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Opinión 15 07 2020

Lecciones de Cicerón y Bacon


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









Los deletéreos efectos sanitarios y económicos mundiales de esta pandemia, junto a supuestas responsabilidades de Estados y de organismos internacionales, ofrecen lecciones inherentes a tradicionales flaquezas de la política exterior argentina, como ciertas tendencias a la autosuficiencia, la ingenuidad y la negligencia. Esta pandemia confirma que las cuestiones internacionales actuales revisten una globalidad que refuta cualquier política exterior consistente en "vivir con lo nuestro".

Otro aprendizaje radica en que la arena internacional no es un ámbito regido por buenas intenciones ni ideologías, sino por intereses, incluido el de aprovechar para obtener réditos de los conflictos. Para países como el nuestro, continúa siendo recomendable armarse con el derecho internacional, conductas consecuentes, buenos aliados y no guiarse por preconceptos ideológicos ni móviles oportunistas. Por último, y esta es la más seria advertencia: el conocimiento tecnológico anticipado constituye la forma más elevada del poder, pues, como dijo Bacon, "scientia est potentia". Las armas bacteriológicas y químicas han sido un azote para la humanidad desde la Primera Guerra Mundial, y muchos países han realizado ingentes esfuerzos para erradicarlas, entre ellos la Argentina, que ha sabido ganarse prestigio internacional en esa labor. 

Si bien esta pandemia no permite hasta el momento suponer el empleo deliberado de bacterias o virus, es indudable que el planeta está comprobando -como en un laboratorio de ensayos, pero con seres humanos y a escala global- el espeluznante efecto destructivo de tales medios. ¿Qué sucedería si un Estado o grupo político emplease un arma de esta naturaleza para atacar a otro, en particular si dominase secretamente su antídoto? ¿Puede suponerse que las potencias no están ya asignando cuantiosos recursos para esta hipótesis? ¿Quién está seguro de que a nadie nunca se le ocurrirá emplear esta arma? ¿Puede creerse que tal conflicto que involucre a una superpotencia no nos alcanzaría porque estamos lejos y no es nuestro asunto, como en las anteriores guerras mundiales? ¿Quién nos protegería en ese caso? Sería una negligencia no cambiar nuestro paradigma al respecto. 

Las conclusiones para la Argentina deberían ser claras y prioritarias, pues afectan a su seguridad externa, es decir, su vida: 1°) existen en el mundo bacterias y virus devastadores que, natural o artificialmente, adrede o de manera inadvertida (su faceta más sutilmente peligrosa es que cabría no conocer jamás su origen), podrían ser utilizados o producirían el efecto de un arma tan destructiva como nunca ha visto la humanidad; 2°) deberíamos estar tecnológicamente preparados para que si en un futuro a otro Estado o a un grupo político se le ocurriese emplearla en el mundo (ni siquiera sería necesario que la empleasen contra nosotros, pues el alcance de esta amenaza supera cualquier frontera), o sencillamente sucediese un accidente en su manejo, o se produjese de forma espontánea otra pandemia, podamos defendernos con presteza y eficacia. 

A quienes juzguen fantasiosas estas reflexiones respondería junto a Cicerón acerca de la seguridad de un país: "A mi parecer, se debe mirar siempre por la paz, como no oculte algunas asechanzas. [Sin embargo] es propio de mucho entendimiento el prevenir con el pensamiento lo venidero, y tener formado juicio de lo que puede acontecer, y lo que se ha de hacer en cualquier acontecimiento; de forma que nada nos sorprenda y nos veamos obligados a decir: 'Nunca tal pensara'."

Publicado en La Nación el 15 de julio de 2020.

Link https://www.lanacion.com.ar/opinion/lecciones-ciceron-bacon-nid2397249