En los ya extremadamente lejanos tiempos de 2023, el candidato presidencial Javier Milei observó la inmensa masa de electores carentes de madre, padre, y perro que les ladre, y se dejó guiar por su intuición: sacó el manual de buenas normas populistas para ganar elecciones y no le faltó imaginación para ponerlas en práctica. Básicamente anunció magia, pero lo hizo con originalidad, énfasis, convicción y dogmatismo, todo presidido por la santa indignación que sintonizaba muy bien con el humor de un ciudadano harto de “política” y de kirchnerismo, y por la pátina de superioridad científica que se otorgó a sí mismo. Y lo hizo muy bien, de diez. Arrojó a las masas (masas de clase media, sobre todo) dos super metáforas, la casta y la dolarización, encarnando respectivamente el Mal y el Bien. Y las conectó hábilmente entre sí: la casta política pagaría el costo del ajuste fiscal y la dolarización grabaría en la piedra los números del ajuste y del final definitivo de la inflación.
Milei comenzó así su gobierno en el clima político que él mismo había preparado: el de un tiempo de transformación vertiginosa y radical. Y consiguió mantener ese compás trepidante por largos meses. Desde luego la casta política no pagó el ajuste fiscal, y la dolarización no pasó de un embeleco, pero Milei blandió su motosierra, la caída de la inflación fue drástica y espectacular (desde la cuasi-hiper hasta niveles actuales que nos siguen colocando en el grupo de vanguardia inflacionaria mundial) y el equilibrio fiscal llegó para quedarse (al menos hasta ahora). De un modo bastante chapucero, pero en fin, Milei podía mantener un porte digno frente a quienes lo habían votado como el emblema de la anti política: los políticos hacen promesas que no cumplen, Milei cumplía con las suyas. No era populista.
Hay algunos problemas.
El manual del buen populista tiene un par de particularidades: una es que no distingue entre lo necesario para ganar el gobierno y lo indispensable para ejercerlo. Pero Milei ahí, a grandes rasgos, no falló. La otra es que tiene un capítulo bastante esotérico, resbaladizo, más bien contraindicado, que Milei parece haber leído ávidamente. Sus páginas instilan el ánimo de la grandeza histórica, del mesianismo epocal, el que convierte al Elegido, en el punto de inflexión entre cien años pasados y cien años futuros. Así, un simple presidente de la República se convierte en dueño de la palabra, en protagonista del Advenimiento. Una consecuencia – no la única – es que queda imbuido de la ira de un dios. Porque la realidad no lo acompaña. Si las cosas no salen como deben salir, el mesías se pone algo paranoico (conspiradores, ensobrados, destituyentes – sic; es gracioso, quizás ignore el origen kuka del término).
Se requiere de temple para soportar el paso de lo extraordinario al pantano de la normalidad. Para esos héroes, la normalidad es en sí una bajeza, algo repugnante (y él lo dice). Indignan los kukas, pero también el hecho, que estaba más que cantado, de que el gobierno, su gobierno, se haya comenzado a pudrir desde adentro hacia afuera, y todo el mundo lo diga; indigna que no se comprenda que él está encima de la ley común, que es él quien decide si sus subordinados son honestos o no, indigna que la sociedad no se adapte a su pizarrón de destrucción creativa, que se obceque en obstaculizar el camino correctamente trazado. Consecuencia de tanta mezquindad tenemos algunos indicadores macroeconómicos temblequeantes y periodistas que no hacen más que estorbar.
Hay que admitir que Milei sufre el pantano en que descubre que se ha metido con cierto estoicismo. De la catarata de los resultados mecánicamente rápidos, como la inflación que ya desde hace meses tendría que estar en cero, la economía que ya debería estar subiendo meteóricamente (el presidente empleaba figuras de peor gusto, cualquiera las recuerda), o el advenimiento de una nueva era en el mundo, la de “la moral como política de Estado”, ha pasado a una temporalidad más apropiada al pantano. Básicamente, pide a la gente que tenga paciencia (con la economía, con la ética). Es curioso, porque se supone que fue el año pasado, en las elecciones de medio término, que la gente le dio tiempo. ¿No es así? Pero esto no es tan paradójico como parece si recordamos que fue el propio Milei quien procuró mantener encendida la llama de las expectativas y sus plazos, porque él mismo creía en ella. En una Argentina históricamente caracterizada por una cultura de aceleración, fue el propio presidente quien aceleró sus plazos y sus expectativas. No siempre lo logró, pero retuvo un nivel de confianza en el gobierno más que aceptable; ahora, en el pantano, mantener cierto control de las expectativas y la confianza pública se vuelve apremiante. Por eso, paradójicamente, Milei pide paciencia y tiempo. Milei, impaciente, nos pide paciencia. Obediencia y pasividad, podría decir con cierto fastidio. Obediencia a su pizarrón económico, y a sus decisiones flagrantemente opuestas a la ética pública, y tolerante pasividad en nuestro voto.
El apremio del presidente es ambiguo; por un lado, nos pone imaginariamente en su campo: “la gente sabe que si seguimos haciendo las cosas bien, tarde o temprano las cosas van a empezar a funcionar bien” (textual). Por otro lado, el apremio se torna un poco cargante: si no le damos tiempo, estamos en la conspiración, o somos traidores, o lo queremos desestabilizar (destituirlo, romper el equilibrio fiscal, etc.). Si un periodista declara absurda la defensa contra viento y marea al actual jefe de Gabinete, califica, por ensobrado, en las tres categorías.
Pero mucha gente tiene sus propias y diversas intuiciones: que la “destrucción creadora” podría resultar en crecimiento sin creación de empleo y en congelamiento de la distribución del ingreso, que el actual equilibrio fiscal es artificial, metido como está en una olla a presión, que LLA no ha devorado a la casta sino ésta a LLA, que la motosierra ha avanzado en áreas públicas que deberían ser preservadas, que el liberalismo republicano de Milei es un embuste, que sin instituciones sólidas y un estado eficaz el mercado seguirá a la deriva, que el tipo de cambio está atrasado, que los inversores continúan dudando, que la deuda pública tiene pendiente resolver su sustentabilidad…
Días pasados, el presidente incurrió en una curiosa confusión literaria al afirmar con todo énfasis: “Nos vamos a atar al poste para evitar escuchar los cantos de sirena”. Como se sabe, Ulises, siguiendo el sabio consejo de Circe, hizo todo lo contrario: se ató al palo mayor para poder escuchar los cantos de las sirenas sin riesgos. Pero no se limitó a eso. Al mismo tiempo puso cera en los oídos de todos sus compañeros, para que ellos no oyeran a las sirenas y mantuvieran firme la navegación. La de la cera en los oídos es una omisión muy llamativa. Milei cree necesario atarse al poste – ¿en qué estará flaqueando su voluntad? – y carece ya del poder que tenía hasta, quizás, setiembre del año pasado: el poder que confiere ser la única palabra autorizada en la ciudad (poder del que disfrutó por casi dos años). Es inútil poner cera en los oídos de quien quiere escuchar, y Milei es consciente de que ya nadie quiere escucharlo únicamente a él. Tendrá un problema. Cada vez que exhorte “hagan oídos sordos” sabrá que estará llegando tarde.
Publicado en Clarín el 20 de abril de 2026








