Se los suele llamar “lapsus linguae”, furcios , parapraxis o actos fallidos. Si se los mira simplemente como equivocaciones , errores lingüísticos o tropiezos en el hablar, fallos de la memoria, ¿quién no cometió alguno en su vida?
El asunto es en boca de quién aparecen, cuál es el contenido , en qué circunstancias y qué implicancias tienen . Cuando se trata de discursos políticos , necesariamente uno tiende a buscar la interpretación psicológica, más allá de la lectura cognitiva.
Freud, quien llamaba a esos lapsus, en alemán, “Fehlleistung”, los consideraba “deslices” y decía que suceden cuando pensamos una cosa y decimos otra. Sería una reacción del inconsciente donde (según el padre del Psicoanálisis) suele aflorar algún contenido reprimido.
El sujeto que comete el lapsus linguae padecería un conflicto interno, en la medida en que está expresando algo de lo que, en el fondo, no está convencido. Lo cual sucedería en momentos de estrés , de angustia o de fatiga.
Cuando hace poco, fue difundido y resaltado entre nosotros el furcio del Presidente en su alocución: “les estamos afanando los choreos” ¿qué nos estaba diciendo el jefe de gobierno, en lunfardo, caló o con unos argentinismos más que coloquiales, chabacanos? La interpretación, de tan obvia, fue inmediata. A la manera de Freud, quiso manifestar una cosa y dijo otra. La contraria.
Me vino a la memoria, al instante, la sagaz boutade de Eduardo Galeano cuando escribió: “Los políticos suelen mentir con total sinceridad”.
En el acto fallido mencionado se trataba, además, de un tema más que sensible para nuestra sociedad y uno de los peores vicios de los dirigentes del mundo en actualidad y que es ni más ni menos que la corrupción. Nada menor, por cierto.
Para Carl Jung esos fallos no sólo son errores del azar, sino “ventanas al inconsciente” que “pueden revelar información muy valiosa”. Serían “irrupciones del subconsciente, una forma de lenguaje simbólico que evidenciaría el contenido oculto de nuestra mente”. Para él, al develarlos, podríamos entender qué aspectos de nosotros mismos estaban ocultos o rechazados, integrando así lo que él llamaba “ la sombra” .
Siempre habría entonces algo que se esconde o que no se quiere decir cuando se comete un acto fallido. De esa contradicción verbal se puede hacer, por ende, una interesante lectura.
El estructuralista francés, semiólogo y filósofo Roland Barthès los veía como deslices capaces de descubrir la intimidad del sujeto.
En mi parecer, Lacan fue el que mejor definió los actos fallidos después de Freud. Dijo: “Nuestros actos fallidos son actos que triunfan, nuestras palabras que tropiezan son palabras que confiesan. No son accidentes, sino manifestaciones de una verdad subyacente que se revela a pesar de la intención del sujeto”.
Alguna vez me propuse anotar los lapsus linguae de políticos y personajes públicos del mundo. No pude llevarlo a cabo , pero sí registré algunos ejemplos. Rodríguez Zapatero, una vez, contó haber firmado un acuerdo “para follar el turismo” ( en lugar de “fomentar”). Dicen que Maduro dijo en una oportunidad que “Cristo multiplicó los penes” (no los “panes”).
En 1999, un ex ministro argentino, a favor de la privatización manifestó: “Nada de los que debe ser estatal quedará en manos del Estado”.
Carlos Menem, cometió un furcio que fue muy comentado en su momento: “Vamos a eliminar todas las escuelas primarias” (en vez de “precarias”). Cuentan que en una ocasión, Rajoy, estaba en Perú frente a Ollanta Humala, pero que, según sus palabras , creía estar en Cuba.
Y la que más me llamó la atención- ya que tiene que ver con la desdichada frase reciente del Presidente- , es una reflexión de un ex diputado : “Estoy absolutamente tranquilo de haber incurrido en algún delito”.
Melanie Klein, la famosa psicóloga austríaco-inglesa, fundadora de la Escuela Inglesa de Psicoanálisis, si bien no teoretizó específicamente sobre los lapsus, escribió una vez lo siguiente: “un lapsus podría interpretarse como una manifestación de fantasías agresivas o de deseos de ataque hacia un objeto, donde una parte del yo se proyecta en el lenguaje y luego se manifiesta como un error verbal”.
Si miramos con atención el lenguaje gestual, si seguimos las arengas de los políticos con sus frases “erradas”, descubrimos que, efectivamente, hay en ellas una violencia y una molestia latentes (como afirmaba Mélanie Klein).
Asimismo que, efectivamente, los actos fallidos revelan convicciones o creencias más que secretas. Hay detrás de ellos, como una tensión , como una no reconocida necesidad de autocontrol, pero éstos ex abruptos brotan a pesar del esfuerzo de no caer en confusiones.
Hay todo tipo de furcios. Los hay cómicos, “zarpados”, sexuales, ridículos, anodinos o trágicos. Pero todos tienen algo en común. Sorprender a la propia persona que los emite y sorprender al otro, a la audiencia, con algo que , verbalizado, delata algún aspecto interno del orador, alguna mentira o es lo contrario de lo que pretendía comunicar. Una suerte de desenmascaramiento de la hipocresía.
¿A qué conclusión llegaríamos entonces?
A que los actos fallidos no fallan.
Descubren lo que encubren: la verdad.
Publicado en Clarín el 19 de septiembre de 2025.
Link https://www.clarin.com/opinion/actos-fallidos_0_LZLh7Oq06J.html








