la organización.
También me gustaría remarcar algo importante: sí, las organizaciones son espacios de contención social, también en el mundo privado —por algo el trabajo dignifica—, pero no es su única finalidad. De lo contrario, se vuelven organizaciones sin fines de lucro y no partidos políticos en busca del poder.
Un partido político que no sabe adecuar sus principios a los tiempos actuales, que no logra ser parte de la sociedad, sino que la observa desde arriba o desde afuera, que no entiende sus subjetividades, sus modos de interacción, los incentivos de las personas, aquello que las angustia, las motiva o las moviliza, y cuyos mecanismos internos de corrección, lejos de funcionar como embudos eficientes, se convierten en obstáculos inamovibles, está destinado, quizás no a desaparecer, sino a sobrevivir.
Y de lo que se trata, en política para conseguir el poder, es de vivir, con los riesgos que ello implica.
Esto no depende de renovar dirigentes ni de un cambio generacional. Se trata de un cambio cultural: revisar la forma en la que la política organiza, forma y construye a sus militantes. Si bien es cierto que, a poco más de un año de las elecciones nacionales y de muchas elecciones provinciales, pretender un cambio drástico no parece tener el mejor timing, ya que los incentivos no son los mejores, sí debe persistir la vocación de cambio interno para llevar adelante una transición ordenada. Los resultados ordenan y, seguramente, vuelvan a decepcionar a la política más tradicional.
No tengo certezas de que exista un método perfecto, ni de que lo que propongo vaya a traer buenos resultados. Solo considero que resulta imperioso dar una discusión porque, de lo contrario, los resultados serán los mismos de hace años.
Publicado en El Estadista el 18 de agosto de 2026.
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