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Los fuertes hacen lo que pueden y sufren lo que deben

Lo que Tucídides realmente pensaba sobre el poder.

Traducción Alejandro Garvie

Hoy en día, a muchos les parece que el mundo es una jungla regida por una sola ley. Desde que regresó al poder en 2025, el presidente estadounidense Donald Trump no solo ha hecho un espectáculo del poder estadounidense —atacando a presuntos narcotraficantes en el Caribe, secuestrando al presidente venezolano Nicolás Maduro, bombardeando Irán e incluso amenazando la soberanía de sus aliados—, sino que también lo ha convertido en un principio. Trump describió la captura de Maduro como una reivindicación de las “leyes de hierro que siempre han determinado el poder global”. En la misma línea, el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, afirmó en enero que el mundo está “gobernado por la fuerza” y “gobernado por el poder”, y que “estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”. Los observadores escucharon en estas declaraciones contundentes ecos de Tucídides, el antiguo aristócrata ateniense a menudo considerado el primer defensor de la fría doctrina del realismo. La Guerra del Peloponeso, su obra maestra sobre el conflicto de décadas que Atenas mantuvo con Esparta en el siglo V a.c. y que resultó fatal, incluye la famosa frase: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.

Esa frase tan conocida proviene de una sección importante del texto conocida como el Diálogo de Melos, en la que representantes de Atenas intimidan a emisarios de la isla de Melos. Tras fracasar en su intento de persuadir a los melios para que acepten la rendición incondicional, los atenienses asesinan a todos los hombres de la isla y esclavizan a sus mujeres y niños. El pasaje de Melos de Tucídides se ha citado durante mucho tiempo como prueba de que poco gobierna el mundo más allá de la fuerza y ​​su ejercicio, y como evidencia de que el brillante general, historiador y filósofo ateniense creía en ello. Generaciones de estudiantes de relaciones internacionales han analizado estos fragmentos descontextualizados de su vasta obra, a quienes se les ha instruido que esta era, en efecto, la lección de Tucídides. Hoy en día, un sinfín de comentaristas celebran (o lamentan) lo que se describe como un giro tucidídeo en la política exterior estadounidense. En “Cómo Trump ganó Davos”, un ensayo publicado en enero, el historiador Niall Ferguson invocó explícitamente el Diálogo de Melos para ensalzar el triunfo de Trump como un realista al estilo de Tucídides y afirmó que, en Melos, “los realistas obtuvieron una victoria contundente”.

Pero esa interpretación tanto del diálogo como de su autor distorsiona fundamentalmente su significado. Tucídides alude repetidamente a la idea de que los fuertes tienen libertad para hacer lo que quieran, pero nunca lo aprueba: por el contrario, una lectura atenta de La Guerra del Peloponeso sugiere una perspectiva bastante diferente. Entre las principales lecciones que se pueden aprender de Tucídides está que la ambición de los fuertes puede conducirlos a su propia perdición. Justo después de que Tucídides relata las fatídicas palabras de los enviados atenienses y la posterior destrucción de Melos, describe con gran detalle la desastrosa campaña que Atenas emprendió en Sicilia, un esfuerzo que finalmente condujo a la derrota ateniense y la victoria espartana. Desde esta perspectiva, el Diálogo de Melos no es prueba de la gran virtud de la fuerza en las relaciones internacionales, sino una ilustración del orgullo antes de la caída.

El politólogo Graham Allison acuñó el término “trampa de Tucídides” para referirse a la dinámica inherente a la Guerra del Peloponeso: cómo las tensiones entre una potencia emergente y una potencia establecida inevitablemente desembocan en un conflicto. Sin embargo, la verdadera trampa de Tucídides es diferente. La lección crucial del libro no es describir cómo Atenas y Esparta se vieron arrastradas, sin darse cuenta, a una guerra que ninguna de las partes deseaba ni comprendía. Como Tucídides explica detalladamente, ambas entraron en el conflicto con pleno conocimiento de causa. Es más, en su opinión, el inicio de esa guerra difícilmente fue una trampa. Tucídides apoyó el comienzo de las hostilidades y la cuidadosa estrategia de Pericles, el líder ateniense que movilizó al pueblo en torno a su demanda de guerra contra Esparta. La verdadera catástrofe, y la verdadera trampa, ocurrió muchos años después, cuando Atenas abandonó la prudencia de Pericles y se volvió imprudentemente ambiciosa, como lo demuestra de forma más sombría el desacertado intento de conquistar Sicilia.

