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León XIV mueve ficha en la guerra de Irán

Por David Ricardo González Ruiz

La Santa Sede no ha sido indiferente a la guerra entre Irán y Estados Unidos-Israel, la primera gran prueba diplomática del Papa León XIV. Si bien el pontífice también se implicó desde el inicio de su mandato como mediador en la invasión de Rusia a Ucrania —incluyendo múltiples recepciones a Zelenski—, en este conflicto se ha visto obligado a ser más contundente debido a la presencia histórica de comunidades cristianas en Irán, aunque especialmente en el Líbano.

El Santo Padre se pronunció por primera vez más en tono de condena que de oración luego del fallecimiento, a causa de un proyectil israelí, del sacerdote católico maronita Pierre El Raii:

“Hoy se celebra en el Líbano el funeral del padre Pierre El Raii, párroco maronita de uno de los pueblos cristianos que estos días están viviendo, una vez más, el drama de la guerra. Estoy cerca de todo el pueblo libanés en este momento de grave prueba. El padre Pierre fue un auténtico pastor; en cuanto se enteró de que algunos feligreses habían resultado heridos en un bombardeo, corrió a ayudarlos sin dudar. Quiera el Señor que su sangre derramada sea semilla de paz para el amado Líbano”.

Sin llegar a responsabilizar directamente a Israel, el obispo de Roma dejó a un lado la neutralidad para acompañar a los católicos del Líbano en un acontecimiento que generó indignación al mismo tiempo que solidaridad entre los habitantes de la pequeña localidad libanesa de Qlayaa.

La semana pasada, el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, ya se había encargado de transmitir la posición oficial de la Santa Sede ante la guerra iniciada unilateralmente por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán. Estas son algunas de las frases más relevantes expresadas por Parolin:

“Los pueblos de Medio Oriente —incluidas las ya frágiles comunidades cristianas— han sido una vez más arrojados al horror de la guerra, que brutalmente destroza vidas humanas, trae destrucción y arrastra a naciones enteras a espirales de violencia”.

Una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todos está siendo reemplazada por una diplomacia de la fuerza, de individuos o grupos de aliados, y la gente piensa que la paz puede perseguirse por medio de las armas“.

Si se reconociera a los Estados un derecho a la guerra preventiva, según sus propios criterios y sin un marco jurídico supranacional, el mundo entero correría el riesgo de ser incendiado”.

“El deseo de actuar libremente, de imponer el propio orden a los demás […] Un multipolarismo marcado por la primacía del poder y la autorreferencialidad está peligrosamente tomando forma”.

“Lamentablemente, principios como la autodeterminación de los pueblos, la soberanía territorial y las reglas que rigen la guerra misma están siendo nuevamente puestos en cuestión […] Una violación del derecho en una parte del mundo se siente en todas las partes”.

“No hay muertos de primera clase y de segunda clase, ni personas que tengan más derecho a vivir que otras simplemente porque nacieron en un continente en lugar de otro, o en un país determinado. La Santa Sede reitera con fuerza su condena de toda forma de implicación de civiles y de estructuras civiles, como hogares, escuelas, hospitales y lugares de culto, en operaciones militares”.

Aunque no fue un comunicado oficial, sino una entrevista concedida a Vatican News —el conglomerado de medios de la Santa Sede—, el cardenal secretario de Estado está autorizado por el Papa cuando traslada este tipo de posiciones y lo hace midiendo cada palabra. Por tanto, puede tomarse como la postura oficial de León XIV respecto al conflicto. Nuevamente, no cita directamente a Israel ni a Estados Unidos, pero son evidentes las referencias cuando condena la idea de la “guerra preventiva” impulsada por ambas naciones agresoras.

Incluso Parolin parece rechazar la iniciativa de la Junta de Paz, presidida por Trump, cuando habla de “diplomacia de individuos o grupo de aliados”. La Santa Sede declinó sumarse a la organización debido a que considera que su naturaleza privada contraviene el espíritu de las Naciones Unidas.

Un repaso de las relaciones entre la Santa Sede e Irán

Es preciso aclarar que los Estados que lo hacen mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede, no con el Estado de la Ciudad del Vaticano —una confusión habitual—. La Santa Sede es un sujeto con personalidad jurídica internacional propia que no está ligada al territorio del Estado de la Ciudad del Vaticano. Es decir, ya existía diplomacia vaticana siglos antes de que el Estado gobernado por el Papa fuera creado en los Pactos de Letrán.

