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Opinión 10 06 2021

Malvinas 2021: la visión que nos falta


Autor: Andrés Cisneros









Hace cuatro años, firmamos juntos un artículo con el siempre vigente Dante Caputo en que él acercó noblemente posiciones: “deberíamos entender que no todos los males vienen de la intransigencia británica, porque el éxito sobrevendrá cuando nuestro país ordene su vida interna, se reinserte con peso propio en el escenario regional y haga valer el prestigio que gane en consecuencia”.

Los argentinos cultivamos dos visiones. La dura, que exige que primero nos reconozcan la soberanía y recién después consentiremos en hablar de pesca e hidrocarburos, Londres se niega y allí termina el frustrante ejercicio de la dureza, huérfano de resultados.

La otra confía en que la realidad evoluciona y, tarde o temprano, Gran Bretaña tendrá que sentarse a discutir. Pero ahora, como no tenemos fuerza para obligarla y el mundo mira para otro lado, trabajemos para que, cuando eso cambie, hayamos facilitado ese camino con medio siglo de cooperación constructiva.

Son tiempos de siembra, todavía no de cosecha. El “discutimos soberanía o no discutimos nada”, afuera, empalma con el “vamos por todo”, adentro.

Épica et circenses, al igual que en el caso de las pasteras uruguayas, a esta película ya la vimos, sedicentes progresías que, en nombre de la revolución, nos condenan al atraso: las actitudes del todo o nada no suelen conducir al cambio sino a la perpetuación del statu quo.

Caputo redactó personalmente que “La idea o propuesta central de este artículo sostiene que con Gran Bretaña podríamos trabajar cooperativamente explotando conjunta o coordinadamente los recursos y -con la debida reserva de nuestros derechos- suspender todo enfrentamiento con el acuerdo de que dentro de 15 o 20 años ambas partes evaluarán el comienzo de la discusión sobre la soberanía. No sería ilusorio: Londres, en 1976, y la mismísima Thatcher, en 1981, ofrecieron soberanía inmediata semejante a Hong Kong, y nosotros la descartamos”.

Se criticaba no reingresar la discusión de Malvinas a la Asamblea General de la ONU, ignorando el dato verificable que ya entonces resultaría imposible, nada menos que después de la guerra de 1982, repetir la histórica votación de 1965, a más de que los países del tercer mundo ya no militaban en un cerrado bloque Norte-Sur y se habrían conseguido muchísimo menos votos.

Decíamos allí: “Abstenerse de mantener la discusión de soberanía como condición previa a cualquier relacionamiento bilateral con Londres no supone debilitar el más firme de los reclamos… en todas partes, especialmente la opinión pública mundial. No existe nada más poderoso. Pero algunos gobernantes aún no comprenden lo que cualquier piquetero sabe desde hace años: ‘Es la opinión pública, estúpido’”.

Negarse al diálogo con la oposición adentro y con Londres afuera configura un costoso derivado más de la cultura de figuración o muerte: quedémonos con la razón aunque los ingleses se queden con las islas.

Nos debemos un doble movimiento de pinzas. Hacia adentro, generando un acuerdo básico que sustraiga el tema de la demagogia partidaria, divisionista, donde el que no piensa como yo es despreciable. Y hacia fuera, fortaleciendo a la Argentina en el mundo para que su creciente aislamiento deje de perjudicar nuestros derechos, en las Malvinas, en las pasteras, o en cualquier otra causa donde el interés nacional se encuentre en juego. Pero, para eso, deberemos encontrarnos gobernados por estadistas, no por Ceos, operadores o militantes. En Malvinas, los ingleses son solo la mitad del problema: la otra mitad somos nosotros.

De no, seguiremos como hoy, perpetuando la advertencia de Séneca: ningún viento es favorable para el que no sabe adónde va.

Publicado en Clarín el 10 de junio de 2021.