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Opinión 24 11 2020

"M. El hijo del siglo": El ascenso de Mussolini y la visita de Perón


Autor: José Nun









En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y el Partido Socialista Italiano, que la repudia, expulsa al director de su periódico, que ha decidido apoyarla. Se llama Benito Mussolini. Un año después, se firma el Pacto de Londres y los países aliados –Rusia, Francia y Gran Bretaña, y luego Estados Unidos– incorporan a Italia como socio menor y aceptan sus condiciones: obtener la devolución de Dalmacia y del Fiume. En 1918 triunfan los aliados y no cumplen su promesa. El célebre poeta Gabriel D’annunzio brama ante “una victoria mutilada” y exhorta a seguir la lucha. Es en este clima de frustración que comienza el ascenso de Mussolini.

A él le está dedicada M. El hijo del siglo, la obra de Antonio Scurati que obtuvo el Premio Strega en 2019 y ahora se publica en castellano. Son más de 800 páginas que componen lo que Scurati llama “una novela documentada”, cuyos hechos y personajes “no son fruto de la imaginación del autor”. El libro cubre solo cinco años, que corresponden al período de emergencia del fascismo, entre 1919 y 1922, y a su etapa parlamentaria, cuando Mussolini se resigna al juego electoral. O sea que llega hasta los umbrales de la primera dictadura fascista del siglo XX, que habrá de cerrarse en 1943 con el fusilamiento del Duce.

La obra me atrajo por varias razones. Ante todo, ayuda a comprender mejor cómo se generan las autocracias contemporáneas. Después, revela la gran complejidad de un personaje fuera de lo común, que dominó la política italiana durante más de dos décadas. Por último, su figura y sus ideas se proyectaron con fuerza sobre nuestro país.

El primer programa de los Fascios de Combate fue casi idéntico al de los socialistas revolucionarios, con un agregado decisivo que despertó la admiración de George Sorel. Mussolini, escribe, es un personaje tan extraordinario como Lenin y “ha inventado algo que no está en mis libros: la unión de lo nacional y lo social”. Lo apoyan los industriales del norte, desde Montecatini hasta FIAT y Pirelli, amenazados por el comunismo, y lo harán después los propietarios rurales del sur y también el Vaticano.

Ante el fracaso del gobierno liberal de Giovanni Giolitti, Mussolini concluye que Italia es una nación sin Estado y que su movimiento está llamado a cubrir este vacío. Es así que en noviembre de 1921 se decide a crear el Partido Nacional Fascista. Está convencido de que “los pueblos se mueven ansiosos en busca de instituciones, de ideas, de hombres que representen puntos sólidos en la vida, que sean refugios seguros”. En este sentido, la izquierda europea se habría agotado en el esfuerzo de conseguir el sufragio universal y la legislación social. En cuanto al siglo de la democracia, terminó en 1920. Su prédica, su astucia y las divisiones de sus adversarios le ganan cada día más adeptos. Insiste en que los fascistas serán reformistas o revolucionarios según las circunstancias. Entre 1921 y 1922, cientos de miles de jornaleros socialistas se convierten en fascistas. Mussolini duda: “¿Se trata de una oleada o de algo permanente?”. Por fin se decide y ordena la poco gloriosa Marcha sobre Roma, que cuenta con la inacción de las fuerzas de seguridad. Es más: casi no hay violencia y ni siquiera se paralizan las actividades cotidianas. En el Palacio del Quirinal lo aguarda Víctor Manuel III para ungirlo a los 39 años como el primer ministro más joven de la historia del país. Se confirma lo que ha escrito: “El Estado somos nosotros”.

Llueven los aplausos. La prensa internacional saluda su triunfo. El embajador de Estados Unidos festeja “una hermosa revolución juvenil”. El mítico D’annunzio está de su lado. Vilfredo Pareto, Giovanni Gentile y el futurista Marinneti lo felicitan. Toscanini lo recibe en la Scala de Milán y Emma Grammatica le pide un autógrafo. Luigi Pirandello le declara su admiración. Y Benedetto Croce, el gran filósofo liberal que se había opuesto a la guerra, lo elogia porque “el corazón del fascismo es el amor por la patria italiana”. Entretanto, Mussolini va dando forma a sus ideas. Instala un lema, que desde entonces será característico de todos los populismos: “Quien no está con nosotros está contra nosotros”. En cuanto a la libertad, “esa deidad nórdica adorada por los anglosajones”, ya no es “la virgen casta y severa por la que lucharon y murieron las generaciones de la primera mitad del siglo pasado”. Ahora son otras las palabras que convocan a la juventud: “Orden, jerarquía, disciplina”.

Allí donde la concepción de la vida de los demócratas era predominantemente

Mussolini instala un lema, que desde entonces será característico de todos los populismos: “Quien no está con nosotros está contra nosotros”

política, la del fascismo debe ser guerrera: “Sus afiliados son ante todo soldados”. Este intento de transferir valores militares a la vida civil comienza por despolitizar el Parlamento liquidando a los partidos tradicionales y erigiendo un gran partido único. Después, en los años posteriores a los que cubre Scurati, Mussolini organizará a los distintos sectores sociales en corporaciones, reunidas en un “Parlamento corporatista”, para lo cual destruye antes al movimiento obrero, prohíbe las huelgas y suprime en la práctica todo disenso político. Es el nacimiento de lo que denomina la tercera posición entre el capitalismo y el comunismo, destinada a armonizar los intereses de trabajadores y empresarios en una comunidad organizada. No se trata en absoluto de liquidar las diferencias sociales. En la guerra no importa que el soldado sea de condición próspera o humilde: lo único que cuenta es su lealtad de combatiente. Por eso el fascismo se asume como un sistema total y hace suya la palabra “totalitario”, que han inventado sus opositores para criticarlo.

Si hablé de la proyección de estas ideas sobre nuestro país, es porque, durante su exilio, Perón hizo lo que no pudo hacer durante su gobierno: expresar toda su admiración por Mussolini, “un hombre extraordinario” en quien buscó inspiración doctrinaria durante su estadía en Europa en misión militar (1939/41). “Me hizo la impresión de un coloso cuando me recibió en el Palacio Venecia (…) Yo le dije que era conocedor de su gigantesca obra, que no me hubiera ido contento a mi país sin estrechar su mano”. Como explica en otro lugar, “hasta la ascensión de Mussolini al poder la nación iba por un lado y el trabajador por otro, y este último no tenía ninguna participación en aquella”. Es más:

“Descubrí el resurgimiento de las corporaciones y las estudié a fondo (…) Pensé que tal debería ser la forma política del futuro, es decir, la verdadera democracia popular, la verdadera democracia social. No es verdad que exista una democracia popular en Occidente”.

Subraya que en Italia “se estaba haciendo un experimento. Era el primer socialismo nacional que aparecía en el mundo. No entro a juzgar los medios de ejecución, que podrían ser defectuosos”. Lo importante es que “era una tercera posición entre el socialismo soviético y el capitalismo yanqui. Para mí, ese experimento tenía un gran valor histórico”. Por cierto, en él nutre buena parte de su arsenal político: desde socialismo nacional y tercera posición hasta unidad de conducción y comunidad organizada, pasando por la organización semicorporativa de la sociedad. Esto no lo vuelve necesariamente un fascista, aunque sí un hábil autócrata populista que cuestionaba la democracia liberal tanto como el comunismo y que intentó adaptar esas ideas al contexto argentino. Como dirá en su defensa Arturo Jauretche: “Perón no era fascista ni antifascista: era realista”. Para Scurati, Mussolini también.

Publicada en La Nación el 23 de noviembre de 2020.