sábado 24 de enero de 2026
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Petróleo y golpe geopolítico

El secuestro del presidente Nicolás Maduro ha sido un golpe geopolítico mayúsculo. Por un lado, mostró un escarmiento a un líder que se mofaba de Donald Trump y de los EE.UU. en general, le impuso al chavismo las nuevas reglas de juego sin desarticular el entramado de poder que domina Venezuela desde hace años – evitando el caos – y parece haber cortado de cuajo el suministro de petróleo a China, Rusia, India y Cuba.

En su red Truth Social, Trump escribió que Venezuela le “entregaría” entre 30 y 50 millones de barriles petróleo como una oportunidad económica para ambos países y como una medida humanitaria, ya que los venezolanos siguen padeciendo una grave escasez.

Trump afirmó que el Gobierno estadounidense vendería esa cantidad de petróleo a precios de mercado y que los ingresos generados serían controlados directamente por él “para garantizar que se utilicen en beneficio” de los venezolanos y los estadounidenses. También agregó que las divisas que obtenga Venezuela sólo servirán para comprar productos estadunidenses. Tras la noticia, los precios del crudo cayeron un 0,7 por ciento hasta los 56,73 dólares por barril.

Según los analistas en asuntos energéticos, esos 30 o 50 millones de barriles equivalen a uno o dos meses de producción petrolera venezolana y lo más probable es que se trate de petróleo procedente de reservas ya existentes. Las estimaciones de Bloomberg valoran el crudo en unos 2.800 millones de dólares a los precios actuales. Venezuela posee aproximadamente una quinta parte de las reservas mundiales de petróleo y solía ser uno de sus principales productores. Pero, tras años de declive, hoy en día apenas contribuye con el uno por ciento de la producción mundial. Para revertir este proceso Trump se reunirá en la Casa Blanca el viernes, 9 de enero de 2026, con altos ejecutivos del sector petrolero para discutir las inversiones estadounidenses necesarias para reconstruir la infraestructura de producción de petróleo en Venezuela

Los EE.UU. han mantenido por décadas una política energética basada en la importación de crudo pesado de Venezuela, México y Canadá para alimentar las refinerías estadounidenses que están diseñadas para procesar este tipo de petróleo. De ese modo preserva sus propias reservas de crudo ligero del cual es el primer productor mundial. La asociación comercial American Fuel and Petrochemical Manufacturers señala que utilizar la mezcla adecuada de crudo es esencial para “mantener la eficiencia de las refinerías, reducir los costes y garantizar la seguridad energética”.

Reestructurar esas refinerías para que funcionen exclusivamente con crudo ligero estadounidense costaría miles de millones y llevaría décadas, un riesgo que el sector petrolero no está dispuesto a asumir. A pesar del colapso de la producción de Venezuela, el país sigue teniendo los mayores yacimientos de petróleo pesado del mundo, lo que hace que el acceso renovado sea un premio estratégico para las refinerías estadounidenses.

Hasta aquí el asunto del petróleo. Pero lo sustancial es la orden de Trump a la presidenta a cargo Delcy Rodríguez de suspender la entrega de crudo a China, Rusia, Irán y Cuba, lo que, de llevarse a cabo, supondría un enorme cambio geopolítico. Si Rodríguez accede a la petición de Trump, China, que recibe más de dos tercios de las exportaciones petroleras de Venezuela, perdería el acceso a una de sus mayores fuentes de crudo a precios ventajosos.

Rusia e Irán, por su parte, verían cómo un aliado político clave sería arrastrado firmemente a la órbita de Washington, mientras que Cuba, que depende en gran medida del petróleo venezolano subvencionado, sería la más afectada, enfrentándose a una escasez de combustible aún mayor y a tensiones económicas. Tal es el efecto dominó de la jugada de Marcos Rubio que tiene a la isla de sus antepasados entre ceja y ceja.

Si esta jugada de Trump sale bien, poco deberían temer los países de la región que han sido fulminados por sus amenazas y la atención gira, ahora, hacia Groenlandia que será la forma en que la nueva política del Departamento de Estado pondrá “en caja” a toda Europa, junto con el abandono de Ucrania a su suerte.

Como muestra del gran reacomodamiento defensivo de Washington, ayer abandonó 66 organizaciones internacionales de las que formaba parte como integrante del devastado sistema de acuerdos de posguerra.

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