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Los antiguos orígenes de la oligarquía

Traducción Alejandro Garvie

La lucha entre democracia y oligarquía en la Grecia clásica fue encarnizada, y las oligarquías recurrieron a instituciones políticas hábilmente diseñadas para apuntalar regímenes impopulares. Ante la creciente preocupación por el «gobierno de unos pocos» en Estados Unidos, los estadounidenses deberían reflexionar sobre cómo sus propias instituciones están sirviendo a los intereses de las oligarquías.

En el otoño del 403 a. c., la democracia triunfó en Atenas. Fue una victoria muy reñida. El conflicto de 27 años con Esparta, conocido como la Guerra del Peloponeso, había terminado el año anterior con la capitulación de los atenienses sitiados. Un régimen autoritario llamado los Treinta tomó entonces el control de la ciudad y, a pesar de sus pretensiones de “virtud” y “justicia”, pronto ejecutó a más de 1500 personas.

Este estallido de violencia inspiró un movimiento de resistencia democrática, integrado en parte por extranjeros residentes de clase trabajadora y esclavos. Tras casi un año de guerra civil, los rebeldes lograron la victoria: un momento memorable de restauración democrática que aún resuena. Para celebrarlo, ofrecieron un sacrificio en la Acrópolis a Atenea, la diosa patrona de la ciudad.

Pero lejos de las festividades, se estaba llevando a cabo una conmemoración muy diferente. Los supervivientes de los Treinta erigían un monumento a su líder caído, Critias. Pariente del filósofo Platón, Critias era un intelectual, poeta y teórico político que se oponía vehementemente a la democracia de la ciudad. Había liderado a los Treinta hasta su muerte en la batalla a principios de ese año.

Para rendir homenaje a Critias y a todo el movimiento antidemocrático, sus compañeros erigieron una elaborada lápida de mármol. Un relieve tallado mostraba a una joven fiera blandiendo una antorcha y prendiendo fuego a otra mujer, con el epitafio: “Este es el monumento a los hombres virtuosos que, por un breve tiempo, contuvieron la arrogancia del maldito pueblo ateniense”. Según un antiguo comentarista griego, la mujer que sostiene la antorcha es la oligarquía personificada. Su víctima es la democracia.

La némesis de la democracia

No se conserva rastro de la lápida de Critias, y la única referencia a ella se encuentra en una nota marginal de un manuscrito. Algunos estudiosos, comprensiblemente, han dudado de su existencia. Argumentan que, sin duda, un objeto tan subversivo se habría construido en secreto, lo que plantea la incógnita de cómo alguien podría haber registrado su contenido. Quizás se trate de una reliquia antigua.

Sin embargo, real o inventado, el monumento encapsula un importante fenómeno político de la Grecia clásica: la oligarquía, o “el gobierno de unos pocos”. Los oligarcas se veían a sí mismos como una minoría selecta, distinguida por su linaje, riqueza, modales y educación superior, lo que los hacía aptos para gobernar. Eran, en resumen, el “bien” del epitafio de Critias, en contraposición a la mayoría inculta —el demos— que carecía de la formación y el discernimiento necesarios para la política, y cuyas prioridades equivocadas solo podían desembocar en la arrogancia. Era deber de todo miembro sensato de la élite contener la marea de la ignorancia por cualquier medio necesario. (En las fuentes antiguas, el demos se compara a menudo con un río caudaloso o una ola arrasadora; la imagen de la antorcha en la lápida, que contrapone el fuego al agua, podría ser, por lo tanto, deliberada).

Si el sentimiento oligárquico plasmado en el monumento de Critias parece extremo, es porque refleja la amargura de la lucha entre democracia y oligarquía en la Grecia clásica. Es bien sabido que, a partir del siglo V a. c., los pensadores griegos idearon un método sencillo pero ingenioso para clasificar los tipos constitucionales según su número. Los Estados podían ser gobernados por uno (tiranía), por unos pocos (oligarquía) o por muchos (democracia). Lo que se comprende menos es que la democracia y la oligarquía se convirtieron rápidamente en las dos formas más comunes —y más violentamente enfrentadas—.

Aristóteles, en su obra Política del siglo IV a. C., observó que “la mayoría de las constituciones son democráticas u oligárquicas”. No sería exagerado afirmar que la disyuntiva entre ambas casi desgarró el mundo griego. El historiador John Ma, de la Universidad de Columbia, en su reciente historia de la polis griega antigua, se refiere al periodo comprendido entre el 460 y el 360 a. c. como la “Guerra de los Cien Años” entre la democracia y la oligarquía. Mucho más que una tiranía, la oligarquía fue la gran enemiga del gobierno popular.