La tragedia central de la Guerra del Peloponeso reside en la creciente arrogancia y soberbia ateniense y sus fatales consecuencias. Los atenienses de hoy, que pregonan la virtud de la fuerza, harían bien en tener en cuenta las advertencias de Tucídides si no quieren provocar su propia desgracia.

LA VERDAD EN LA HISTORIA

El Diálogo de Melos ofrece, sin duda, lecciones vitales, pero solo si se comprende en el contexto de la Guerra del Peloponeso, tal como fue escrita la obra. Esto requiere familiaridad no con unas pocas frases seleccionadas, sino con el contenido de la obra completa, así como con el método brillante, preciso y global de Tucídides. En su opinión, el conflicto de 27 años (431-404 a. c.) entre Atenas y Esparta se desarrolló en tres fases distintas: diez años iniciales de conflicto directo, un tenso interregno de siete años de constantes escaramuzas y luchas por el poder, y luego otros diez años de guerra antes de la rendición incondicional de Atenas. Tucídides vivió lo suficiente para ver el final de la guerra, pero no, al parecer, para completar su narración, que termina abruptamente en el 411 a. c.

Tucídides intuyó que la Guerra del Peloponeso tendría enormes consecuencias y, con tiempo libre (fue relevado de su mando y exiliado en 424 a. c. como castigo por un revés militar bajo su mando), se propuso registrar sus detalles como “un legado para la posteridad”. Hizo todo lo posible por lograr precisión y objetividad, cualidades que, por supuesto, se pueden buscar, pero nunca alcanzar por completo. En ocasiones, tuvo que dirimir entre relatos contradictorios de acontecimientos que no presenció y explica sobre los numerosos discursos del libro: “Algunos los escuché yo mismo, otros los obtuve de diversas fuentes; en todos los casos era difícil recordarlos palabra por palabra, así que mi costumbre ha sido hacer que los oradores digan lo que, en mi opinión, las distintas ocasiones les exigían, por supuesto, ciñéndome lo más fielmente posible al sentido general de lo que realmente dijeron”.

Parece seguro afirmar que la objetividad era la aspiración sincera de Tucídides. Sin embargo, inevitablemente tenía un punto de vista y enseñanzas que deseaba transmitir. Desarrolló esos puntos no manipulando los hechos, sino eligiendo narrar la historia de maneras particulares. Como lo expresó su primer gran traductor al inglés, Thomas Hobbes, aunque Tucídides nunca se detiene a “dar una lección, moral o política, sobre su propio texto”, no obstante, “la narración misma instruye secretamente al lector”. Los estudiosos modernos de Tucídides comparten esta opinión. Como explicó la clasicista francesa Jacqueline de Romilly, Tucídides “se esfuerza admirablemente por alcanzar una objetividad académica perfecta”, pero “constantemente toma decisiones” y su “intervención es sumamente profunda”.

Tucídides también influye en la narrativa simplemente omitiendo información. Los lectores deben prestar atención a los momentos en que decide ampliar o reducir el relato. Un año entero de combates se condensa a veces en unos pocos párrafos, mientras que otros acontecimientos, incluso aquellos de escasa relevancia estratégica directa para el curso de la guerra, se describen con considerable detalle. Tucídides emplea la táctica que un estudioso ha denominado “desaceleración narrativa extrema” para dotar de mayor significado a ciertos sucesos y, al hacerlo, moldea sutilmente las lecciones que desea transmitir.

