Cómo la captura de Maduro podría causar conmoción en América Latina
Traducción Alejandro Garvie
El 3 de enero, las fuerzas estadounidenses hicieron algo que muchos observadores creían imposible: capturaron y arrestaron rápidamente a Nicolás Maduro, el astuto autócrata venezolano, aparentemente a prueba de golpes. Durante años, Maduro había demostrado ser un experto en la supervivencia autoritaria, aplastando al menos nueve motines militares y resistiendo la presión económica estadounidense. Pero la madrugada del sábado, cayó prácticamente sin oponer resistencia. Helicópteros de la Fuerza Delta recibieron fuego limitado mientras sobrevolaban a baja altura los tejados de Caracas hasta el búnker de Maduro, donde tropas estadounidenses irrumpieron en el interior, lo agarraron a él y a su esposa y los llevaron rápidamente a un portaaviones. Horas después, ambos estaban tras las rejas en Nueva York, enfrentando cargos por drogas y armas. No hubo pérdidas humanas estadounidenses, aunque al menos 80 cubanos y venezolanos, incluidos algunos civiles, murieron. Toda la operación pareció tan fácil que muchos analistas se han preguntado con razón si miembros del régimen instigaron la destitución de Maduro, organizando en la práctica un golpe de Estado palaciego por poderes. Al mismo tiempo, la operación fue una muestra dramática de la voluntad del presidente estadounidense Donald Trump de dejar de lado lo que queda del llamado orden internacional basado en reglas y usar la fuerza militar para afirmar el dominio estadounidense sobre el hemisferio occidental.
Desde entonces, los venezolanos residentes en el extranjero han celebrado con entusiasmo. Pero el país ha permanecido en silencio. La mayoría parece reconocer que es posible que poco haya cambiado realmente. Después de todo, Trump ha dejado el régimen de Maduro prácticamente intacto, reconociendo a Delcy Rodríguez, su vicepresidenta, como presidenta interina incluso antes de que ella misma aceptara públicamente el cargo. La pregunta es si los cambios serán relativamente moderados o si la salida de Maduro presagia cambios mayores tanto en Venezuela como en la región.
Existe una amplia variedad de posibilidades. La destitución de Maduro podría facilitar la transición de Venezuela a la democracia, hundir el régimen cubano y avanzar en el intento de Trump de consolidar el dominio hemisférico de EE. UU. Como alternativa, un régimen reestructurado de Maduro podría simplemente aceptar más deportados de Estados Unidos y otorgar a Washington el control de sus reservas petroleras, pero por lo demás, no cambiaría mucho. Las repercusiones regionales podrían ser limitadas. De hecho, la incapacidad de cambiar radicalmente a Venezuela podría terminar revelando los límites del poder estadounidense.
Pero los resultados finales probablemente se ubicarán en algún punto intermedio entre estos dos extremos. A corto plazo, las consecuencias para Venezuela probablemente serán mínimas, ya que Trump intenta colaborar con el régimen reconfigurado para asegurar su principal objetivo: el acceso al petróleo. Otros gobiernos latinoamericanos podrían responder con palabras, pero la mayoría evitará responder con hechos para no provocar la ira de Trump. Sin embargo, con el paso del tiempo, la situación podría agravarse. Trump podría atacar nuevamente a Venezuela, especialmente si Rodríguez no está dispuesta o, limitada por otras figuras del régimen, no puede cumplir sus directivas. Los envíos de petróleo venezolano a Cuba probablemente disminuirán, debilitando (aunque no necesariamente colapsando) el ya pobre régimen de la isla. Colombia podría enfrentar la intervención estadounidense, dado que su presidente de izquierda, a diferencia de la mayoría de sus vecinos, parece dispuesto a enfrentarse a Trump y que este ve con buenos ojos esta disputa. Y, fundamentalmente, los países latinoamericanos, especialmente los más grandes y geográficamente más distantes, podrían intentar diversificar aún más sus relaciones económicas y de seguridad para reducir su exposición a un Washington asertivo y exigente. El ataque de Trump, en otras palabras, podría hacer avanzar o retrasar su sueño hemisférico.
CAMINO DE MENOR RESISTENCIA
Para comprender cómo podrían cambiar Venezuela y la región, los analistas deberían primero prestar atención a la amplitud de las exigencias de la administración Trump al nuevo liderazgo venezolano. Esto requerirá prestar menos atención a las órdenes y aspiraciones que Trump enumera espontáneamente en público, las cuales seguramente variarán, y más a los informes y filtraciones sobre lo que él y su equipo presionan en privado a Caracas para que cumpla.
