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Miguel De Luca sobre la reforma política: “Antes de señalar qué reformar, hay que explicar para qué reformar”

Miguel De Luca es actualmente Director de la Carrera de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires, donde enseña como profesor titular de la materia Fundamentos de Ciencia Política 1. Las instituciones de gobierno y los partidos políticos son los temas de su interés, sobre los que expone con pasión y erudición.

 

Tras la aprobación de la reforma laboral en el Congreso, el gobierno está con la idea de promover una reforma política, ¿qué te parece esta iniciativa?

En estas cuatro décadas en la política se aprobaron muchas reformas, más de lo que se cree u opina. Brevísimo repaso. Los argentinos cambiamos varias reglas con la reforma constitucional de 1994, por ejemplo, la forma de elegir al presidente: de colegio electoral a elección directa con un particular balotaje. Cambiamos el método de votar senadores: de elección indirecta vía las legislaturas provinciales a elección directa. Adoptamos la elección directa del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y los mecanismos de democracia directa, como la iniciativa popular y la consulta popular.

También desde los años 90 en adelante incorporamos criterios para seleccionar candidaturas a cargos legislativos: primero con el cupo femenino y luego con la paridad. En 2009 se sancionó la ley de las PASO, las primarias abiertas simultáneas y obligatorias que rigieron hasta su suspensión en 2025. Además cambiamos las reglas sobre quiénes pueden votar: sucesivamente se reconoció el derecho a argentinos radicados en el exterior, a los privados de libertad sin condena firme y a los electores de 16 y 17 años. No menos importante: otras reformas dispusieron la unificación del calendario para las elecciones legislativas nacionales y la obligatoriedad de debates preelectorales públicos entre candidatos presidenciales.

Por último, hace poco estrenamos otro cambio: la boleta única de papel.

Podemos disentir sobre los efectos de sus resultados, pero no podemos decir que en estos cuarenta años la política no se reformó.

Ahora el gobierno anuncia una nueva reforma: ¿qué propone reformar y para qué?

En los rumores de pasillo y en algunos borradores circulan varios cambios: el fin del financiamiento público a los partidos políticos, la derogación de las PASO, la introducción de la opción de votar “por lista completa” en la boleta única y la adopción de circunscripciones uninominales.

Ante todo, una aclaración importante, la reforma constitucional de 1994 introdujo un umbral especial para sancionar leyes sobre régimen electoral y de partidos políticos: se necesita la mayoría absoluta sobre el total de los miembros de cada cámara, y no de los presentes. Cualquiera de estos proyectos que mencionás requiere de esa mayoría especial. Y ahora te hago una propuesta: comentar cada uno de esos cambios que mencionás, pero por separado.

De acuerdo. Empecemos por la idea de cortar el financiamiento público a los partidos. Porque “no hay plata”. Aunque otras fuentes señalan que el proyecto buscaría eliminar los topes para los aportes privados en las campañas electorales, permitir la libre contratación de publicidad en medios y quitar los espacios gratuitos para partidos.

Como no hay un texto o proyecto concreto mi respuesta es genérica. La democracia se basa en la idea de que a los políticos los controla el voto de la ciudadanía, no el dinero. Pero la política cuesta ¿Cómo financiarla? En una democracia es deseable y necesario regular quién paga la política y cuánto se gasta.

Sin financiamiento público la política queda reservada a unos pocos, a los que pueden pagársela. Y los que pueden pagar son los que más dinero tienen. Si no hay límites a los aportes privados para los partidos, las empresas y los grupos de interés y también el crimen organizado, como los narcos, es todavía más fácil que puedan convertirse en dueños de candidatos y representantes electos.

Por otra parte, es fundamental el tope a gastos de campaña y evitar el abuso y el derroche de recursos públicos. A campañas más caras, mayor probabilidad de corrupción política, mayor asimetría entre partidos o candidatos y mayor la creencia de que el dinero y no el voto controla a los políticos.

Espacios gratuitos en medios masivos y prohibición de contratar espacios en esos medios mejoran las condiciones de competencia entre candidatos y reducen los costos de la política. Con campañas más baratas, es menor la influencia del dinero en política.

Si el gobierno está genuinamente identificado con las ideas de abaratar la política y mejorar la competencia, este proyecto que está pergeñando va en la dirección contraria a esa orientación.

¿Y qué pasaría con la derogación de las PASO?

Los efectos de una eventual derogación serían varios, algunos apreciables después de unas cuantas elecciones. Por eso quiero concentrarme en uno muy relevante e inmediato: entre sus varios usos las PASO funcionan como un instrumento para resolver candidaturas dentro de una coalición o, en otras palabras, proporcionan a los partidos un medio para coaligarse. Sin las PASO disponibles, el escenario político sería más favorable para el gobierno, porque los oficialismos resuelven candidaturas de modo fácil y rápido. En cambio, a la oposición siempre le cuesta más. ¿Cómo acordarían listas legislativas comunes o fórmulas a la presidencia del país o a las gobernaciones de provincias si no existieran las PASO?

Algunos critican a las PASO por su costo…

Una democracia puede ser mejor o peor, pero no hay democracia sin elecciones periódicas. Y las elecciones cuestan dinero. ¿Cuál es el punto de partida de la discusión sobre el costo de las elecciones? Que las elecciones sean un asunto prescindible por razones de economía es una premisa inaceptable.

