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Ludopatía y ciberapuestas: ¿Quién gana con el juego?

Los casinos ahora abren las 24 horas, los 7 días de la semana. Se puede apostar desde el trabajo, el colectivo o la escuela; el casino está en nuestros teléfonos.

¿Dónde quedó esa época en que la gente solo jugaba unos pesos durante sus vacaciones en Mar del Plata o se animaba a hacer una vaquita en el trabajo soñando con el gordo de navidad?

La era digital amplificó y masificó el mal llamado “juego”, borrando barreras geográficas, sociales y de edad. Y si bien la ludopatía afecta a personas de todas las generaciones, los más expuestos son los niños y los adolescentes. Ellos integran el sector social más familiarizado con el entorno digital. Por eso, encuentran el tránsito hacia las ciberapuestas como un avance “lógico” en la cadena evolutiva de sus cerebros, los cuales, desde muy chicos, concibieron las pantallas como un chupete electrónico que les otorga recompensas constantes.

La trampa del “casi gano” es el gancho que los atrapa.

Los ciberjuegos, con su dinámica de perder y volver a intentarlo de inmediato, moldean un cerebro que persigue el mismo desafío miles de veces. Es un diseño donde siempre “se pierde por poco” o, dicho de otra forma, donde “casi se gana”. Esta dinámica obliga a la persistencia como única estrategia, y ese “perder por poco” es la adrenalina que retroalimenta la conducta adictiva. Es como comprar paquetes de figuritas sin parar, esperando que aparezca la “difícil” para por fin completar el álbum.

Para los estudiosos del cerebro, el consumo desregulado de pantallas en la infancia es el “suelo fértil” para la ciber timba. Produce un cerebro acostumbrado a la gratificación instantánea y con baja tolerancia al aburrimiento, donde las ciberapuestas se convierten en la semilla perfecta para desarrollar una adicción conductual grave en la adolescencia.

El mito de la recaudación estatal

Entendido el problema, la pregunta es inevitable: ¿Quién gana con el juego?

Tal vez el lector imagine que el Estado recauda grandes cantidades de dinero para financiar planes sociales o proyectos educativos que, de alguna manera, “compensen” los daños ocasionados.

Si es así, imagina mal el lector. En la Ciudad de Buenos Aires, la contribución de la industria del juego no supera el 1% del total de la recaudación; dicho de otro modo, de cada 100 pesos que la ciudad recibe, solo uno proviene de allí.

La otra gran revelación es que los impuestos cobrados a los capitalistas del juego son ridículamente bajos: de cada 100 pesos que pierde un apostador, el Estado solo se queda con entre 1 y 3 pesos. Y aunque parezca paradójico, el Estado se vuelve socio de la pérdida: los fondos públicos reciben dinero cuando el ciudadano pierde y en pocas oportunidades cuando el apostador gana.

Un camino posible: regular para proteger.

Todo este escenario puede cambiar radicalmente mediante la efectiva aplicación de la Ley de Prevención de la Ludopatía y Regulación de las Ciberapuestas y esto es de muy fácil concreción, solo falta la voluntad política de la Camara de Senadores.

En diciembre de 2024, se logró un paso histórico al aprobarse por amplia mayoría en la Cámara de Diputados un marco legal que establece límites estrictos y regula, sobre todo, la participación de los menores de edad. Esta ley se sostiene sobre cuatro reglas fundamentales:

  • Prohibición absoluta de la publicidad: se prohíbe toda publicidad, patrocinio y promoción de juegos de azar en línea en medios de comunicación, plataformas digitales y, crucialmente, en las camisetas y estadios de clubes deportivos. Evitando que los ídolos infantiles, personajes famosos o influencers sigan siendo los promotores del casino en el bolsillo.
  • Validación de identidad biométrica: para registrarse o ingresar a apostar, las plataformas están obligadas a implementar sistemas avanzados de reconocimiento facial y cruce de datos de identidad. Ya no alcanza con hacer un “clic” o usar una cuenta falsa; se bloquea de raíz el acceso a los menores de edad.
  • Bloqueo de métodos de pago y cuentas virtuales: se prohíbe que las billeteras virtuales de menores o las tarjetas de subsidios sociales puedan ser utilizadas para transferir fondos a plataformas de juego, cortando el flujo económico que alimenta la adicción de los chicos.
  • Sistemas de alertas y “autoexclusión”: las aplicaciones deben incorporar de forma obligatoria alertas por tiempo de uso, límites diarios de depósito y un botón de autoexclusión visible y de fácil acceso para frenar las conductas compulsivas antes de que sea tarde.

El diagnóstico de los científicos del cerebro es claro y la evidencia económica sobre quién gana con este negocio es contundente. El casino en el teléfono dejó de ser un entretenimiento para convertirse en un problema de salud pública. Con estas cuatro reglas, la ley finalmente traza una línea clara para proteger la salud mental y el futuro de nuestros chicos por encima de cualquier negocio digital.

El momento de actuar es ahora.

El proyecto de ley debe ser aprobado este año en el Senado de la Nación para que no caduque. Exijamos a los senadores que lo hagan; que levanten la mano bajito o muy alta, es lo mismo, pero que no miren para otro lado. Es momento de ejercer su responsabilidad.

Los invito a participar de una recolección de firmas masiva a través de la plataforma Change.org. Sumá tu apoyo ingresando al siguiente enlace: 👉 https://c.org/4HDrg4sXcC

Con el juego perdemos todos.

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