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Lo que los votantes de Trump explican a los líderes europeos

¿Crees que las élites europeas entienden a Trump?, le pregunté recientemente a Giuliano Da Empoli. No solo fallamos al entender completamente su lógica, sino que, como hemos visto durante su año en el poder, también persiste la idea entre los líderes europeos de que son de alguna manera más inteligentes que él”, me contestó. Me permito añadir que la derrota después del primer mandato de Trump llevó a los los dirigentes europeos a interpretar la política estadounidense como una sucesión de ciclos: fases de estabilidad interrumpidas por episodios de disrupción que el propio sistema acabaría corrigiendo. El trumpismo fue leído así como una anomalía, un accidente personalista en una trayectoria esencialmente liberal. 

El estudio Beyond MAGA, de More in Common, recientemente publicado, obliga a abandonar definitivamente la comodidad analítica de los europeos. Lo que describe es una transformación duradera de la sociedad estadounidense, con implicaciones estructurales para la política exterior del país y, por extensión, para Europa.

Este diagnóstico encaja con una literatura consolidada que cuestiona la idea de una política exterior autónoma respecto a la opinión pública. Las actitudes de los votantes no son erráticas ni irrelevantes: presentan patrones relativamente estables que delimitan el espacio de lo políticamente viable en democracias avanzadas. Los líderes no actúan en el vacío: interpretan, agregan y, en ocasiones, amplifican disposiciones sociales preexistentes. Trump no es una excepción a esta lógica; es su expresión más visible.

Una coalición de masas

La principal lección del estudio va más allá del radicalismo del núcleo duro de Trump para llegar a la amplitud y estabilidad de la coalición que lo sostiene. El trumpismo se ha convertido en una coalición de masas, heterogénea y funcional, unida menos por una ideología cerrada que por un diagnóstico emocional compartido: la percepción de que Estados Unidos atraviesa una crisis nacional profunda —económica, cultural, moral y de seguridad— y de que las reglas ordinarias de la política han dejado de ser suficientes para afrontarlaLa percepción de amenaza existencial activa preferencias latentes a favor del orden, el liderazgo fuerte y la excepcionalidad institucional. Beyond MAGA confirma que este patrón no se limita a un segmento marginal del electorado. Atraviesa buena parte de la coalición trumpista, incluidos sectores que se perciben a sí mismos como moderados y pragmáticos.

Para los líderes europeos, este punto es decisivo. El problema ya no es qué hará el próximo presidente estadounidense, sino qué tipo de sociedad condiciona hoy las decisiones de Washington. Una sociedad que normaliza la excepcionalidad política como respuesta legítima a una crisis percibida como total difícilmente sostendrá una política exterior estable, normativamente coherente y basada en compromisos a largo plazo. La excepcionalidad interior tiende, casi inevitablemente, a proyectarse hacia el exterior.

Solo una minoría de los votantes de Trump considera esa identidad central en su vida política. El trumpismo funciona como un ecosistema. Un núcleo radical empuja los límites del discurso y de la práctica institucional; sectores intermedios —conservadores culturales y republicanos tradicionales— legitiman y normalizan ese desplazamiento; y una derecha más reticente permanece dentro de la coalición por rechazo a los demócratas y por miedo al declive social. El resultado no es una ruptura abrupta del orden democrático, sino una deriva gradual, en la que lo excepcional se convierte progresivamente en aceptable.

Unilateralismo transaccional

Desde el punto de vista de la política exterior, esta deriva es coherente con lo que la literatura reciente sobre populismo y relaciones internacionales ha descrito con precisión. El populismo no produce necesariamente aislacionismo, sino una forma de unilateralismo transaccional: hostilidad hacia reglas, mediadores e instituciones multilaterales, combinada con disposición a utilizar el poder de forma directa y asimétrica. Este marco ayuda a entender por qué el trumpismo exterior combina el rechazo a las “guerras interminables” con la aceptación de sanciones, amenazas, presión económica o uso puntual de la fuerza. No se trata de incoherencia, al contrario: es una lógica centrada en la protección identitaria y la minimización de costes visibles para la base electoral.

Trump no crea de la nada las preferencias de su electorado; las ordena, las amplifica y las traduce en acción gubernamental. Su aportación principal es institucional: reduce los filtros normativos y burocráticos que tradicionalmente amortiguaban la influencia directa de la opinión pública sobre la política exterior. En lugar de corregir esas preferencias, las convierte en mandato político explícito.