Podrá argumentarse que no es un requisito de la democracia que los partidos resuelvan en primarias obligatorias quiénes son sus candidatos. De acuerdo, es una posición. Pero que se aclare, que dentro de diez años nadie reclame sobre cómo los partidos arman sus listas de postulantes.

¿Y la iniciativa de agregar la opción de votar “por lista completa” en la boleta única?

Je, tomo esta idea para ejemplificar cómo debería encararse una reforma electoral. Proyectar e impulsar una reforma política para el beneficio en el corto plazo, que es lo que hacen muchos políticos, es una pésima idea. Es un error tan grande como común. Los efectos de una reforma política hay que evaluarlos en el largo plazo, desde la perspectiva del partido que circunstancialmente es oficialista y desde el lugar de la oposición.

Cuando se discutió el proyecto de boleta única en el Congreso, los partidos nacionales como peronistas y radicales estaban muy a favor de la opción “votar por lista completa” y los partidos de distrito o provinciales eran contrarios, porque esperaban mejores desempeños y votantes que diferenciaran entre categorías de cargos a votar. El gobierno, interesado en la ley, negoció y cedió porque no tenía la mayoría suficiente y la ley aprobada no incluyó la opción de “lista completa”.

En esta elección de 2025 al oficialismo nacional le fue mejor de lo que anticipaban las encuestas y las fuerzas distritales tuvieron un desempeño magro. En las provincias donde se votaba tanto senadores como diputados nacionales, en la segunda categoría los votos en blanco fueron notoriamente superiores no sólo respecto de la primera, sino también respecto de las provincias donde únicamente se elegían diputados nacionales. La proporción de votos en blanco fue dos y hasta tres veces más alta. Esa diferencia fue en detrimento de los partidos provinciales.

Frente a la propuesta de adoptar la opción de votar “por lista completa” hoy probablemente los diputados y senadores no estén tan firmemente alineados como en el debate anterior.

Por último nos queda la idea de las circunscripciones uninominales. Un sistema que tuvo dos ensayos en Argentina, una muy breve a principios del 1900 y en el segundo gobierno de Perón.

La votación de parlamentarios en distritos uninominales y a simple mayoría es un viejo invento de los ingleses. Con pocos cambios lo usan hasta hoy, como mantienen la monarquía, el common law y el manejar con el volante a la derecha.

Los ingleses conservan este sistema porque son apegados a las tradiciones, pero también porque es un sistema simple que brinda gobernabilidad. Hay una sola banca en juego en cada distrito y la gana quien saca más votos. Si los votantes no consagran una mayoría parlamentaria, el sistema se encarga de fabricarla.

Por eso no es casual que países con un pasado colonial inglés todavía lo usen: Estados Unidos, Canadá, la India y algunas islas del caribe como Barbados, Jamaica y Trinidad y Tobago. Pero en el resto del mundo nunca prosperó. Incluso más: antiguos dominios británicos lo abandonaron hace tiempo. Australia lo cambió por el voto alternativo en 1918, Irlanda por el voto único transferible en 1922, Nueva Zelanda por un sistema proporcional personalizado en 1993. Tampoco es moda dentro de las propias islas británicas donde nació: no se usa para elegir a los representantes de los parlamentos de Escocia y Gales creados en 1999, ni de la Asamblea de Londres inaugurada en 2000.

De hecho en dos casos emblemáticos algunos académicos recientemente cuestionaron al sistema uninominal y promueven su cambio. En diciembre de 2023 dos especialistas norteamericanos, Scott Mainwaring y Lee Drutman, publicaron un paper con este rotundo subtítulo: “¿Por qué la Cámara de Representantes de los Estados Unidos debe adoptar la representación proporcional?”. Y en el Reino Unido en febrero de 2026 le pusieron la firma a una carta abierta alertando sobre los riesgos del sistema uninominal especialistas de la talla de Arend Lijphart, Pippa Norris, Patrick Dunleavy y Vernon Bogdanor, entre otros.

En breve, en el mundo la votación de parlamentarios en distritos uninominales y a simple mayoría es una flor exótica y, para muchos, con riesgo de extinción. Proponerlo para la elección de diputados en la Argentina es una excentricidad, pero también sería la fuente de unos cuantos problemas que, afortunadamente, la política vernácula hoy no tiene. En pocas palabras es una idea rara, pero sobre todo, pésima.

¿Entonces es mejor dejar todo como está? ¿No creés conveniente ningún cambio?

La política argentina, en especial en términos de representación política, tiene algunas importantes complicaciones: por ejemplo, proliferación de micropartidos y de cuentapropistas políticos, derroche en el uso de fondos públicos, fragmentación a nivel legislativo nacional (pero no en el plano electoral), transfuguismo. Pero ninguno de estos fenómenos se resuelve con una reforma del sistema electoral, sino con cambios en las leyes de partidos políticos y de financiamiento partidario y con modificaciones en los reglamentos de las cámaras del Congreso.

Y de reformarse alguna regla electoral, empezaría por una asignatura pendiente desde hace cuarenta años: la corrección de las deformaciones en la representación legislativa y así respetar los lineamientos constitucionales para la composición de la Cámara de Diputados y el principio democrático de “una persona, un voto” incorporado en la reforma de 1994.

Por último, retomo algo que señalé casi al inicio de esta entrevista: antes de señalar qué reformar, hay que explicar para qué reformar. ¿O acaso un buen médico extiende la receta antes de formular un diagnóstico?

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