miércoles 10 de diciembre de 2025
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Mi guía para proteger la democracia del populismo

Antes de que sea demasiado tarde.

Traducción Alejandro Garvie

¿Cómo podemos defender nuestras democracias de quienes quieren destruirlas? Hablamos mucho de estrategias para mantener a los populistas antiliberales y nacionalistas fuera del poder, pero la bola de demolición diaria de Donald Trump demuestra que es igualmente importante reforzar la democracia para que pueda resistir un periodo de populismo en el poder.

Alemania tiene un concepto llamado wehrhafte Demokratie, que a menudo se traduce de forma extraña como “democracia militante”, pero que en realidad significa una democracia capaz de defenderse a sí misma. Bajo este lema, algunos en Alemania proponen prohibir Alternative für Deutschland (AfD), ahora uno de los partidos más populares del país. Ese es el camino equivocado. Esto solo reforzaría la convicción de los simpatizantes del partido de extrema derecha de que el propio Estado democrático es una especie de conspiración elitista liberal, y otorgaría a la AfD la imagen de un martirio. El experimento francés de un “arco republicano”, en el que prácticamente todos los demás partidos solo coinciden en excluir a la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, también está fracasando visiblemente. Como era de esperar, un abanico tan amplio de partidos no logra ponerse de acuerdo sobre las reformas urgentes, y la Agrupación Nacional puede seguir criticando desde la barricada.

Por lo tanto, vale la pena considerar el ejemplo de los Países Bajos, donde el partido del incendiario populista Geert Wilders llegó al poder en un gobierno de coalición, no cumplió, derribó al gobierno retirándose de la coalición y perdió las elecciones posteriores (aunque por un estrecho margen) ante un partido liberal liderado por el joven y dinámico Rob Jetten. Pero si se va a correr el riesgo de permitir que los populistas lleguen al gobierno, primero hay que reforzar las defensas de la democracia; de lo contrario, la usarán para desmantelarla, como hizo Viktor Orbán en Hungría y Trump intenta hacer en Estados Unidos. Poco a poco, estas democracias, antes liberales, se convierten en lo que los politólogos llaman un sistema electoral autoritario. Sigue habiendo elecciones, pero no son libres ni justas.

Aquí hay algunos aspectos a considerar si se quiere proteger la democracia del populismo:

Representación proporcional

Un sistema bipartidista donde el ganador se lo lleva todo, como el que tiene Estados Unidos – y el Reino Unido sigue teniendo en gran medida en Westminster, a pesar de la reciente fragmentación de su panorama partidista – puede ser útil hasta que un populista nacionalista tome el control de uno de los dos grandes partidos, como ha hecho Trump. Entonces es peor. Es mejor tener representación proporcional, para que los populistas se vean limitados por sus socios de coalición, como en los Países Bajos y gran parte de la Europa continental.

Administración electoral

Quizás un poco friki, pero esto importa. El absurdamente arcaico sistema estadounidense, en el que cada uno de los 50 estados tiene sus propios procedimientos, es una invitación permanente a la manipulación partidista de los distritos electorales, la supresión de votantes y todas las demás artimañas sucias en las que los republicanos están claramente empeñados de cara a las elecciones intermedias del próximo otoño.

Radiodifusión pública

La esfera pública compartida que necesitamos para la democracia se está viendo erosionada en todas partes por la fragmentación y polarización simultáneas que resultan de la versión capitalista estadounidense de la revolución digital. Hay pocas soluciones fáciles. Sin embargo, si se cuenta con una radiodifusión pública de confianza, como en Gran Bretaña, Canadá, Australia, Alemania o Escandinavia, hay que aferrarse a ella con todas sus fuerzas, reforzar aún más su independencia editorial, duplicar su presupuesto y aumentar su presencia en redes sociales. Que Gran Bretaña esté haciendo precisamente lo contrario al socavar a la BBC, probablemente la radiodifusión pública más respetada del mundo, es solo otro ejemplo de la aparentemente infinita capacidad del país para autolesionarse a nivel nacional.

