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Oktubre en la Di Tella: una distopía prolijamente ordenada

Hay noches que parecen haber sido armadas por alguien con un extraño sentido del humor.
Es 1° de octubre, pero no parece primavera. Hace frío. Mucho frío. Y en el patio descubierto de la Universidad Torcuato Di Tella, bajo un cielo que poco tiene de amable, Panza se dispone a tocar completo y en orden Oktubre, el disco que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota publicó en 1986.
Cuarenta años después.
La banda está integrada por Mariana Bianchini en voz, Sergio Álvarez en guitarra y Franco Fontanarrosa en bajo. La escena ya tiene algo de insólito: Los Redondos en la Di Tella. No en un club, no en un galpón, no en un estadio. En el patio de una universidad. Y no en cualquier universidad: en la que lleva el apellido de aquella institución fundamental para entender buena parte de la renovación cultural argentina de los años sesenta.
Antes del concierto, el profesor Marcelo Rabossi abre otra puerta. Habla del Instituto Di Tella, fundado en 1958, de la cultura pop, de las transformaciones estéticas y del surgimiento de aquel rock argentino que empezaba a construir su propio lenguaje.
En ese recorrido aparecen también referencias a la llamada Cofradía de la Luz Solar y a aquella trama de artistas y músicos que, con el paso de las décadas, terminaría teniendo conexiones inesperadas con la historia del rock argentino.
Y entonces comienza el concierto.
Hay algo casi absurdo en mirar alrededor: el público está sentado.
La vocalista lo señala varias veces, casi como si necesitara comprobarlo. Todo el mundo está tranquilamente acomodado en sus sillas. No hay avalanchas. No hay pogo. No hay cuerpos chocando contra otros cuerpos.
Hay sillas.
Panza sigue escrupulosamente la lista de temas de Oktubre. Uno detrás de otro, en el orden establecido en aquel disco de 1986. Fuegos de octubre. Preso en mi ciudad. Música para pastillas. Semen-Up. Divina TV Führer. Y así hasta completar el álbum.
Hasta el caos tiene esta noche un programa.
Pero la música se encarga de alterar un poco esa calma.
Las versiones de Panza no pretenden ser reproducciones arqueológicas. Son ásperas, extrañas, cargadas de distorsión. Las guitarras de Sergio Álvarez llevan las canciones hacia un territorio más crudo, mientras la voz cascada de Mariana Bianchini les imprime una textura propia.
No están intentando que Oktubre vuelva a sonar como en 1986.
Están haciendo que vuelva a sonar hoy.
Y ahí aparece una de las virtudes de la noche. Panza conoce demasiado bien el lenguaje del rock como para limitarse a reconstruir un repertorio ajeno. Hay potencia, densidad y una cierta incomodidad buscada. Las canciones conservan su carácter sombrío, pero adquieren otra textura. En manos de Álvarez, las guitarras recuerdan que Oktubre nunca fue un disco particularmente interesado en la comodidad.
Hay, además, una pequeña línea que une esta noche con otra escena universitaria, más de treinta años atrás.
En 1994, Sergio Álvarez, como integrante de Porco, recibió un reconocimiento de la FUBA en la Bienal de Arte Joven, en la categoría rock.
Tres décadas después, uno de aquellos músicos surgidos de aquel circuito toca Oktubre en el patio de la Universidad Torcuato Di Tella.
La FUBA y la Di Tella. Porco y los Redondos. 1994 y 2026.
Las instituciones cambian. Los escenarios también. Los músicos evolucionan. Pero la guitarra de Sergio Alvarez sigue teniendo cosas que decir en esta noche con algo de distopía.
Porque Oktubre nació asociado a una estética oscura, urbana, casi apocalíptica. Porque sus canciones hablaban desde un lugar que no parecía especialmente interesado en acomodarse a las reglas. Porque aquella música fue construyendo su propio ritual y porque, durante años, Los Redondos fueron mucho más que una banda: fueron una experiencia colectiva.
Esta noche, en cambio, el ritual ocurre en una universidad.
Hace frío.
Estamos sentados.
El disco avanza de principio a fin.
Y, sin embargo, cuando la banda empieza a levantar temperatura y la voz de Mariana Bianchini se vuelve más áspera, algo de aquel espíritu vuelve a aparecer.
Quizás esa sea la verdadera rareza de este homenaje: Oktubre, concebido desde la oscuridad y la ruptura, vuelve cuarenta años después a sonar en octubre, en la Di Tella, bajo un cielo helado, frente a un público ordenadamente sentado.
Una distopía.
Pero una distopía que, por suerte, suena muy bien.

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