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Opinión 20 07 2021

Lecciones que enseñan los 30 años de la ABACC


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









Cuando se cumplen los 30 años de la creación de la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC), es decir, el organismo binacional responsable de verificar el uso pacífico de materiales nucleares capaces de ser utilizados para la fabricación de armas de destrucción masiva, estaremos celebrando un acontecimiento de una trascendencia mayúscula, que excede a la propia ABACC y a la cuestión nuclear, y es inclusive poco conocida por los expertos.

Ello se debe a que esta efeméride marca otro hito de un vasto proceso en el cual vienen confluyendo de modo virtuoso diversas cuestiones a lo largo de 70 años, hecho inaudito para Argentina. 

Primero, la constitución de la ABACC es un indicador de la madurez alcanzada entre Argentina y Brasil en una cuestión esencial de su agenda bilateral, lamentablemente no emulada en otros ámbitos de su imprescindible relación.

En segundo término, la consagración de un modelo exitoso y sin parangón en el mundo, de dos naciones que, habiendo competido en materia nuclear al punto de sospecharse mutua y mundialmente de una carrera bélica nuclear, un buen día, motu proprio y no por imposición de terceros, deciden crear una agencia para despejar esas dudas, y que ahora celebran haberlo hecho exitosamente durante 30 años, constituye un suceso colosal e inédito para la cuestión que encabeza la agenda de todo Estado pues refiere a su supervivencia, es decir la seguridad, en este caso bilateral, continental y mundial. Para interpretar el valor de esta experiencia, basta recordar los dramáticos escenarios de duelos nucleares que se han producido desde la invención de la bomba atómica y que aún hoy continúan amenazando con la destrucción del mundo. 

En tercer lugar, este aniversario adquiere singularidad como el resultado de un refinado proceso de institucionalización de una línea de política exterior, atento a que la ABACC simboliza un emblema de la única política de Estado en materia de política exterior que Argentina ha creado por su propia iniciativa y proseguido con éxito, contrastando con el paisaje de un vasto cementerio de iniciativas públicas frustradas.

¿Cómo se logró? 

La explicación de cómo se arribó a la ABACC comprende un vasto y complejo proceso que me demandó una investigación doctoral y un libro de 800 páginas, que intentaré sintetizar.

Desde mediados del Siglo XX, casi todos los gobiernos argentinos, en especial el último militar, perseveraron en la atención al desarrollo de la tecnología nuclear (a cargo de la Marina), aeroespacial (“Proyecto Cóndor”, vector de largo alcance, a cargo de la Fuerza Aérea) y química (a cargo de Fabricaciones Militares y del Ejército), alcanzando un liderazgo en Latinoamérica que motivó la competencia de los militares brasileños. 

Para 1983, las incipientes democracias argentina y brasileña heredaron de sus dictaduras, la mutua y planetaria sospecha de una carrera bélica nuclear. La Argentina lideraba esta materia como flamante exportadora de esa tecnología e INVAP acababa de dominar en Pilcaniyeu, la exclusiva tecnología del enriquecimiento de uranio, condición de un explosivo atómico. Aunque eran desarrollos pacíficos, su secreta gestión generaba suspicacias internas y externas, amenazando la Seguridad regional y mundial. Además, las potencias “proliferantes verticales”, dueñas de ese oligopolio mundial, intentaban excluirnos del mercado civil, acusándonos de “proliferantes horizontales”, impidiendo siquiera soñar integrarnos con Brasil.

El frente interno sumaba otro desafío, pues la CNEA continuaba tutelando la política nuclear externa, retaceada a la Cancillería y desgajada de la política exterior, paradójicamente en el rubro prioritario de la agenda mundial. 

Frente a ello, el flamante presidente Raúl Alfonsín procuró amalgamar dos clases de convicciones personales que traía en estas materias. Por un lado, aquellas fundadas en preceptos cristianos y en a prioris filosóficos del idealismo alemán, de inspiración krausista y kantiana, como la hermandad esencial de la humanidad, la idea de que la paz y la cooperación entre Naciones es natural, posible e imprescindible, la certeza de que el poder de la técnica es un medio, no un fin y debe ser orientado con espíritu humanista y no destructivo. Por el otro, había sido asesorado con la cruda realpolitik que profesaban conspicuos expertos, en particular, su admirado amigo, Jorge A. Sabato.

La democracia, la reputación y la seguridad del país exigían una política distinta, y Alfonsín decidió someterla a un control civil y democrático, articulándola con la política exterior. Así, el canciller Dante Caputo y su vicecanciller Jorge F. Sábato (sobrino del tecnólogo), crearon en la Cancillería una oficina –la Dirección de Asuntos Nucleares y Desarme (DIGAN)-, con el desafío de continuar aquellos desarrollos, su pujante política exportadora y la resistencia al inicuo régimen del “desarme de los desarmados”, pero atendiendo el contexto internacional y balanceándolo con el fortalecimiento del rol de Argentina como líder en la promoción de la paz y el desarme, conforme a su mejor tradición. 