EL MISTERIO DE MELIA

El Diálogo de Melos es un ejemplo dramático de la extrema ralentización narrativa de Tucídides. Aunque se cita constantemente, su característica más distintiva —y rara vez reconocida— es que no hay ninguna razón obvia por la que el autor se detenga en este acontecimiento. En el decimosexto año de la guerra (durante ese inestable interregno en el que Atenas y Esparta estaban técnicamente en paz), los atenienses regresaron a esta modesta isla del Egeo y exigieron su rendición o su aniquilación. Melos, técnicamente aliada de Esparta, pero poco involucrada en los combates, deseaba que la dejaran en paz, y sus representantes suplicaron a los atenienses que les permitieran permanecer neutrales.

Tucídides interrumpe entonces su narración y sigue las deliberaciones entre un puñado de atenienses y melios. Este debate adopta la forma de un diálogo, en el que cada bando se turna para presentar o refutar un argumento. Es el único diálogo de este tipo en toda la obra y se extiende a lo largo de varias páginas, durante las cuales los melios advierten que los atenienses podrían lamentar su destrucción, mientras que los atenienses insisten en la sumisión total. Los atenienses se muestran imperiosos y arrogantes, y apenas les preocupa que cualquier acto de barbarie que cometan pueda tener consecuencias negativas para ellos. Instan a los habitantes de la isla a rendirse y ser perdonados, sobreviviendo como vasallos; los melios, al menos los que participan en las negociaciones a puerta cerrada, optan por la resistencia. Tras un tiempo (Melos resultó ser menos dócil de lo que se creía), los atenienses conquistan la isla. “Los melios se rindieron voluntariamente a los atenienses, quienes dieron muerte a todos los hombres adultos que capturaron, vendieron a las mujeres y los niños como esclavos, y posteriormente enviaron quinientos colonos y se asentaron ellos mismos en el lugar.”

El desenlace del episodio ofrece una parábola convincente y vívida, como es característico de la obra. Sin embargo, no queda nada claro por qué Tucídides le dedica tanta atención a Melos. La campaña de Melos no tuvo ninguna influencia en el curso ni en el resultado de la guerra.

Melos tampoco ofrece un ejemplo único de cómo “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Numerosos clasicistas han observado que esta idea aparece con frecuencia en la obra. Dieciséis años antes, en un discurso ante los espartanos, los atenienses defendieron su comportamiento invocándola: “Siempre ha sido ley que el más débil se someta al más fuerte”.

El Diálogo de Melos es solo un ejemplo, entre muchos en la obra de Tucídides, de la anarquía que reina en el mundo, de la absoluta falta de garantías de que el comportamiento ajeno se vea coartado y de la omnipresencia de actos horripilantes, como el exterminio de pueblos enteros. En La Guerra del Peloponeso, tales horrores son omnipresentes, y Tucídides se detiene a menudo para reflexionar sobre ellos. En el quinto año de la guerra, cuando Platea se rindió a Esparta, se produjo un debate en el que los plateos expusieron sus argumentos para obtener clemencia. En cambio, los espartanos masacraron a los hombres, esclavizaron a las mujeres, arrasaron la ciudad y repoblaron el territorio. Y no porque Esparta albergara alguna animosidad particular hacia Platea, sino porque lo hicieron “para complacer a los tebanos, a quienes consideraban útiles en la guerra”. Al año siguiente, Tucídides describe otra masacre y relata que quedó “asombrado” por las pérdidas, y que el número de muertos “parece tan desproporcionado al tamaño de la ciudad que resulta increíble”. Abundan otros ejemplos a lo largo del texto.

