Fue en el Mundial de México 70 que apareció el primer álbum Panini. Tenía apenas 288 estampas y los jugadores no estaban organizados en páginas brillantes ni tenían el famoso y facilitador autoadherible en la parte de atrás para colocarlos en las páginas que hoy conocemos. Era, en esencia, un experimento editorial nacido en una época en la que nadie podía imaginar que millones de personas alrededor del mundo terminarían organizando parte de sus recuerdos alrededor de él.
56 años después, el álbum Panini del Mundial 2026 reúne casi mil estampas, decenas de selecciones y muchas más páginas de las que aquel primer ejemplar habría podido imaginar. La colección salió a la venta a principios de mayo, aproximadamente seis semanas antes del partido inaugural, siguiendo una tradición que Panini ha mantenido desde sus inicios: llevar el Mundial a las manos de los aficionados mucho antes del silbatazo inicial.
Y eso nos genera una urgencia por conseguir el álbum apenas sale a la venta, pues no se trata únicamente de completar la colección, sino de ponerles cara a las personas que estaremos viendo jugar durante las siguientes semanas, queremos reconocer nombres, calificar los uniformes y descubrir futbolistas que, de otra manera, podrían pasar desapercibidos.
La historia que mejor describe esto es el fenómeno de Tim Payne, defensor de la selección de Nueva Zelanda, a quien hasta hace unas semanas pocos conocíamos y que contaba con cuatro mil seguidores en Instagram. Sin embargo, bastó que un creador de contenido propusiera convertirlo en “el jugador a seguir” para que millones de personas empezaran a seguirlo, a buscar su estampita y a intercambiarla como una de las piezas valiosas de esta edición.

Esa capacidad de presentarnos a desconocidos y convertirlos en parte de nuestra afición futbolística ha sido siempre parte de las funciones principales del álbum. Primero nos lleva a memorizar nombres y después, con el paso de los años, esos mismos jugadores que alguna vez tuvimos que descubrir, se convierten en las figuras que definen una generación entera.
Hay personas a las que cuando les preguntas cuándo ocurrió cierta etapa en su vida, quizá no lo recuerdan con especificidad, sino con un Mundial. Yo, por ejemplo, recuerdo que en Corea-Japón 2002 era apenas una niña de cuatro años a la que sus papás llevaban a Pumitas cada domingo porque insistió en que ese fuera su pasatiempo. En Sudáfrica 2010 empecé a descubrir las genialidades que Lionel Messi podía hacer con la pelota y a elegirlo como mi jugador favorito. En Rusia 2018 me enamoré por primera vez de alguien con quien compartía la misma pasión por el futbol y todavía conservo el llavero que me trajo de Moscú como recuerdo. Por último, y con mucha nostalgia, recuerdo también que en Qatar 2022 aún vivían mis abuelos, que ahora ya no están.
El futbol funciona como un calendario emocional colectivo, y los álbumes que lo acompañan se convierten en una manera de ordenar el tiempo y en la evidencia física de quiénes éramos cada cuatro años. Resulta difícil pensar en otro objeto que haya acompañado a tantas generaciones de aficionados durante tanto tiempo, y es nostálgico pensar que, durante más de medio siglo, Panini no sólo documentó generaciones de futbolistas y selecciones en potencia, documentó épocas.
Basta con hacer la comparación del primer álbum en 1970 que estaba conformado por 16 selecciones con el de hoy, que tiene 48 equipos participantes. Entre uno y otro se pueden ver todas las transformaciones por las que ha pasado el futbol, su globalización, las figuras que ahora convertimos en celebridades, la transición a las plataformas digitales y la paradoja de que, a pesar de que cada vez las competiciones son más grandes y más producidas, también se ha vuelto más complicado ser parte de ellas. Las páginas fueron cambiando porque el mundo también lo hizo.