La Santa Sede e Irán establecieron relaciones diplomáticas en 1954, durante el pontificado de Pío XII y el reinado del sah Mohammad Reza Pahlavi. Desde entonces, las relaciones se han mantenido de forma ininterrumpida, incluso tras la Revolución iraní y la instauración de la República Islámica.

El primer discurso del archivo público de la Santa Sede del que se tiene registro es uno dirigido por el Papa Juan XXIII del 1 de diciembre de 1958, en agradecimiento por la visita del sah Mohammad Reza Pahlavi al Vaticano durante sus primeros meses como pontífice y en memoria del encuentro que sostuvo con Pío XII una década antes. Esto significa que el sah y Pío XII ya se habían encontrado previamente al establecimiento de las relaciones diplomáticas.

El 1 de diciembre de 1966 el Papa Pablo VI recibió al nuevo embajador del Estado Imperial de Irán. En su discurso, le agradece el envío del sah de delegaciones para la apertura y clausura del Concilio Vaticano II. El pontífice subraya también el “respeto hacia todas las creencias” que existe en Irán y agradece que la Iglesia pueda desarrollar sus labores educativas y de caridad.

En abril de 1977 es nuevamente Pablo VI quien se dirige ante el representante de Irán ante la Santa Sede para destacar que el pueblo iraní y el catolicismo están unidos por la creencia en una fe monoteísta. Al igual que en discursos anteriores, el Papa reconoce que Irán es un país de acogida para las minorías religiosas y “en particular, para las comunidades cristianas”. Este fue el último discurso del que se tenga constancia de un pontífice ante un embajador del Irán imperial.
 

La primera reunión que un Papa sostuvo con un representante de la República Islámica de Irán fue en 1981 y estuvo a cargo de Juan Pablo II, durante la aceptación de las cartas credenciales del embajador extraordinario y plenipotenciario. El discurso del Papa polaco es sumamente inteligente, pues, a pesar del cambio de régimen, afirma que el pueblo de Irán es esencialmente el mismo, y que los católicos forman, por tanto, parte integral de ese pueblo, por lo que han de ser respetados. Pide para los católicos en Irán “pleno derecho a la nación” y “plena libertad religiosa”. En contrapartida, el pontífice reconoce sin titubeos al nuevo régimen e invoca “las bendiciones del Dios todopoderoso y misericordioso” para el ayatolá Jomeini.

El siguiente discurso (16 de octubre de 1986), también a cargo de Juan Pablo II, se produjo en el contexto de la guerra entre Irak e Irán. Prácticamente todo el contenido está centrado en la búsqueda de paz para un conflicto que tenía para entonces media década de desarrollo. Juan Pablo II condena que no se esté respetando el derecho que rige la guerra. El Papa llama al uso del diálogo y la diplomacia para “las contiendas entre naciones y pueblos”. Finalmente, solicita protección especial para la comunidad católica afectada durante la guerra, particularmente para los sacerdotes y consagradas. Es notable que en este discurso el Papa Juan Pablo II transmite saludos a Alí Jameneí, otrora presidente de Irán, pero no al líder supremo Jomeini.

La Guerra del Golfo fue el motivo del siguiente discurso pronunciado por Juan Pablo II, en junio de 1991. Este mensaje vuelve a estar centrado en la búsqueda de la paz, aunque por primera vez enfatiza que se ha de establecer un diálogo fraterno entre cristianos y musulmanes de forma permanente. Alí Jameneí se convirtió en líder supremo de Irán en 1989, por lo que llama la atención que el pontífice ignore el acontecimiento en su mensaje.

En su siguiente recepción de un embajador iraní, en mayo de 1997, Juan Pablo II usa por primera vez el concepto de respeto al derecho internacional. Su discurso se centra nuevamente en el diálogo interreligioso entre cristianos y musulmanes, enfatizando la creencia en el mismo Dios. Al igual que en discursos de anteriores pontífices, el Papa aboga por la protección de la minoría católica y afirma que han estado en Irán “desde los primeros siglos de la era cristiana”, por lo que forman parte de la nación íntegramente. Nuevamente, el Papa saluda exclusivamente al presidente de Irán y no al líder supremo, lo que parece marcar una tendencia en la diplomacia vaticana al distinguir la interlocución entre los presidentes y Jameneí.

En el que es probablemente su discurso más entusiasta, Juan Pablo II celebró en enero de 2001 la cooperación entre la República Islámica de Irán y la Santa Sede para fomentar el diálogo interreligioso a nivel mundial, especialmente entre cristianos y musulmanes. Habla de dos conferencias concretas celebradas primero en Roma y luego en Teherán. El discurso se dio tres años después de la primera visita de un presidente de la República Islámica al Vaticano, Mohammad Jatamí, quien también era en ese entonces el presidente de la Organización de la Conferencia Islámica. Al igual que en los discursos anteriores, el Papa evita deliberadamente el nombre de Jameneí.