Dos observaciones más no hacen sino aumentar el misterio sobre la motivación de Tucídides al relatar el diálogo de Melos. Para empezar, “relatar” no es la palabra más precisa. Tucídides explica que a menudo imagina los encuentros tal como cree que podrían haber ocurrido, y sin duda este es uno de esos casos. Generalmente, proporciona la identidad de quienes pronuncian los discursos principales, pero los participantes atenienses no se nombran, y presumiblemente los melios que participaron en el diálogo no sobrevivieron para contarlo. Es posible que Tucídides recibiera posteriormente relatos de segunda mano de los acontecimientos, pero el diálogo refleja tanto la capacidad del autor para inventar como su capacidad para registrar fielmente.

Y lo más desconcertante de todo es que los atenienses ya habían hecho lo mismo en Melos, pero en aquella ocasión Tucídides apenas le dedicó una frase. Cinco años antes de la destrucción de Melos, los atenienses habían reprimido brutalmente a Escione, una ciudad sublevada contra su dominio. Tucídides señala que “Atenas logró someter a Escione, ejecutó a los varones adultos y, esclavizando a las mujeres y los niños, cedió la tierra a los plateos para que la habitaran”. Pero en este caso anterior no hubo debate. El diálogo con Melos era obviamente muy importante para Tucídides, pero los lectores ocasionales de La Guerra del Peloponeso podrían no comprender por qué.

LA CORRUPCIÓN DE ATENAS

Por un lado, el episodio revela la persistente preocupación de Tucídides por la fragilidad de la civilización y cómo una guerra prolongada puede socavar la dignidad e integridad de las sociedades. Tucídides se detiene en sucesos como la caída en la barbarie que tuvo lugar durante una guerra civil en el 427 a. c. en lo que hoy es la isla de Corfú, la “extravagancia sin ley” que se desató durante una plaga en Atenas, y detalles de una furiosa incursión, por lo demás intrascendente, de los tracios en Micaleso: “Saquearon las casas y los templos y masacraron a los habitantes, sin perdonar ni a jóvenes ni a ancianos, matando a todos los que encontraban a su paso, uno tras otro: niños, mujeres, bestias de carga y cualquier criatura viviente que vieran”, escribió. “Por todas partes reinaba la confusión y la muerte en todas sus formas; y en particular atacaron una escuela de niños, la más grande del lugar, a la que los niños acababan de entrar, y los masacraron a todos”.

El caso de Melos ilustra cómo la guerra había desfigurado la sociedad ateniense en comparación con el asunto de Mitilene, ocurrido más de una década antes. En aquel caso, Mitilene, una aliada privilegiada e importante de los atenienses, intentó una profunda traición, buscando el apoyo de Esparta con la esperanza de cambiar de bando en la guerra. Tras sofocar la conspiración, Atenas debatió sobre cómo castigar a los rebeldes. En un arrebato de ira, el demagogo Cleón persuadió al pueblo no solo para que ejecutara a los responsables de la revuelta, sino también para que condenara a muerte a toda la población masculina adulta de Mitilene y esclavizara a las mujeres y los niños.

Una vez más, Tucídides no expresa su opinión sobre esta decisión con sus propias palabras. Sin embargo, La guerra del Peloponeso deja claro que sentía una aversión visceral hacia el ejercicio de la violencia indiscriminada y gratuita, a pesar de ser un general que dirigió a sus hombres en numerosas batallas sangrientas y de que todo indica que se sentía cómodo con el uso de la fuerza para promover el interés nacional. Su postura queda patente en la forma en que describe lo que sucede a continuación. A la mañana siguiente, los atenienses reflexionaron “sobre la horrible crueldad de un decreto que condenaba a toda una ciudad al destino que solo merecían los culpables”. Se celebró un segundo debate, y esta vez la mayoría se puso del lado del oponente de Cleón y envió otro barco para alcanzar al primero, revocando la orden de la masacre. Con maestría narrativa, Tucídides describe la urgencia de la tripulación del segundo barco, que comía mientras remaba y dormía solo por turnos.

