Los observadores llevan dando la voz de alarma sobre las ambiciones autoritarias de Donald Trump desde mucho antes de que fuera elegido por primera vez en 2016. Desde su regreso a la Casa Blanca, también han estado advirtiendo que los legisladores republicanos y la mayoría conservadora del Tribunal Supremo se lo seguirían permitiéndole. Y, sin embargo, en Estados Unidos y en todo el mundo, los líderes siguen consintiéndole y adulándole.
La segunda administración de Trump ha reivindicado las advertencias más funestas, apuntando a agencias e instituciones que salvaguardan la democracia en casa y proyectan poder blando en el extranjero, incluida la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el Departamento de Educación y la Administración de la Seguridad Social. Ha desplegado el ejército en ciudades estadounidenses por motivos espurios, ha lanzado una campaña de deportación masiva que apenas ofrece garantías procesales y ha desafiado repetidamente las sentencias de los jueces. Y desde finales del verano bombardea barcos en el Caribe que supuestamente transportan drogas a Estados Unidos.
En su incesante búsqueda de autoengrandecimiento –y de un Premio Nobel de la Paz– Trump afirma haber puesto fin a conflictos que siguen en curso o que nunca ocurrieron, o en los que su papel es dudoso. El Comité del Nobel no cayó en las redes de Trump, pero otros han visto en el frágil ego de Trump una oportunidad para ganarse su favor. Eso explica por qué la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), el organismo internacional que gobierna el fútbol, creó un “premio de la paz” solo para Trump, que aceptó el galardón con un regocijo nada irónico en el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas (al que Trump también está empeñado en añadir su nombre).
Mientras su administración condena los “trofeos a la participación” y prohíbe los programas de diversidad, equidad e inclusión por no tener en cuenta supuestamente el mérito, Trump exige descaradamente elogios inmerecidos, y recompensa a quienes se lo conceden. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, lo sabe. También lo sabe Azerbaiyán, que nominó a Trump para el Nobel (y de donde proceden los escultores del premio) en un esfuerzo por ganarse su favor. Probablemente sea una buena inversión: desde Qatar y Pakistán hasta Suiza, los gobiernos han cosechado grandes beneficios, a cambio de adulación, lujosos regalos y lucrativos negocios.
Algunos líderes europeos se mostraron “disgustados” por los tratos de Suiza con Trump. Pero no han evitado humillarse en sus propios esfuerzos por mantener a Trump de su lado. Este verano, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, le llamó “papá”, aparentemente con la esperanza de que la broma halagara el ego de Trump lo suficiente como para persuadirle de que no abandonara Europa y traicionara a Ucrania.
No hubo tanta suerte: aunque Trump se deleitó con el comentario, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de su administración no describe a Europa como un igual, sino como una molestia económicamente estancada que se dirige hacia el “borrado de la civilización.” Mientras tanto, con su compañera superpotencia Rusia, Trump quiere “restablecer la estabilidad estratégica”.
Publicado en Clarìn el 6 de enero de 2026.
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