En su último discurso (octubre de 2004) como pontífice a un embajador iraní y a unos meses de su muerte, Juan Pablo II recuerda el medio siglo de relaciones entre la Santa Sede e Irán. El Papa llama a un combate contra el terrorismo desde la Organización de las Naciones Unidas. Por primera vez, un pontífice habla en un discurso a un embajador iraní de multilateralismo y del compromiso con la no proliferación de armas nucleares. Una vez más, el pontífice celebra el diálogo frecuente entre cristianos y musulmanes, una de sus prioridades como Papa. En este discurso, Juan Pablo II transmite saludos al presidente, pero no a Jameneí.

Benedicto XVI recibió a Mohammad Jatamí en calidad de expresidente de Irán en mayo de 2007 para fomentar el diálogo interreligioso. La línea defendida por el pontífice no fue distinta a la de sus antecesores, con lugares comunes como el “respeto al derecho internacional”, “un diálogo entre culturas por la paz” y la defensa de las comunidades cristianas en Medio Oriente. La visita se consideró de alto nivel, pues Jatamí se entrevistó también con el entonces poderosísimo cardenal secretario de Estado Tarcisio Bertone. Es preciso destacar que el encuentro se dio en el contexto de la Guerra de Irak.

En 2009, al recibir a un nuevo embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Islámica, Benedicto XVI transmitió sus saludos al presidente Mahmoud Ahmadinejad, no así a Jameneí. El Papa alemán elogió la “tradición espiritual y la sensibilidad religiosa” del pueblo iraní. También llamó a su gobierno a sumar esfuerzos por la libertad religiosa como la base de las demás libertades. En la misma línea que su predecesor, Benedicto XVI alienta el diálogo interreligioso entre musulmanes y cristianos. Al igual que todos los pontífices anteriores, el Papa pide protección para los católicos y sacerdotes en Irán.

La llegada del Papa Francisco y el cambio en las relaciones con la República Islámica

La “era Francisco” marcó un quiebre, como en casi todo lo relativo al gobierno de la Iglesia católica. Tras casi veinte años de ausencia de una visita de un presidente de la República Islámica al Vaticano, en 2016 Hasán Rohaní se encontró con el Papa argentino. El encuentro se dio en el contexto del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) entre Alemania, China, Francia, Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, la Unión Europea e Irán para limitar el enriquecimiento de uranio en este último país a cambio de un levantamiento de sanciones.

El diálogo interreligioso, la tolerancia entre culturas y la paz volvieron a ser temas recurrentes en la reunión entre Francisco y Rohaní. El Vaticano destacó que la Santa Sede e Irán tienen “valores espirituales comunes”.

En 2022, en una visita que no fue de Estado, sino espiritual, Francisco se reunió con el ayatolá Alireza Arafí, uno de los clérigos más importantes de Irán. Arafí ha sido presidente de la Universidad Internacional Al-Mustafa en Qom, encargada de formar a los juristas y teólogos más prestigiosos del islam chií. También es miembro de la Asamblea de los Expertos, del Consejo de Guardianes y, tras el asesinato de Jameneí, miembro del Consejo Interino de Liderazgo. Su nombre tenía muchas papeletas para ser electo como próximo líder supremo de Irán antes de que se anunciase el encumbramiento de Mojtaba Jameneí.

Según las agencias oficiales iraníes, durante aquella reunión, el Papa Francisco aceptó “todas las cuestiones que el gran ayatolá Jameneí” hizo. Esta declaración no se confirmó por ningún medio oficial vaticano ni otro medio occidental, aunque tampoco sería extraño, debido a que el gran ayatolá es, de alguna forma, su homólogo en un sentido espiritual como máximo líder de una de las dos grandes facciones del chiísmo.

Durante la histórica visita del Papa Francisco a Irak en 2021, la primera de un pontífice, se reunió con la otra gran cabeza del islam chií, el Gran Ayatolá Ali Al-Sistani. El chiísmo duodecimano —de forma muy elemental— se divide entre las escuelas de Qom (Irán) y Nayaf (Irak). Mientras que la primera aboga por el gobierno de los clérigos, la corriente liderada por Al-Sistani estima que los clérigos deben ser solo pastores, sin ocupar cargos partidistas ni políticos.

