jueves 15 de enero de 2026
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Memorias partidas

El calendario impone sus fechas, obliga la evocación. En España, los cincuenta años que se interponen entre aquel 20 de noviembre de 1975, día de la muerte de Franco, tan solo dos días después la proclamación del rey Juan Carlos. Dos fechas sucesivas, una grieta.

Con la muerte de Franco se terminó el poder personal de un dictador que gobernó por cuarenta años. Con la restauración de la monarquía, la calculada continuidad, sin rupturas, el inicio de la transición democrática, sometida hoy a un polémico debate. Las interpretaciones se tiñen con las intransigencias de la actual polarización política.

En el discurso público se escuchan expresiones anacrónicas como “guerracivilistas”. Los debates parlamentarios están poblados de descalificaciones ideológicas y personales, incompatibles con una democracia de medio siglo.

Nada que no podamos reconocer nosotros, a quienes también el calendario este mes de diciembre nos permite evocar tanto la restauración de la democracia como los cuarenta años de la sentencia del Juicio a las Juntas al que con justicia agregamos el epíteto de histórico porque efectivamente interrumpió los golpes militares del siglo XX, y le dio a la democracia un nacimiento auspicioso, la restitución de la ley y una idea de justicia, ajena a esa odiosa tradición de interrumpir por la fuerza los procesos democráticos.

No se trata de caer en la tentación de las comparaciones, a los países debemos compararlos con ellos mismos, sino de reconocer lo que nos iguala en la naturaleza humana de la memoria, siempre un proceso existencial. El pasado trágico de España y Argentina son distintos pero igual en los traumas y dolores personales, y en la dificultad política para lidiar con esos tiempos de desvaríos y enfrentamientos entre hermanos.

Tiempos sombríos que como toda oscuridad demandan iluminación. Como advirtió Hannah Arendt no son las teorías políticas las que mejor luz arrojan sino las obras de arte, la literatura, el cine. Es lo que me sucedió en Madrid, donde la generosa guía del escritor y periodista, Juan Cruz me acercó a otras conmemoraciones por los 50 años que se evocan. El medio siglo de la librería, “La Rafael Alberti”, fundada en 1975. Una apuesta a la libertad que auguraba el fin de la dictadura.

Parte de los festejos, Juan Cruz reunió a escritores de la talla de Sergio Ramírez, Rosa Montero, editores y periodistas para recordar al poeta Rafael Alberti, que vivió, también, exiliado en Argentina, Pero fue con el escritor Julio Llamazares que entendí a la escritora Karen Blixen “para que las penas sean soportables debemos ponerlas en una historia o hacer con ellas una historia”.

Es lo que hizo Llamazares, con lenguaje poético, al servicio de la mejor humanidad, la de “los que perdieron la guerra, lucharán en el bando que lucharán porque eran carne de cañón, estaban obligados”, anticipa el escritor para hablar de “El viaje de mi padre”, su propio itinerario detrás de los dos jóvenes de 18 años, vecinos de un pueblo aragonés, obligados a ir a la guerra civil.

Uno de ellos, su padre. Una familia en las trincheras. Cinco hermanos fueron a la guerra, tres por ideología, uno desaparecido, el padre, por puro azar, quedó del lado de los nacionales. Un libro hecho de silencios, los de su padre y el de todos los que fue encontrando en su itinerario, “no les gustaba hablar de la guerra, por miedo, angustia, culpa o simplemente para no evocar hechos dolorosos”, explica.

En cambio, para el escritor, el libro es una especie de “tumor emocional que se forma en la conciencia durante mucho tiempo y como los tumores físicos, llega un día que hay que quitarlos para que no te maten”. Habla de la guerra pero trae mucha paz , dijo una lectora. Arrepentido por todas las preguntas que no hizo a su padre, fue en búsqueda del amigo, Saturnino y encontró el mismo silencio. “Deja en paz a la guerra”, le decía. Eso sí, hacían referencias al clima: “mi padre de lo que más hablaba era del frío que pasó en Calamocha, que no lo abandonó mientras vivía.

Llamazares recuerda la batalla de Teruel que se libró en el peor invierno del siglo XX, con temperaturas de veinte grados bajo cero. Tanto frío que había días que no podían combatir por la ventisca de nieve, la aviación no podía volar y no podían siquiera disparar , de hecho en Teruel murieron cuarenta mil personas para conquistar una ciudad de trece mil sin ningún valor estratégico, un tercio murió congelado”,… “esa guerra entre españoles. No contra los franceses, los portugueses. Nuestra familia fue una trinchera”, agrega.

Perplejo ante los enfrentamientos actuales, con insultos y amenazas que recuerdan a los años previos de la guerra, en una España prospera que es infinitamente mejor que aquella del atraso y la pobreza, o la mas cercana en el tiempo del terrorismo de ETA, el escritor utiliza una comprensible metáfora.

El tren AVE que pasa a enorme velocidad por la geografía de las otrora trincheras y por la velocidad no pueden ver lo que hay en el paisaje. El encontró una España despoblada y las marcas en la tierra que aún guarda los muertos insepultos.

Al escucharlo, recordé una vez más a Arendt: “Por sublimes u horribles sean las cosas del mundo que nos afectan solo se tornan humanas si podemos discutirlas con nuestros semejantes. Humanizamos lo que está sucediendo si podemos hablarlas, y con ello, aprendemos a ser humanos” ¿Será por eso que, a veces, la literatura es más eficaz para la memoria que la Historia?

Publicado en Clarín el 8 de diciembre de 2025.

Link https://www.clarin.com/opinion/memorias-partidas_0_El9VyUjrAb.html

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