Por Francesca De Benedetti
Giorgia Meloni es la única jefa de Gobierno europea que asistió en persona a la toma de posesión del nuevo presidente de EE. UU. el pasado 20 de enero. También Viktor Orbán es único a su manera: ningún primer ministro de la UE ha declarado su apoyo a Donald Trump tan pronto y con tanto descaro.
La primera ministra italiana quiere aumentar su propio poder actuando como puente entre la UE y EE. UU., mientras que el autócrata húngaro pretende reforzar el suyo con un estilo más ultra. En definitiva, les veremos desempeñar papeles diferentes.
Pero puede decirse que tanto Meloni como Orbán han “ganado” las elecciones estadounidenses, y esta alineación básica no debería sorprender: ambos tienen mucho en común, tanto en su pasado como en sus horizontes futuros.
No es casualidad que esté en marcha una especie de competición interna por ver quién —entre los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), a los que pertenece Meloni, y los Patriotas por Europa (PfE), a los que pertenece Orbán— es capaz de encabezar la operación Make Europe Great Again (MEGA), invocada explícitamente hace unos días por Elon Musk. El primer ministro húngaro había utilizado este mismo lema para su presidencia rotatoria de la UE, y este fin de semana Matteo Salvini, Herbert Kickl, Geert Wilders y Marine Le Pen también subirán al escenario preparado en Madrid por Santiago Abascal, presidente de los Patriotas por Europa, rebautizados para la ocasión como MEGA.
Pero el 28 de enero, los conservadores intentaron liderar directamente la operación MEGA. Incluso en una sala del Europarlamento, en pleno corazón de las instituciones europeas en Bruselas, los fieles melonianos Carlo Fidanza y Antonio Giordano subieron al escenario de la convención “MEGA 2025”.
Una auténtica competición interna para ver quién cae mejor a Musk y a Trump, mientras Estados Unidos —como ya había intentado Steve Bannon en 2019— patrocina las fuerzas disruptivas de una Europa unida.
Unidos por el antiliberalismo
Para empezar, ambos están de algún modo en deuda con otro magnate: no Trump, sino Silvio Berlusconi. Orbán era un gran admirador suyo y fue gracias a Berlusconi que —hace más de treinta años— la extrema derecha posfascista pudo presentarse como fuerza de gobierno en Italia.
“Miramos a Hungría como modelo de una Europa diferente a la que nosotros también queremos contribuir”, dijo la líder de Fratelli d’Italia en 2019, llamando al “amigo húngaro” en el escenario de la convención de Atreju, organizado por la juventud de derechas de Italia, sin molestarse entonces en ponerse la máscara de “pragmatismo y moderación” que empezó a llevar unos años después, como primera ministra. Sería reduccionista decir que las relaciones entre la galaxia orbaniana y meloniana nunca se han roto: no solo han continuado, sino que son visibles en el uso de un libro de jugadas iliberal común.
Desde 2010, el primer ministro húngaro ha inclinado Hungría en una dirección autocrática, controlando los medios de comunicación, la cultura, la economía, la sociedad; en 2014, teorizó sobre la “democracia iliberal” y más tarde trató de convertirse a sí mismo en un icono y a Budapest en una isla para iliberales, que acoge tanto a ideólogos de derechas (como Rod Dreher) como a antiguos políticos huidos (el exministro de Justicia del Pis polaco, Marcin Romanowski, investigado en la era Tusk, encontró asilo aquí). Son precisamente las fundaciones y think tanks de Orban, como el Danube Institute y el Mathias Corvinus Collegium (MCC), las que han asumido el papel de puntos de intersección para la extrema derecha estadounidense y europea.
Incluido el de Meloni: por poner un ejemplo, Francesco Giubilei, biógrafo de Meloni y presidente del think tank italiano Nazione Futura, ha sido becario del MCC, visitante frecuente del Instituto Danubio, promotor de la cooperación entre think tanks italianos y centroeuropeos, e incluso ha publicado con su editorial la versión italiana de “El desafío húngaro” de Balázs Orbán, mano derecha del premier.