La teología detrás es algo más compleja. El chiísmo duodecimano tiene un dogma que sentencia que la autoridad espiritual de Mahoma fue traspasada a doce imanes, siendo el último de ellos Muhammad al‑Mahdi, quien fue ocultado por voluntad de Dios. El imán nunca murió, se encuentra oculto desde 941 y volverá en el “Fin de los Tiempos”. Según el islam chií, él es el Mahdi, una figura análoga al Mesías, quien reaparecerá para gobernar el mundo con una justicia perfecta. De hecho, algunas tradiciones creen que Jesús lo acompañará en su regreso.

La división del chiísmo se da por la cuestión de quién debe regir al pueblo mientras el imán oculto reaparece. El denominado quietismo chií de la escuela de Nayaf cree que los juristas y clérigos deben guiar al pueblo a través de su influencia moral e incluso política, pero sin gobernar. Por el contrario, la escuela de Qom cree en el gobierno de los juristas en espera de la aparición del Imán. Este es el fundamento central de la teocracia iraní.

¿Cómo se explican las buenas relaciones entre la Santa Sede e Irán?

La Santa Sede y la República Islámica de Irán son las únicas dos teocracias electivas del mundo. Mientras la primera es absoluta, y el Papa ejerce tanto el gobierno espiritual de la Iglesia como el político del Vaticano, la segunda es híbrida, pues está controlada por la Asamblea de Expertos, renovada periódicamente con elecciones. En oposición, el Colegio Cardenalicio es designado directamente por el sumo pontífice y entre sus tareas está la elección del sucesor de San Pedro. Son sistemas relativamente similares, salvando la distancia en las tradiciones.

Es paradójico que en teoría el Papa de Roma cuente con un poder más absoluto, pero en la práctica el líder supremo de Irán lo ejerza con mucha más contundencia. Sin embargo, mientras el sumo pontífice opta por la autoridad moral y espiritual a través de una Iglesia universal, el líder supremo controla de forma directa el Estado iraní, como cabeza del Gobierno (incluyendo el Poder Judicial) y de sus Fuerzas Armadas, especialmente de la Guardia Revolucionaria Islámica.

El papado moderno, por su parte, renunció a hacer la guerra a otros Estados y su vía de influencia internacional es la diplomacia y la promoción de valores como la paz, el cuidado del medio ambiente y los derechos humanos, así como las obras de caridad, los colegios, universidades, hospitales y, por supuesto, los sacerdotes presentes en prácticamente todos los países del mundo.

Un punto de coincidencia incuestionable es la creencia en que la moralidad, la espiritualidad y Dios deben guiar a la sociedad. Si bien la Iglesia católica abandonó el ultramontanismo, aspira todavía a influir en ciertas políticas, como el aborto, la eutanasia, la identidad de género y el matrimonio homosexual.

En donde el islam chií y el catolicismo parecieran casi “primos distantes” es en que ambos confían su gobierno a una casta de clérigos. Sería burdo hacer una analogía con los presbíteros, obispos y cardenales, pero el chiísmo tiene también grados de erudición y responsabilidad, desde el gran ayatolá hasta clérigos reconocidos por su prestigio en teología y jurisprudencia. Otra similitud más sociológica es que tanto chiísmo como catolicismo admiten la veneración popular de santos y valoran especialmente el martirio.

Como muestra del respeto mutuo, el pasado 12 de marzo, un influyente ayatolá, Mostafa Mohaghegh Damad, escribió una carta pública al Papa León XIV pidiendo su intervención para frenar los ataques a Irán. El ayatolá le da tratamiento de “Santísimo” al pontífice y sostiene que comparten una fe en la voluntad de Dios, las Sagradas Escrituras y el monoteísmo.

El ayatolá llama a Cristo “el profeta de la misericordia, la amistad y el amor”. Finalmente, suplica la intercesión del Papa León XIV para que se haga valer la Carta de las Naciones Unidas, los Convenios de Ginebra y el derecho humanitario. Un ayatolá no es un simple clérigo, sino uno que ha sido elevado y distinguido por sus virtudes teologales, y cuyas enseñanzas tienen mayor peso, por lo que el significado de esta carta no es menor.

Conforme transcurren los días, se acrecienta la incertidumbre sobre la duración de la guerra. León XIV se ha visto obligado a fijar su posición ante el desplazamiento y la masacre de cristianos en Medio Oriente. La historia permite evidenciar que dos actores que en principio parecieran tener poco en común, como la Santa Sede y la República Islámica de Irán, comparten mucho más que la simple fachada de ser las últimas dos teocracias del mundo. No es coincidencia que las relaciones entre ambas entidades sean más longevas que las que la Santa Sede mantiene con Estados Unidos, establecidas treinta años después que Irán.

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