Propiedad de los medios

La censura es anticuada. El autoritarismo moderno controla la libertad de expresión mediante la propiedad. En Turquía y Hungría, los compinches oligárquicos de los líderes poseen los medios clave. A primera vista, puede parecer un pluralismo mediático perfecto; tras la máscara, la realidad es completamente diferente. Es casi imposible formular una regla general al respecto. La propiedad extranjera, por ejemplo, ha sido una maldición para los periódicos británicos (pensemos en Rupert Murdoch), pero una bendición para la defensa de la democracia en algunos países poscomunistas (como la cadena TVN en Polonia, por ejemplo). Es una cuestión de suerte.

Poder judicial independiente

Obvio, pero vital. El caos judicial actual en Polonia, donde la coalición gobernante cuestiona la legitimidad de los jueces nombrados por el anterior gobierno populista, muestra lo que sucede cuando se pierde el Estado de derecho. Alemania presenció recientemente un incidente desastroso en el que la candidatura de un jurista liberal de izquierda para un puesto en el Tribunal Constitucional, ya aprobada por el un importante comité parlamentario multipartidista fue descarrilado por un grupo de conservadores rebeldes. Al igual que los ataques a la BBC, esto es precisamente lo incorrecto cuando hay populistas a la puerta. A diferencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos, el Tribunal Supremo del Reino Unido ha mantenido su reputación de imparcialidad. Pero cuando el ministro de justicia en la sombra, Robert Jenrick, ondea una peluca de juez frente a la conferencia de su partido mientras denuncia a jueces activistas de izquierda, vemos que la amenaza trumpiana no está lejos.

Neutralidad del servicio civil

El Proyecto 2025 de la Fundación Heritage, gran parte del cual está implementando la administración Trump, recomendaba explícitamente la subordinación del Estado administrativo al ejecutivo. Quizás lo más preocupante es que esto ya está sucediendo en el Departamento de Justicia de Estados Unidos, donde cientos de funcionarios han sido despedidos o han dimitido. A esto le han seguido acusaciones contra críticos declarados, como John Bolton, James Comey y Letitia James.

Monarquía constitucional

 

¿Se ríen? Pero cuando Yascha Mounk, en su podcast The Good Fight, le preguntó cómo podemos defender mejor las democracias liberales, el destacado constitucionalista comparativo estadounidense, Tom Ginsburg, inesperadamente destacó las ventajas de tener una monarquía constitucional. Los populistas antiliberales afirman hablar en nombre de la nación, pero si se tiene un monarca constitucional que es el máximo representante indiscutible e imparcial de la nación, ese espacio está, al menos en parte, ocupado. No sugiero que Estados Unidos deba recuperar a uno de los herederos de Jorge III (aunque existe un sustituto real británico en Los Ángeles), pero si se tiene una monarquía constitucional, como Gran Bretaña, Suecia o los Países Bajos, hay que preservarla, pues en la práctica es, paradójicamente, un baluarte de la democracia.

Podría mencionar muchas otras áreas, como los servicios de seguridad, el ejército, las universidades y las relaciones incestuosas y neooligárquicas entre el gran capital y la política. En cada caso, las respuestas nacionales específicas serán diferentes, y ninguna de ellas será fácil. Contar con disposiciones detalladas en una constitución difícil de cambiar ayuda, pero lo que James Madison, en el Documento Federalista 48, memorablemente llamó “barreras de pergamino”, no son una garantía en sí mismas. Necesitamos que nosotros, el pueblo, nos movilicemos para protegerlas. Cuando estuve en Praga el mes pasado, mis amigos checos se preparaban para defender su televisión y radio públicas, incluso en las calles si era necesario.

Porque lo que resulta dolorosamente evidente es que, una vez que se pierde cualquiera de estos controles y equilibrios esenciales, es muy difícil restaurarlos. Destruir es mucho más fácil que reconstruir. Basta con mirar el caos en el que se encuentra Polonia hoy y en el que se encontrará Estados Unidos mañana. Para la democracia liberal, como para la salud, más vale prevenir que curar.

Link https://timothygartonash.substack.com/p/my-guide-to-populist-proofing-your

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