Estos intercambios se traducen en tácticas compartidas, y no es casualidad que cada vez se hable con más insistencia de la orbánización de Italia y de la UE: lo que tienen en común es la construcción del enemigo con el fin de movilizar el consenso (una táctica que Orbán aprendió de un estadounidense, Arthur J. Finkelstein) y que se repite contra los inmigrantes; los gais, lesbianas, bisexuales y transexuales; Soros; los eurócratas… También está la toma de la esfera pública, el control de los medios de comunicación y la restricción de la disidencia, en lo que Meloni avanza a buen ritmo y otros antiliberales, como Robert Fico, también siguen el manual.
Y ahí están los ataques al Estado de derecho, a la independencia de los jueces, al equilibrio de poderes, a la democracia en su conjunto: la moderación de Meloni no es más que una máscara. Ni siquiera las diferentes posiciones sobre el apoyo a Kiev han agriado realmente las relaciones entre la galaxia Meloni y Orbán.
Reparto de papeles
“Empezamos a cambiar Italia, ahora cambiemos Europa”, proclama Meloni. Puede parecer paradójico, pero en estos momentos es ella —incluso más que Orbán— quien desempeña un papel estratégico en la orbanización de la UE. Ella es ahora la verdadera líder de la extrema derecha, y también desempeña un papel crítico para el primer ministro húngaro: al perder la protección de Angela Merkel, separarse de los populares europeos y exhibir posiciones prorrusas, ahora se le etiqueta como el enfant terrible de la UE.
Un destino opuesto al de Meloni, que desempeñó un papel pionero en la normalización de la extrema derecha europea y que —como un caballo de Troya— penetra cada vez más en la política dominante.
El paso clave tuvo lugar en 2021, cuando Meloni —entonces presidenta de ECR— decidió boicotear el plan de Orbán, Salvini y Le Pen, que pretendían unir a los ultraderechistas en un único grupo europeo. A cambio de este sabotaje, Fratelli d’Italia obtuvo de los populares europeos la patente de fuerza gubernamental y una alianza táctica que sigue vigente hoy. El líder del PPE, Manfred Weber, decidió romper el cordón sanitario en la creencia de que así podría seguir siendo el accionista crucial de la UE. Los resultados se vieron en noviembre, cuando los populares junto con la extrema derecha lideraron el asalto contra la socialista española Teresa Ribera.
Desde que llegó al puesto de premier, Meloni repite: “Yo dialogo con todos”. Es la estrategia del puente, aplicada en la UE y ahora replicada con EE. UU.: primero la dirigente se postuló como mediadora entre derechas de todo pelaje (desde los populares a Orbán, precisamente), ahora se postula como mujer-puente entre los europeos y la Administración Trump. Ella piensa a lo grande: dejó la presidencia del partido de ECR a Morawiecki solo ahora que trabaja en una internacional conservadora con Trump y Milei.
Tanto Meloni como Orbán son surfistas subidos a la ola del trumpismo. La lideresa italiana, tras recibir la bendición política y un beso en la cabeza de Joe Biden, ha realizado un acercamiento gradual. Fratelli d’Italia siempre ha estado en contacto con Mar-a-Lago, pero antes de la reelección de Trump utilizó a Elon Musk como gancho público. El primer ministro húngaro, en cambio, tenía poco que ganar con los demócratas (uno de los últimos movimientos de Biden fue golpear a su mano derecha, Antal Rogán, con sanciones de la Ley Magnitsky) y por eso apostó por Trump con el celo de quien no tiene nada que perder.
Meloni y Orbán desempeñan papeles diferentes, pero su horizonte (antiliberal) es común. No puede excluirse que —a medida que las viejas clases dominantes europeas se condenen a sí mismas a la decadencia— los encontremos en el mismo bando no solo entre bastidores, sino también en el escenario. Como en los viejos tiempos.
Link https://agendapublica.es/noticia/19622/antiliberal-meloni-orban-era-trump?utm_source=Agenda+Pública&utm_campaign=b026ad844f-EMAIL_CAMPAIGN_2020_10_08_05_49_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_452c1be54e-b026ad844f-116894577