En este contexto, el saqueo de Melos demuestra cómo la sociedad ateniense se había corrompido tras doce años más de guerra. Melos no había hecho nada que justificara la ira catastrófica de Atenas. Sin embargo, debido al deseo de los melios de permanecer en la neutralidad y el anonimato, sufrieron un castigo cruel e implacable, considerado demasiado severo para Mitilene, que había intentado una traición mucho más grave. Es posible que Atenas tuviera algunas pequeñas disputas con Melos durante la guerra, pero Tucídides, recurriendo una vez más a la técnica narrativa sutil, omite cuidadosamente esos detalles, sin ofrecer otra explicación para la conducta ateniense. Años de guerra habían transformado una ciudad otrora resplandeciente en la cima de una colina en una máquina de matanza.

El diálogo trata menos sobre el destino de Melos que sobre la situación de Atenas, y el panorama no es alentador. Esto queda meridianamente claro en cómo la destrucción de la isla prepara el terreno para lo que sigue inmediatamente: el desafortunado intento ateniense de conquistar Sicilia. Inmediatamente después de describir la aniquilación de Melos, Tucídides prosigue: “Ese mismo invierno, los atenienses decidieron zarpar de nuevo hacia Sicilia… si fuera posible, para conquistar la isla”. La Atenas que operaba en Melos es inseparable de la Atenas que se embarcó en su campaña, fantásticamente y fatalmente equivocada, para conquistar la extensa y lejana isla de Sicilia, la insensatez que sería la principal causa de su ruina final. Tucídides consideraba la campaña siciliana el acontecimiento más importante de la guerra, y dedica casi una cuarta parte de su obra magna a una descripción detallada de la misma. Una de las razones por las que la destrucción de Melos (a diferencia de, por ejemplo, los sucesos sumamente similares de Scione) constituye un escenario ideal para una desaceleración narrativa extrema es que permite a Tucídides vincular directa y explícitamente la arrogancia y la soberbia atenienses en Melos —que quedan claramente reflejadas en el diálogo— con la misma arrogancia y soberbia en Sicilia, donde se harían patentes: “Fueron derrotados en todos los frentes; su sufrimiento fue enorme; fueron destruidos, como se suele decir, con una destrucción total: su flota, su ejército… todo fue destruido, y pocos de entre muchos regresaron a casa. Así ocurrieron los sucesos en Sicilia”.

Es razonable pensar que los melios debieron haber optado por la rendición y la supervivencia, pero en el debate presentan argumentos más contundentes (y premonitorios). Si los atenienses masacraban a quienes estaban a su merced, argumentaban los melios, se sentaría un peligroso precedente: “Esto os interesa tanto como a cualquiera, pues vuestra caída sería una señal para la más severa venganza y un ejemplo para que el mundo reflexionara”. En este punto, y en otros, los melios acertaron plenamente, y probablemente expresaban una idea que Tucídides deseaba transmitir (y que sus primeros lectores habrían reconocido de inmediato). El clasicista Hunter Rawlings ha planteado la noción, necesariamente especulativa pero convincentemente argumentada, de que el Diálogo de Melos pretendía reflejar lo que se habría desarrollado como un “Diálogo ateniense” al final de la obra, con los atenienses ahora en el lugar de los desafortunados melios.

Como señala Jenofonte, contemporáneo que retomó la narración de Tucídides donde esta se interrumpió, Esparta sí mantuvo una conversación con sus aliados al final de la guerra, y muchos de ellos abogaron con vehemencia por la aniquilación total de Atenas. En cuanto a los atenienses, “temían que nada pudiera salvarlos de sufrir los mismos males que ellos mismos habían infligido a los ciudadanos de estados más pequeños”, escribe Jenofonte. “No habían hecho estas cosas por venganza, sino simplemente para demostrar su arrogancia”. Una lección del Diálogo de Melos, pues, es que los poderosos deben reflexionar cuidadosamente sobre cómo ejercen su poder irresistible.

