Mientras miro alternativamente Twitter y Whatsapp siguiendo los primeros resultados electorales de la elección de legisladores bonaerenses, me puse a escribir estas líneas.
Sin tener los números finos, eso se lo dejo a los analistas y los gordo escrutinio, hay claramente tres derrotados.
La primera, Karina Milei, armadora política y estratega de LLA. Se confirma lo que decía Raúl, a “cog*r y hacer política no se aprende de grande”.
La segunda es Cristina Kirchner, no solo por su inhabilitación para ejercer cargos públicos impuestos por la justicia, sino porque quedó fuera de las dos cabezas de lista que se impusieron desde Fuerza Patria en la primera y en la segunda sección electoral. Ya no es más “la dueña de los votos”.
El tercer derrotado es, por transición familiar, Máximo Kirchner, quien desde La Cámpora boicoteó al gobernador bonaerense de su partido más que al gobierno nacional. No pasará mucho tiempo para que se lo hagan saber.
Los errores del gobierno fueron muchos y no forzados. Las últimas semanas se pegó un tiro en los pies casi todos los días. El Frente Patria solo tenía que hacer la plancha para ganar.
Los dirigentes del PRO de la provincia son otros de los grandes derrotados. Forzaron una alianza política con el gobierno, a partir del temor irracional que le tienen a transitar el desierto. Y se quedaron con unas pocas candidaturas a diputados nacionales en octubre, que a esta altura hay que ver si se confirman. Por lo pronto, en Capital Federal, yo no estaría tan tranquilo de ser el sexto en la lista. La zona gris hoy se corrió hacia arriba peligrosamente.
Paradójicamente, el peronismo hizo en 2021 su mejor elección: durante dos años erosionó la fuerza que equilibraba el sistema, Juntos por el Cambio, usando a un desequilibrado. Perdió la elección del 2023, es cierto, pero se garantizó ser el abanderado de la oposición hasta 2025 y alfombrar el camino para un 2027 sin terceras opciones molestas.
El centro racional tendrá que hacer mucho para recuperar su lugar. Habrá que ver quien se pone en ese lugar de liderar ese camino. El radicalismo tiene que hacer lo posible para juntar la mayor parte de diputados y senadores en las elecciones de octubre para ser un protagonista de lo que viene: los partidos importan, pero los dirigentes tienen que ser conscientes de esa importancia y dejar mezquindades de lado.
El PRO tiene que comprender que el desierto no es tan malo. Que a veces, incluso, hay que transitarlo para purificar el alma.
El reequilibrio del sistema necesita de tres actores, no de dos.