Pero la oligarquía, por muy extendida que estuviera, nunca gozó de popularidad generalizada. Los oligarcas no constituían un partido político que se alternara con los demócratas mediante traspasos pacíficos de poder. La mayoría de los cambios constitucionales fueron resultado de un golpe de Estado. Esto fue cierto incluso para el establecimiento de democracias. Pero mientras que las democracias, casi por definición, contaban con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos, las oligarquías a menudo lograban persistir a pesar de su impopularidad.

Las reglas de unos pocos

Las oligarquías de la antigua Grecia son un ejemplo de cómo las instituciones hábilmente diseñadas pueden preservar incluso los regímenes más autoritarios. Aparentemente, la oligarquía se basaba en la propiedad para garantizar que solo una minoría de la población, quizás el 10-15% más rico de los hombres, tuviera acceso a cargos políticos. Pero la oligarquía también tenía un fuerte componente ideológico de clase. Como bien observó Aristóteles, la oligarquía y la democracia se refieren al número, pero en realidad implican el gobierno de los ricos y los pobres, respectivamente.

Para mantenerse en el poder, el “club de caballeros” oligárquico empleó la clásica estrategia de divide y vencerás. Figuras destacadas de la oposición fueron cooptadas por el régimen. Las recompensas públicas para los informantes sembraron dudas y divisiones entre los posibles conspiradores. El movimiento en los espacios centrales de la polis, donde la protesta podía desembocar en una revolución, estaba estrictamente regulado. Y si la situación interna se tornaba turbulenta, los aliados internacionales intervenían para restablecer el “orden”: los espartanos, en particular, eran conocidos por su intervención para apuntalar las oligarquías.

Un conjunto de instituciones lidiaba con el descontento popular; otro mantenía relaciones tolerables entre los propios oligarcas. La cooperación entre estos egos desmesurados no podía darse por sentada, aunque su supervivencia dependiera de ella. (Si esto suena descabellado, imagínense un gobierno compuesto exclusivamente por los multimillonarios que acompañaron al presidente estadounidense Donald Trump en su segunda investidura. Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Tim Cook, Sergey Brin y Elon Musk podrían beneficiarse del orden actual, pero dista mucho de ser seguro que pudieran cooperar el tiempo suficiente para mantenerlo).

Gracias a este orden institucional, la oligarquía tuvo una trayectoria considerable. Sin embargo, al final no pudo resistir la expansión de la democracia. Esto puede resultar sorprendente: una narrativa común —promovida, entre otros, por los redactores de la Constitución de los Estados Unidos— sostiene que las turbulentas democracias directas de la antigüedad sucumbieron inevitablemente a la demagogia y el desorden. La propia historia de Atenas, narrada por el historiador Tucídides, se ha utilizado para reforzar esta narrativa.

Pero los estudiosos contemporáneos, basándose en nuevos descubrimientos literarios, epigráficos y arqueológicos, coinciden cada vez más en que la democracia no comenzó ni terminó con la Atenas clásica. De hecho, entre los siglos III y II a. c., la democracia pudo haber sido la forma de gobierno más común en el mundo griego antiguo. Se celebraba en la pintura, la numismática, la escultura y el discurso cotidiano como la mejor manera de garantizar la libertad y la igualdad para el ciudadano varón libre (la esclavitud y la exclusión por motivos de género eran características notorias de los regímenes griegos antiguos que se autodenominaban democracias). Entonces como ahora, casi nadie hablaba bien de la oligarquía en público; de hecho, la lápida de Critias, de existir, representaría el único ejemplo documentado de oligarquía representada en el arte.

La trampa de la supermayoría

Tras un periodo de relegación, el término oligarquía ha resurgido con fuerza en Estados Unidos. Reapareció por primera vez en la agenda política en la década de 2010, con el movimiento Occupy Wall Street y la campaña presidencial de Bernie Sanders en 2016, y se popularizó aún más en enero de 2025, cuando el expresidente estadounidense Joe Biden advirtió en su discurso de despedida sobre “una oligarquía… de extrema riqueza, poder e influencia que amenaza literalmente a toda nuestra democracia”. Ahora, cuando la gente oye el término, es más probable que piense en los magnates tecnológicos estadounidenses que en los superricos rusos que amasaron su fortuna apropiándose de activos estatales en la década de 1990.