Los líderes europeos no deberían diagnosticar el riesgo mirando a los extremos. De hecho, el estudio sugiere que la estabilidad del proyecto reside en los sectores intermedios, que comparten el marco de crisis aunque discrepen en los métodos. Para estos votantes, las alianzas no son comunidades de valores, sino acuerdos contractuales evaluados en términos de coste-beneficio inmediato. Esta disposición social limita estructuralmente el margen de cualquier administración estadounidense, incluso de aquellas con un discurso más cooperativo.


Esta lógica ayuda a explicar la evolución reciente de las relaciones transatlánticas. El apoyo a Ucrania se reformula crecientemente en términos de coste interno, fatiga social y retorno estratégico visible. La política comercial se justifica menos por la eficiencia global y más por la protección nacional y la soberanía económica. Las instituciones multilaterales se evalúan por su alineamiento con los intereses estadounidenses, no por su legitimidad normativa. Incluso cuando el tono diplomático es conciliador, la lógica subyacente se ha vuelto más condicional y menos previsible.


Lo novedoso del momento actual es la convergencia entre polarización interna, percepción de declive y deslegitimación del orden liberal internacional. Esa convergencia reduce los incentivos políticos para sostener bienes públicos globales cuyo beneficio no sea inmediatamente visible para el electorado.

Europa ha reaccionado a este cambio con una mezcla de retórica y ambivalencia. La autonomía estratégica se ha convertido en un concepto central del discurso europeo, pero su traducción práctica sigue siendo limitada y desigual. El aumento del gasto en defensa no ha eliminado la dependencia estructural de las garantías de seguridad estadounidenses. Más preocupante aún es el desfase cognitivo: la persistencia de una lectura que interpreta la volatilidad estadounidense como un fenómeno cíclico, corregible con el relevo electoral adecuado, y no como el reflejo de una reconfiguración duradera de la opinión pública. Hace bien el vicepresidente del Parlamento Europeo, Javi López, en reclamar el final de la política del apaciguamiento con Estados Unidos: “la estrategia que seguimos el año pasado, el apaciguamiento, ha fracasado”.

El componente cultural del trumpismo refuerza esta dificultad. La guerra contra “lo woke“, que el estudio identifica como principal pegamento simbólico de la coalición, no es una disputa marginal. Se trata de un marco moral desde el que se evalúan instituciones, adversarios y aliados. En ese contexto, Europa es percibida no como un socio natural, sino como un espacio decadente, normativamente hostil y políticamente disfuncional. Esta percepción no impide la cooperación, pero la vuelve más frágil y más vulnerable a los vaivenes internos de la política estadounidense.


Los datos generacionales añaden una capa adicional de inquietud. Entre los votantes jóvenes del trumpismo emerge una mayor aceptación de jerarquías sociales y una disposición creciente a relativizar la autoridad judicial. La erosión del apego a los contrapesos liberales no es solo reactiva ni coyuntural, sino una tendencia susceptible de reproducirse en el tiempo. Para Europa, esto debilita la expectativa de que el simple relevo demográfico restaure automáticamente una América más predecible.

Lo que Europa sigue sin querer ver

Los líderes europeos deberían esperar mayor volatilidad, menor paciencia diplomática y una disposición creciente en Washington a ejercer presión económica o estratégica incluso sobre aliados formales.

Trump no es la causa de esta transformación, sino su vehículo político más eficaz. Actúa como traductor institucional de disposiciones sociales preexistentes, alineando política exterior y opinión pública de una forma que reduce el margen para el internacionalismo liberal clásico. Para Europa, el reto va de adaptarse a una sociedad estadounidense que ha dejado de sostener de forma mayoritaria los supuestos básicos del orden liberal internacional.

Durante décadas, la comodidad estratégica europea descansó sobre la idea de la excepcionalidad estadounidense: la convicción de que, llegado el caso, el sistema norteamericano siempre se autocorregiría. Hoy, esa convicción resulta cada vez menos sostenible. Los EE. UU. con la que Europa trata no está temporalmente desviada; es estructuralmente distinta. Ajustarse a esa realidad será incómodo. No hacerlo, previsiblemente, será mucho más costoso.

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