Durante todos estos años, llenar el álbum fue una actividad que exigía algo que hoy parece cada vez más escaso: la convivencia. Primos, amigos, vecinos, y hasta desconocidos en un punto de encuentro para generar los intercambios improvisados o las conversaciones eternas que empezaban con una simple pregunta: ¿traes repetidas? Además, había algo democrático en ese proceso, una persona necesita algo y la otra tiene ese algo que ofrecer. Entonces las estampas funcionaban como la moneda de cambio que, más allá de completar una colección, permitían conversar con personas que, de otra manera, quizás nunca hubiéramos conocido.
Quizá por eso tantas personas atesoran con tanta fuerza los álbumes de su infancia, no porque los hayan ayudado a memorizar las alineaciones de España o Uruguay, sino porque recuerdan con quién las llenaron. Mucho antes de que las redes sociales conectaran personas, los álbumes fueron la excusa perfecta para estar con otros.
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Antes de convertirse en un símbolo del futbol, Panini empezó como una empresa familiar en Módena, Italia. Los hermanos Panini se ganaban la vida repartiendo periódicos cuando por casualidad encontraron un bonche de estampas que otra compañía no había podido vender. Entonces tomaron la que ahora sabemos fue una decisión acertada de comprarlas y revenderlas, sin imaginarse que esa idea terminaría cambiando la manera en la que millones de personas se sentirían más cerca de las Copas del Mundo.
La primera colección oficial llegó a la par de la Copa del Mundo de 1970. Un Mundial que también transformó la manera de ver futbol con la tele a color, Pelé, Brasil, y la expansión mediática del deporte a la que Panini le encontró una traducción simple: hacerlo coleccionable.
Antes del internet, el álbum funcionaba casi como un atlas del mundo, había niños que aprendían más geografía llenando sus páginas que en un salón de clases, se aprendían continentes con las Confederaciones, banderas con los colores y escudos con los uniformes. Para muchísimas personas el acercamiento con países lejanos ocurrió dentro de esas páginas. En mi casa, por ejemplo, cuando tenía que aprender capitales para la escuela, mi mamá usaba nombres de jugadores como “pistas” para saber de qué país hablamos. Brasilia era para Ronaldinho lo que Berlín era para Neuer.
Tal vez esa fue una de las mayores virtudes del álbum durante todas estas décadas: hacer accesible algo que parecía tan lejano. El Mundial podía celebrarse a kilómetros de distancia, pero bastaban unas cuantas monedas, sobres de estampas y una tarde de intercambio para sentirse parte de él.
Sin embargo, es imposible hablar de esa promesa de accesibilidad sin reconocer que hoy está más lejana que nunca. Así como la Copa del Mundo se volvió más grande, espectacular y, como consecuencia, más costosa, el álbum también se ha ido transformando y lo que durante generaciones fue una tradición comenzó a convertirse, poco a poco, en un lujo para muchas familias.
Cada nueva edición viene también acompañada de una pregunta desalentadora para muchos: ¿Cuánto cuesta llenarlo? La respuesta es a veces la razón por la que el álbum dejó de pertenecer al terreno de lo popular. Como referencia, cuando apareció la primera edición del Panini, un sobre costaba 25 centavos, ahora para conseguir ese mismo se necesitan 25 pesos, cien veces más.
La realidad es que existen muchas fórmulas y cálculos para intentar determinar el costo exacto de completar el álbum de este año, sin embargo, en mi experiencia, la respuesta puede verse más o menos así: el álbum pasta dura de $349, una caja de $2,500, 10-15 sobres adicionales de $25 cada uno y mucha disposición para el intercambio pueden lograr la hazaña. Eso nos da un total de $3,099.
Lo que sí es que, lo que durante años fue una dinámica que podía sostenerse con el cambio que nos iba sobrando de los recreos, las tortillas, o algún encargo, ahora requiere una planeación económica que antes no parecía necesaria y que muchos, con justa razón, están decidiendo no asumir.