En muchos sentidos, la sociedad estadounidense no está preparada para este momento. A pesar de la importancia de la oligarquía en la antigüedad griega, donde se originan muchas de las ideas políticas de Estados Unidos, el tema quedó relegado en gran medida a un segundo plano en los debates constitucionales de la Edad Moderna. Esto se debe, en parte, a que los redactores de la Constitución estadounidense cambiaron el enfoque del discurso, pasando de la dicotomía “democracia contra oligarquía” a un contraste entre el estado de derecho y la tiranía de la mayoría.

Los federalistas, en particular, intentaron minimizar la pérdida de poder democrático que podría conllevar la incorporación de los estados independientes a la sólida unión federal que imaginaban. Como han señalado numerosos estudiosos, la Constitución propuesta en 1787 era mucho menos democrática de lo que muchos políticos estatales y electores preferían. Sin embargo, en el primero de los Papeles Federalistas, Alexander Hamilton aseguró a los lectores que “una ambición peligrosa suele esconderse tras la engañosa máscara del celo por los derechos del pueblo, más que bajo la apariencia prohibida del celo por la firmeza y la eficiencia del gobierno”. En otras palabras, era un exceso de democracia, y no su déficit, lo que conduciría a la inestabilidad política.

En consecuencia, los federalistas se vieron en una posición algo defensiva a la hora de ensalzar la popularidad de la Constitución. James Madison admitió en el Federalista n.º 38 que las acusaciones más comunes contra el documento eran que conduciría a una monarquía o aristocracia; al parecer, existía poco riesgo de que fuera demasiado democrática.

Pero aún podemos recurrir a los federalistas como argumentos retóricos contra la idea de que la Constitución de los Estados Unidos no fue concebida para ser democrática. La afirmación de que Estados Unidos es una “república, no una democracia” sigue circulando, bajo el supuesto de que la mayoría no necesariamente tiene por qué ser la única opción. Sin embargo, como explicó Madison en los Federalistas 10 y 14, en la práctica, lo que significa “republicano” es principalmente el uso del voto representativo, en lugar del voto directo, en la legislación. En ambos casos, el método para el recuento de votos es mayoritario.

De hecho, en una alusión indirecta a la oligarquía, Madison afirmó que “si una facción cuenta con menos de la mayoría, el principio republicano ofrece una solución, permitiendo a la mayoría derrotar sus ideas perversas mediante el voto ordinario”. Madison parece incapaz de imaginar que una mayoría pudiera ser rehén de una minoría obstinada.

Hamilton, si bien no era necesariamente un defensor de la democracia, también criticó duramente las reglas de votación por mayoría cualificada, en contraposición a la mayoría simple. “Otorgar a una minoría la potestad de imponerse sobre la mayoría”, escribió en el Federalista n.º 22, “(lo cual siempre ocurre cuando se requiere más que una mayoría para tomar una decisión), implica, por su propia naturaleza, someter el sentir de la mayoría a la de la minoría”. Tal sistema pretende “sustituir el placer, el capricho o las artimañas de una camarilla insignificante, turbulenta o corrupta, por las deliberaciones y decisiones regulares de una mayoría respetable”.

Sin embargo, el proceso que Hamilton criticó es precisamente el que Estados Unidos utiliza habitualmente para formular políticas: el filibusterismo en el Senado. Dos quintas partes del Senado, que potencialmente representan solo alrededor del 10 % de la población total estadounidense, pueden bloquear la legislación mediante su veto de facto. Mientras esto continúe, Estados Unidos estará gobernado de hecho por una oligarquía, en contra de las intenciones expresas de los federalistas, quienes, para empezar, no eran precisamente partidarios de la democracia.

Estados Unidos se enfrenta a desafíos sin precedentes. Además de los ataques diarios de Trump contra el estado de derecho, la sociedad estadounidense debe decidir cómo afrontar el auge de la IA, el cambio climático y la creciente desigualdad, entre muchos otros problemas. El progreso requerirá, como mínimo, insistir en los derechos fundamentales de las mayorías democráticas, garantizados por la Constitución. Mantener el statu quo es hacerles el trabajo a los oligarcas. En la antigüedad, se imaginaba que la oligarquía incendiaba activamente la democracia. Hoy, como dice el meme, los demócratas se sientan en un edificio en llamas que ellos mismos han provocado y declaran: “Esto está bien”.

Link https://www.project-syndicate.org/onpoint/ancient-greece-oligarchy-bitter-struggle-with-democracy

 

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