Desde esa nueva oficina, tal decisión política fue implementada por jóvenes diplomáticos formados ad hoc y liderados por el embajador Adolfo Saracho, entre los que me contaba, iniciando una de las dependencias de mayor prestigio técnico actual en nuestra Cancillería. Inclusive, la designación en 2019 del embajador Rafael Grossi, como Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), máxima organización mundial en la materia, quien se formó con esa misma promoción de jóvenes diplomáticos en dicha oficina, confirma el efecto trascendente de aquella política de Estado iniciada por el Presidente Alfonsín para la imagen internacional de Argentina.

En aquella estrategia general, el nuevo Presidente incluyó una política acorde con el Brasil. El audaz proceso de fomento de la confianza mutua en el campo nuclear propuesto en 1985 por Alfonsín al tempranamente desaparecido presidente Tancredo Neves, se continuó con la suscripción entre Alfonsín y José Sarney de la “Declaración Conjunta sobre Política Nuclear”, anexo a la Declaración de Foz de Iguazú (30/11/1985), considerada el “embrión del Mercosur”.

Aquel documento proponía crear “mecanismos que aseguren los superiores intereses de la paz, la seguridad y el desarrollo de la región”, iniciando un proceso de “medidas para el fomento de la confianza”: salvaguardias e inspecciones mutuas, coordinación de políticas internacionales, intercambio de expertos y de información, etcétera. Un proceso tan espinoso que sus negociadores fuimos tildados de “vendepatrias” a ambos lados de la frontera, pues entre 1985 y 1988 formé parte como joven diplomático de aquellas largas negociaciones y, sobre todo, de un episodio clave en este proceso. 

El más simbólico y trascendente paso dado por Alfonsín fue su invitación a Sarney, a visitar la ultrasecreta Planta de Pilcaniyeu (16/6/87). Sarney lo recordó así: “Alfonsín es un hombre de Estado de estatura mundial. El problema nuclear entre nuestros países era grave. Nuestros militares se preocupaban por quién llegaría primero a la bomba atómica. El Presidente me llevó a Pilcaniyeu […] Queríamos, de este modo, terminar con la barrera nuclear que comprometía nuestras relaciones. No fue preciso que recurriéramos a las Naciones Unidas o a la Agencia Internacional de Energía Atómica. Fue un ejemplo único en el mundo de una solución personal para un problema tan profundo“. Y agregó en su discurso fúnebre en el Congreso: los “acuerdos de cooperación en el campo nuclear” firmados entonces entre ambos países fueron parte de la “ingeniería política“ que sirvió para “acabar con las desconfianzas”.

Aquella visita, imbricada en dicho proceso de acercamiento nuclear, que constituye un modelo sin parangón a escala mundial, fruto de la visión estratégica de Alfonsín y del que los argentinos debemos sentirnos especialmente orgullosos, cobra altura en esta efeméride, como condición sine qua non del Mercosur, de la ABACC, de la seguridad regional y del prestigio que rodea hoy a la Argentina como proveedor internacional responsable de tecnología nuclear, comprometido con sus usos pacíficos, y como líder en la promoción del desarme, la no proliferación y la seguridad. Hoy, aquello parece inconcebible, pero entonces la Argentina torció el rumbo de colisión con Brasil en el que las había embarcado sus dictaduras. Aquel audaz golpe de timón de Alfonsín fue afortunadamente respetado, continuado y perfeccionado por los sucesivos gobiernos, en particular con la histórica decisión de crear la ABACC (18/7/91).

¿Qué lecciones nos dejan? 

De esta celebración de la ABACC pueden extraerse tres lecciones esenciales para la Argentina. Por un lado, enseña que es indispensable perseverar y perfeccionar el proceso de integración entre la Argentina y el Brasil, especialmente en esta dramática circunstancia en que el Gobierno argentino parece haber perdido el interés en ese rumbo.

Asimismo, la preservación de la paz, la seguridad y la confianza mutua constituye un proceso sensible y frágil, que no puede ser “taken for granted”, sino que debe ser continua y meticulosamente cultivado mediante políticas preferenciales, firmes y constantes. 

Finalmente, la consecución de grandes iniciativas requiere políticas capaces de atravesar administraciones de diversos signos, que en la Argentina denominamos “políticas de Estado”, las cuales deben atender al contexto de estructuras preexistentes, consolidarse en prácticas institucionales consistentes, y ser animadas por actores individuales competentes y comprometidos.

En suma, la ABACC, como vástago institucional de una “Política de Estado” ejemplar por sus notables contribuciones a la no proliferación, el desarme, la Seguridad y a nuestra diplomacia, constituye un testimonio elocuente de lo que carece y de lo que requiere la Argentina. 

Publicado en El Economista el 19 de julio de 2021.