Aún así, las personas siguen buscando maneras de participar, pues quizás las imágenes más conmovedoras que hemos visto alrededor de la previa de este Mundial son la aparición de álbumes hechos a mano por papás que evitan a toda costa la tristeza de sus hijos, niños dibujando jugadores en hojas blancas y personas buscando alternativas para defender el ritual que los ha acompañado aún cuando el mercado no piensa en ellas.
Este fenómeno es un espejo del propio futbol, pues el Mundial se siente cada vez más lejano para muchísimas personas, asistir a la Copa del Mundo es hoy un privilegio económico al alcance de muy pocos. Los viajes, hospedajes, boletos y hasta la experiencia misma alrededor del torneo se han ido diseñando poco a poco para un grupo específico de personas, abandonando al aficionado de verdad. Es hasta indignante pensar que la posibilidad de ver a México en la inauguración del Mundial en lo que muchos conocemos como “gayola”, cuesta alrededor de siete mil pesos.
Sin embargo, lo económico no es el único vacío que rodea estas páginas, pues cada cuatro años el álbum intenta capturar una fotografía exacta de lo que será el Mundial y, como toda fotografía tomada antes de tiempo, inevitablemente hay detalles que no son exactos. El futbol se mueve demasiado rápido, y parte de su encanto siempre ha sido lo humano, los jugadores que dan sorpresas de último minuto y logran subirse a representar sus países, las lesiones que les arrebatan a otros el sueño y los repechajes que alteran planes que parecían definitivos.
Jugadores que aparecen en el álbum y terminan viéndolo en casa, y otros que viajan uniformados de su selección, pero no lograron encontrar un espacio en sus páginas. En esa edición, por ejemplo, el álbum tiene a Marcel Ruíz, que quedó fuera por una lesión que le impidió cerrar el torneo y otros, como Neymar, cuya historia terminó encontrando un lugar en el torneo, pero no en el Panini del Mundial 2026..
Es inevitable sentir nostalgia al descubrir que no volveremos a ver al astro brasileño en un álbum mundialista, y que ésta es tal vez la última vez que una generación completa encuentre estampas de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Decirlo produce una extraña incomodidad porque, durante todos estos años, los tres estuvieron presentes de una manera tan imponente que parecía imposible imaginar el futbol sin ellos.
Y hoy, antes de verlos tener su “last dance” en Copas del Mundo, el álbum nos recuerda que estamos más cerca que nunca de la tan temida despedida y, quizás por eso, el cierre de la era Panini coincide también con el fin de otras historias. La nostalgia de este álbum tiene que ver también con la desaparición de ciertas tradiciones que durante muchos años parecieron inseparables del futbol. Hace algunas semanas se confirmó que la relación entre la FIFA y Panini llegará a su fin después del Mundial 2030 y en su lugar llegará una empresa más grande, más moderna y, para algunos, mejor adaptada a las exigencias del futbol contemporáneo.
En los últimos años hemos sido testigos de cómo el Mundial pasó de 32 a 48 selecciones, aparecieron herramientas como el VAR para cambiar la manera en la que se arbitran los partidos y la experiencia como aficionados está cada vez más encaminada a las plataformas digitales. La salida de Panini forma parte de esa misma lógica, el deporte cambia constantemente, incluso cuando creemos que ciertas cosas permanecerán para siempre. Durante todo este tiempo asumimos la celebración de un Mundial cada cuatro años y que, en algún puesto de periódicos, nos estaría esperando un álbum Panini para inaugurar la cuenta regresiva.
Quizás ahí es donde está la verdadera nostalgia de todo esto, no en que se reemplace una empresa, sino en preguntarnos si con la empresa italiana también se irá poco a poco la costumbre de llenar un álbum del Mundial como lo hemos hecho durante tantas generaciones.
Y aunque todavía no podemos saber con certeza qué pasará con los álbumes mundialistas después de Panini, sí sabemos algo mucho más importante: completar un álbum nunca fue tan importante como conservar la versión de nosotros mismos que existía mientras intentábamos llenarlo.
Publicado en Nexos el 14 de junio de 2026.
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