En ese diálogo, los atenienses, en cambio, se muestran obtusos. Y resulta chocante, en su contexto histórico, su actitud despreocupada hacia lo divino. Cuando los melios sugieren que los dioses podrían desaprobar actos de barbarie descarada, los atenienses se burlan de quienes “recurren a lo invisible, a las profecías y los oráculos, y a otras invenciones semejantes que engañan a los hombres con falsas esperanzas”. Sin embargo, poco después, en Sicilia, los atenienses cambian de opinión, suplicando: “Si alguno de los dioses se ha ofendido por nuestra expedición, ya hemos sido suficientemente castigados”. Sin duda, la situación había dado un giro.

PIES DE ARCILLA

Sin duda, en La guerra del Peloponeso, Tucídides ilustra cómo, con frecuencia, los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Pero el general ateniense no creía que la mejor manera para que un Estado poderoso promoviera sus intereses en la política mundial fuera actuar con violencia y crueldad desenfrenadas y, en términos contemporáneos, “desatar” las manos de sus “guerreros” y no prestar atención a las normas, las leyes o las “estúpidas” reglas de enfrentamiento, como ha instado el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth.

En su famoso diálogo, Tucídides cita a los melios advirtiendo que tal brutalidad descontrolada resultará contraproducente, llevando a los atenienses a incurrir en graves costos políticos a largo plazo, incluso si logran modestas victorias a corto plazo en el campo de batalla: “¿Cómo evitar crear enemigos entre todos los neutrales existentes que, al ver nuestro caso, concluirán que tarde o temprano los atacarán? ¿Y qué es esto sino aumentar los enemigos que ya tienen y obligar a otros a convertirse en tales, quienes de otro modo jamás lo habrían considerado?”. Con la estructura de La Guerra del Peloponeso, Tucídides muestra que los melios pudieron haber sido vencidos en el campo de batalla, pero derrotaron por completo a los atenienses en el debate, dejando como legado lecciones perdurables sobre los límites de lo que la fuerza bruta puede lograr.

La idea de que la violencia desenfrenada es, de hecho, contraproducente, es un tema recurrente en todo el libro. Al repasar las décadas previas a la guerra, Tucídides explica que las sangrientas matanzas del general espartano Pausanias fueron una de las razones por las que la alianza ateniense se fortaleció, ya que “el odio que inspiraba había llevado a los aliados a abandonarlo… y a unirse a los atenienses”. Unas décadas más tarde, la situación se invirtió: Atenas, otrora líder de una alianza, se transformó en la gobernante de un imperio. Tucídides escribe que, al estallar la Guerra del Peloponeso, “los sentimientos de los hombres se inclinaron mucho más hacia los espartanos” debido a la extendida “indignación contra Atenas”. Este es un punto que Tucídides recalca una y otra vez, como cuando relata cómo Esparta envió emisarios al campo de batalla para controlar a un comandante naval conocido por masacrar prisioneros y perpetrar matanzas. Tal comportamiento, advirtieron, “convertiría a más amigos en enemigos que enemigos en amigos”.

Hoy en día, la Guerra del Peloponeso debe leerse y releerse con gran atención, y no solo para citar un pasaje descontextualizado sobre el ascenso del poder ateniense. Escrita con astucia y contundencia, sigue siendo rica en numerosas reflexiones que pueden ayudar a los lectores a comprender mejor las relaciones internacionales contemporáneas. Entre sus muchas enseñanzas, la más importante es que la arrogancia y la soberbia contraproducentes son peligros que amenazan a las grandes potencias.

Al reflexionar sobre el primer año de su segundo mandato, Trump declaró: “Creo que Dios está muy orgulloso del trabajo que he realizado”. A lo largo de La guerra del Peloponeso, su autor no hace hincapié en la reverencia hacia lo divino. Pero parece obvio que, lejos de respaldar tales sentimientos y las políticas temerarias que los acompañan, Tucídides habría evaluado semejante egocentrismo y habría negado con la cabeza.

Link https://www.foreignaffairs.com/united-states/strong-do-what-they-can-and-suffer-what-they-must

 

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