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Los argumentos contradictorios de Milei sobre la interna oficial, que complican aún más a su equipo

 

Cuando llegó a la Presidencia, acompañado de una troupe tan variopinta como desordenada, propensa ya desde el comienzo al despelote y las rencillas intestinas, Milei dijo algo curioso: que esos conflictos no lo molestaban en lo más mínimo, sino que incluso lo enorgullecían, porque “los liberales no somos manada”.

A continuación, y para su beneficio y el del país, se ocupó precisamente de convertirlos en manada.

Verticalizó y centralizó la toma de decisiones en el Ejecutivo, en las bancadas legislativas, en el territorio, y a los que se resistieron los echó sin contemplaciones. Pero como no podía ser de otro modo, dada la escasísima experiencia conjunta de las personas que siguieron en su equipo, la multiplicidad y complejidad de los asuntos que tenían que resolver y la misma naturaleza del ejercicio del poder, las peleas internas continuaron. Y el problema se agravó porque los dos protagonistas centrales de las mismas fueron y seguirían siendo hasta hoy los dos vértices que los complementaban en el “triángulo de hierro”, su hermana Karina y su asesor Santiago Caputo.

Una aclaración importante sobre esta disputa es oportuna. Conflictos similares en el vértice del poder ha habido en muchos otros gobiernos, por ejemplo se recordará la pelea a muerte que protagonizaron los “rojo punzó” contra los “celestes” en el primer gobierno de Carlos Menem. Pero en ese caso se dieron condiciones y atenuantes que ahora parecen estar ausentes: esas diferencias expresaban posiciones en pugna respecto de políticas centrales de la gestión, que enfrentaban a actores más extendidos de la coalición oficial, nacionalistas y proteccionistas contra liberales aperturistas, por caso; y el entonces presidente fue dirimiéndolas hasta que en alguna medida las superó, distribuyendo áreas de influencia y fijando prioridades.

El problema principal que se enfrenta hoy en día parece ser que no se dan ninguna de esas condiciones: la disputa en cuestión solo responde a las ambiciones en pugna de grupos de funcionarios, sin conexión con nada que suceda alrededor, ni en la sociedad ni en el Estado, así que actúan por la suya y no responden ante nadie, y el presidente no parece estar haciendo nada para superarla, o porque no sabe cómo hacerlo o porque no le interesa. Así que resulta muy difícil saber qué cuernos puede ocurrir a continuación.

Esta semana que pasó sucedieron dos cosas interesantes para echar luz sobre esta última pregunta. Primero, la pelea cobró estado público como nunca antes, con cruces abiertos de acusaciones y reclamos, a raíz de una revelación sobre el uso de las redes por parte de uno de los sectores, el de Karina, para desprestigiar y limar al otro, sin que un llamado al orden frenara a ninguno de los dos. Segundo, el presidente dejó de ignorar el asunto, y trató de explicarlo, con un par de intervenciones en medios afines; pero que no tuvieron mucho éxito: las razones que ofreció fueron absurdas y contradictorias entre sí, por lo que los bandos en disputa y el resto de los funcionarios deben haberse quedado preguntando qué cuernos iría a hacer a continuación el jefe de Estado. Y si eso no está claro, tampoco debe estarlo qué les conviene hacer a ellos, si desescalar o extremar el conflicto.

¿Será que Milei disfruta con estas disputas, que interpreta como peleas por ganarse su atención y su afecto? ¿Será que, como explicó también estos días Mauricio Macri, está tan compenetrado con las ideas y tan alejado de su implementación que todo esto le sigue resultando, a pesar de los más de dos años en el cargo, un mundo desconocido y ajeno?

Es difícil de creer que el problema se reduzca a esto último. Porque en verdad en muchos asuntos de la gestión se involucra, a veces obsesivamente, hasta detalles nimios. Y también resultaría excesivo atribuirlo a una inclinación psicológica. Tal vez sea fruto de que no sabe realmente cómo dirimir la pelea y ordenar a su equipo.

Y las explicaciones que brindó, volviendo sobre ellas, lo ponen de manifiesto. En la primera su argumento fue aproximadamente este: que “en ningún grupo todos piensan igual”, y es sano que haya diferencias y se expresen. Pero recordemos lo dicho un poco más arriba: las peleas de las que hablamos no obedecen a ningún pensamiento discordante, ningún desacuerdo sobre metas, estrategias o políticas, sino solo a ambiciones en pugna. Son disputas por recursos, cargos, poder. Y también recordemos el énfasis que ha puesto el propio Milei en convertir a su base y su tropa a un credo uniforme e indiscutible, no construir solo un partido sino una auténtica religión, y purgar a los disidentes, hasta a los dubitativos. Que ahora reivindique el valor del pluralismo y el debate de ideas parece ser apenas una excusa para quedar bien ante la audiencia y no reconocer ni la gravedad ni la naturaleza de la crisis interna.

Además, esa explicación fue contradicha por la que le siguió, pocos minutos después, en la misma entrevista: afirmó que todo era fruto de una conspiración montada desde fuera del gobierno, por agentes que no identificó pero que habrían plantado los mensajes maliciosos que desataron los recelos internos, y luego habrían exagerado una disputa que, según él, rápidamente se habría desactivado cuando se entendió su origen espurio. Con lo cual dio a entender, una vez más, que el Ejecutivo sería un campo algodonado de comunión y cooperación amorosa de no ser por los agentes del maligno, los periodistas, los opositores, sus críticos en general.

Probablemente Milei mismo no se cree ninguna de las dos tesis a las que recurrió. Pero si las pone delante de nuestras narices tal vez no sea solo por su interés en confundirnos y distraernos, sino también porque no sabe muy bien qué hacer. No sabe cómo manejar el choque de egos, ambiciones e intereses en un escenario complejo, teme meter la pata y no hace nada; así que deja hacer a otros a la espera de que lo resuelvan.

Tal vez el problema de fondo es que esto es lo que ha venido haciendo hasta acá, y las cosas no se ordenaron muy bien que digamos. Porque él no actúa como armador de su equipo, no es un buen jefe de personal (no tiene por qué serlo), pero quien actúa en su nombre en esos menesteres, Karina, no ha dejado de moverse como jefa de una facción en guerra contra otras.

Publicado en TN el 24 de mayo de 2026

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