El autor de esta nota es oriundo de una alejada provincia argentina, que luego de tantos años de distanciamiento, con frecuencia, imagina a veces como un territorio onírico, aunque vívido.
No obstante, en algunas pocas ocasiones, si su estado y edad lo permiten regresa a esas fuentes de juvencia a recibir la calidez de su viento norte o el primoroso amor de los recuerdos.
Allí, suele encontrarse con un grupo de amigos y colegas, cada vez más reducido por los años donde la conversación fluye con ese plafond de confianza que sólo rodea a lo conocido y caracterizado por su tendencia democrática, republicana y pluralista. Es decir, de tolerancia exuberante porque va más allá de lo usual.
Recientemente, en una de esas visitas, le pareció escuchar un silencio llamativo sobre los temas habituales de las mesas de café. Luego de pensar, se le ocurrió decir: “Ustedes no están hablando de todo. Están silenciando algo, como si estuvieran de acuerdo en marginar diferencias o criterios diversos”. Y entonces, se me ocurrió preguntar: “¿Será que todos ustedes están por votar a Milei?”. Ante ello, las miradas y pocas respuestas dieron a entender que la suposición era acertada, hasta que uno de ellos dijo: “¿A vos, acaso, te parecería mejor votar a Kicillof o a Cristina?”.
Esta fue la demostración de que estaban todos “planchados” por el temor al riesgo kuka, y ya maduros para Milei, sin otra opción. Entonces, advertí que la trampa del discurso de la opción entre el peronismo y el anti peronismo goza de entera salud como en sus mejores tiempos.
Imaginemos ahora, habiendo Milei sumado el tema Malvinas y la eventualidad de un conflicto más tangible al que comienza a sonar: petróleo -para los trumpistas- y otras yerbas.
Ya he comentado en notas anteriores de qué manera el pasado argentino ha sido descripto por Joaquín V. González, como sometido a la Ley de la discordia. A su turno, Halperín Donghi lo calificó de “ciclo económico bipolar”, y en la actualidad, Pablo Gerchunoff lo denomina “el ciclo de la ilusión y el desencanto”.
Todo habla de una ruptura y un desencuentro esencial entre actores determinantes de la cultura política nacional, y que esa ausencia de consensos básicos es el principal factor que traba nuestro desarrollo, en el sentido integral: político, económico y cultural, obstaculizando entendimientos sobre acciones razonablemente coincidentes y perdurables, en lo que hace a la conducción del estado y sus relaciones con los demás países del mundo.
En otra reunión política de mi partido (UCR) y más formal realizada recientemente en esta ciudad de Buenos Aires, con una mesa de expositores brillantes, luego de escuchar parcialmente sus palabras magistrales sentí una sensación muy parecida a la que había vivido en mi provincia de origen, narrada al comienzo. Grandes talentos, pero que no alcanzaron a exhibir la ferocidad atroz del gobierno de Milei, obediente virrey de Trump y sus negociados para América Latina, y la necesidad de articular consensos con otras organizaciones políticas, incluidos sectores peronistas para ganarle la próxima elección a los libertarios e impedir su reelección.
Y digo esto último porque es crucial estar dispuestos no solo a buscar afinidades entre el radicalismo, el socialismo, el ARI, el PRO y sectores y agrupamientos independientes, del progresismo republicano y social, sino ampliar la conversación al peronismo, que es y seguirá siendo por buen tiempo la mitad vital, o más, simbólica, de la política nacional.
Nosotros no somos peronistas ni lo seremos probablemente, pero deberíamos guardar en el baúl del olvido la enemistad visceral que nos separó durante casi un siglo.
Así como otras vertientes se enemistaron duramente con anterioridad, unitarios y federales es quizás el más elocuente tajo emocional de la Argentina política.
Nos decidimos a achicar ese distanciamiento y a superarlo, sin perjuicio de conservar nuestras respectivas identidades, o no habrá nunca la paz y la seguridad suficiente, y continuaremos el “ciclo económico bipolar” seguido de la correspondiente “ilusión y desencanto”.
Tenemos que ser capaces de cruzar esa vereda y darnos un abrazo.
Me acordé entonces de aquella exhortación histórica que hizo Barroetaveña en el año 1889, convocando al Mitin en el jardín Florida en el diario La Nación, con las palabras “¡Tu quoque juventud! En tropel al éxito”, para sacudirle la modorra, de correr tras el éxito aparente del régimen, “falaz y descreído”, de Miguel Juárez Celman, que cercenaba los derechos políticos universales, satisfaciéndose con la comodidad de no necesitarlos en forma directa por su conformidad con la situación, al pertenecer a sectores pudientes.
Y entonces pese a ser radical toda mi vida, soy un convencido de que el daño inmenso que produce el gobierno actual a la nación (ver la declaración de la UIA y otras entidades empresarias productivas del día 02/09/2026), y sobre todo a sus valores más importantes (educación, salud, discapacidades, finanzas populares, etc.), nos obligaba a deponer actitudes cismáticas y a profundizar la búsqueda de encuentros entre sectores afines que pudieran juntos ganar las próximas elecciones, sin ser enemigos del peronismo. Sino más bien, invitándolo a participar juntos, en la empresa común de la patria.
Le debemos al país esa deuda moral.
Raúl Alfonsín en acuerdo con Duhalde procuraron tejer esa red de seguridad para la democracia nacional. Fue en el año 2002 luego de la crisis posterior a la renuncia de Fernando de la Rúa. Lamentablemente sus esfuerzos fueron insuficientes.
Baglini y yo, entre otros miembros del bloque, presenciamos en la gran mesa del bloque de la UCR en el senado, cuando Raúl conmovido hasta las lágrimas imploró a los senadores Terragno y Morales, que no renunciaran al bloque radical por sus disidencias.
Y pese a ello lo hicieron y descabezaron de hecho el vigor del intento.
Además, debemos recordarlo el fracaso definitivo vino cuando Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota, sucesivamente no aceptaron las candidaturas que les fueron ofrecidas para la presidencia de la nación, que finalmente recayó en Néstor Kirchner, por desgracia, dada su ambición de poder y personalismo.
Debemos perseverar en el intento de amistar a las dos grandes familias políticas argentinas, como aconsejó Antonio Machado, con emoción lírica magistral, en sus versos inolvidables en 1912: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar… Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar…”.
Ha querido la casualidad que la Ley Sáenz Peña del voto universal obligatorio y secreto, sea del 13/02/1912, cuyo fruto fue la elección del presidente Hipólito Yrigoyen en 1916.
Como si la historia y la poesía se hubieran dado la mano en 1912 para estimular la importancia de insistir con denuedo en la búsqueda de una democracia legítima.








