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Opinión 24 01 2023

¿Podemos ponerle precio a la naturaleza?


Autor: Manuela Andreoni









Imagina que tu primer contacto con la cultura occidental fuera con una compañía petrolera.

He intentado imaginármelo desde que visité Yarentaro, un pueblo indígena waorani de la Amazonía ecuatoriana que se encuentra cerca de unas lucrativas reservas de petróleo.

Los waorani eran cazadores seminómadas cuando llegaron los misioneros y las compañías petroleras en busca de almas y riquezas en las décadas de 1950 y 1960. Su mundo cambió rápidamente en las décadas siguientes, cuando las petroleras ocuparon enormes extensiones de su territorio para perforar. Y, sin embargo, siguen esperando tener pleno acceso a gran parte de lo bueno de la sociedad occidental, como la medicina y la educación modernas.

Hoy quiero hablarles de Yarentaro porque la gente de allí tiene que vivir con las consecuencias de que nuestra sociedad no reconozca los servicios medioambientales que la selva tropical de allí, y otros lugares similares, llevan mucho tiempo prestando gratuitamente.

Me refiero a las nubes de lluvia que se forman sobre los árboles y que ayudan a nutrir los cultivos de todo el continente, al carbono que calienta el planeta y que los árboles y otras plantas almacenan mientras crecen, y al efecto refrigerante del bosque sobre nuestro planeta. (Es muy probable que los bosques y sus habitantes hagan mucho más por nosotros de lo que la ciencia ha descubierto hasta ahora. Ten en cuenta que hay miles de especies de árboles que aún son desconocidas para los científicos).

La comunidad, de unas 90 personas, que visité en octubre con mis colegas del Times, Catrin Einhorn y Erin Schaff, está cerca del Parque Nacional Yasuní, uno de los lugares con mayor biodiversidad del planeta. También está a poca distancia de un grupo de pozos de una empresa petrolera.

Ana Cupe Tegawani, una mujer de unos 50 años que es una de las sabias de la comunidad, nos contó a través de un intérprete que aún recuerda el momento, hace décadas, en que los misioneros le advirtieron de que llegaba el petróleo. Recuerda que fue más o menos en la misma época en que conoció el azúcar. El sabor desconocido le disgustó y lo escupió.

Resulta paradójico que Ecuador decidiera perforar en la selva para sacar a su gente de la pobreza, pues Yarentaro tiene un nivel de vida increíblemente bajo, algo habitual aquí en la Amazonía, donde se encuentra la mayor parte del petróleo del país.

Hasta hoy, Yarentaro no tiene sistema de saneamiento y el agua se tiene que extraer de un río cercano. Hay envoltorios y bolsas de plástico desparramados en gran parte de la comunidad, un recordatorio de que la gente de aquí tenía poco apoyo para hacer frente a las consecuencias de nuestro estilo de vida occidental.

Pero lo que más parece dolerles es la falta de acceso a la educación. La mayoría de las personas mayores de 20 años, como Ana, no saben hablar castellano.

Daniel Huepihue Cahuiya Iteca, presidente de la comunidad, nos dijo que quiere que sus hijas estudien, se preparen y tengan una beca para ir a la universidad. “Eso es importante para nosotros”.

Al mismo tiempo, los desafíos de la selva también pesan sobre Yarentaro.

En la región del Yasuní viven dos grupos indígenas que rechazan el contacto con la sociedad occidental y viven en lo que se denomina aislamiento voluntario. Los tagaeri y los taromenane, también llamados pueblos no contactados, son seminómadas y sobreviven enteramente de la selva, cazando con lanzas y dardos.

Los activistas con los que hablamos dicen que la explotación petrolífera y maderera ha avivado los conflictos entre este pueblo aislado y otros grupos, entre ellos, los waorani. En las dos últimas décadas se han producido al menos tres masacres.

En 2013, una pareja de ancianos waorani de Yarentaro fue asesinada con lanzas por indígenas aislados. Los habitantes de Yarentaro culpan de los asesinatos a los yacimientos petrolíferos cercanos, donde máquinas ensordecedoras retumban día y noche.

“A los hermanos taromenane no les gusta el ruido”, dijo Cahuiya, el líder de la comunidad. “Y nos echan la culpa a nosotros”.

Los habitantes de Yarentaro tomaron represalias y, al parecer, mataron a decenas de integrantes de la comunidad taromenane. Cahuiya nos dijo que vive con miedo a otro ataque.

Sin embargo, la presencia de los taromenane aquí ha ayudado a la selva, porque ha obligado al gobierno a proteger su territorio de la explotación petrolera. A pesar de la violencia, Cahuiya dice que siente el deber de protegerlos. Lo que quiere que desaparezca ahora es el petróleo.

“La empresa mucho daño ha hecho”, dijo. “Nosotros queremos ser waorani, ser libres para caminar nosotros”.

La lucha de Cahuiya representa un desafío universal: encontrar una forma de vivir en armonía con la naturaleza y prosperar en un mundo construido sobre riquezas petroleras.

A pesar de los sombríos efectos de las crisis del clima y de biodiversidad que ya estamos padeciendo, desde hace bastante tiempo los ecologistas no se habían mostrado tan optimistas sobre el futuro como ahora. Recientemente han tomado posesión en Brasil y Colombia nuevos gobiernos que dicen querer encontrar soluciones para la selva tropical, y casi todos los países acaban de aprobar un amplio acuerdo para proteger la biodiversidad.

Estos gobiernos se enfrentan a una pregunta difícil: ¿Cómo arreglar un sistema financiero que compensa generosamente la extracción de petróleo mientras no valora una selva que proporciona servicios esenciales a todo el planeta?

Nuestra capacidad para adaptarnos a las crisis del clima y de biodiversidad bien puede depender de que encontremos la respuesta.

Publicado en The New York Times el 20 de enero de 2023.

Link https://www.nytimes.com/es/2023/01/20/espanol/podemos-ponerle-precio-a-la-naturaleza.html