Una posibilidad es que estas demandas sean limitadas: abrir las reservas petroleras de Venezuela al control y la inversión estadounidenses a largo plazo, marginar a ciertos rivales geopolíticos, como Irán y Cuba, y lograr que Caracas acepte un mayor número de deportados. Trump aludió a tal escenario en su conferencia de prensa del 3 de enero, cuando destacó la importancia del petróleo venezolano y mostró poco interés en la restauración de su democracia. De hecho, Trump apenas mencionó a la oposición venezolana; cuando lo hizo, fue solo para decir que la líder opositora y reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, no era lo suficientemente “respetada” para gobernar el país. En contraste, Trump sugirió que Rodríguez, una leal de larga data a Maduro y a su predecesor, Hugo Chávez, podría hacer que su país “volviera a ser grande”. Trump también dijo que un grupo de funcionarios de la administración “gobernaría” Venezuela, aunque la administración declaró posteriormente que se refería a que Washington la gobernaría indirectamente al amenazar a los líderes restantes del régimen de Maduro para que cumplieran con las exigencias estadounidenses.
Una agenda estadounidense tan limitada podría satisfacer a muchos miembros del equipo de Trump, incluyendo al vicepresidente J.D. Vance, al principal asesor político Stephen Miller y a otros escépticos respecto a los proyectos de desarrollo nacional y más centrados en las prioridades nacionales. Trump también podría percibir este camino como el más viable y el menos impopular entre los estadounidenses, de los cuales solo un tercio se declaró partidario del uso de la fuerza militar para derrocar a Maduro en una encuesta realizada el 5 de enero. Un miembro del personal del Congreso, que habló bajo condición de anonimato, me comentó: “Acabamos de presenciar un acuerdo comercial con un cambio de líderes”.
Pero otros aliados de Trump han señalado que presionarán por cambios más duros y ambiciosos: concretamente, el fin del régimen socialista bolivariano de Venezuela y el retorno a la democracia, probablemente mediante negociaciones. Entre estas figuras se incluyen el secretario de Estado, Marco Rubio, e importantes republicanos del Congreso. Aunque Trump parece menos interesado en la democracia, Rubio claramente tiene la atención de sus funcionarios y la de otros funcionarios de la administración en asuntos relacionados con Latinoamérica y podría convencerlos de que una transición democrática les conviene. Los legisladores republicanos, por su parte, podrían persuadir a Trump de que perseguir solo objetivos estrechos, centrados en el petróleo y la migración, perjudicará electoralmente al partido. Esto podría ser especialmente cierto entre los votantes latinos de Florida, deseosos de un cambio de régimen en Venezuela y Cuba, muchos de los cuales ya se sienten traicionados por la implementación, más severa de lo esperado, de las políticas de deportación de Trump. (Miami acaba de elegir a un alcalde demócrata por primera vez en casi 30 años).
Las decisiones de Trump también dependerán de las próximas decisiones que tomen los funcionarios venezolanos. Si desafían a la Casa Blanca negándose a entregar los derechos petroleros o a reducir los lazos con Cuba, Washington podría volver a atacar al país, como Trump ha declarado repetidamente. Pero la cooperación parece el camino más probable. Rodríguez, en particular, tiene reputación de pragmatista. Puede que haya condenado los ataques de Washington, pero tales declaraciones podrían reflejar la necesidad de apaciguar a los intransigentes del régimen y a los posibles rivales, como Diosdado Cabello, el ministro del Interior, Justicia y Paz. También podrían estar diseñadas para distraer de las sospechas de que ayudó a entregar a Maduro. De cualquier manera, no deben tomarse al pie de la letra. Según un informe de The Miami Herald, el año pasado, Rodríguez y su influyente hermano, quien acaba de ser reelegido como jefe de la Asamblea Nacional, presentaron un plan a los funcionarios estadounidenses en el que ella reemplazaría a Maduro y trabajaría con Estados Unidos, a cambio de mantener su sistema en su lugar. (Según el informe, Rubio bloqueó el acuerdo). Rodríguez también está menos comprometida con Cuba que Maduro, lo que, según los medios, se debe a su frustración por la falta de pago fiable de Cuba a Venezuela por sus envíos de petróleo. Al menos algunos funcionarios de la administración Trump declararon extraoficialmente a The New York Times que creen que pueden colaborar con ella. De hecho, si ella u otros funcionarios del régimen se confabularon secretamente con Estados Unidos para entregar a Maduro – como parece posible -, es posible que la cooperación con Washington ya esté en marcha.
Trump tiene otro incentivo para mantener sus exigencias a Rodríguez con un alcance limitado: si lo hace, es más probable que ella las acepte. La mayoría de los funcionarios estadounidenses probablemente no quieran volver a atacar a Caracas. Es una medida que, en lugar de obligarla a obedecer, fácilmente podría sembrar el caos. Un acuerdo con un alcance limitado – apoyar a Rodríguez a cambio de más petróleo y menos ayuda a La Habana – es, por lo tanto, la vía de menor resistencia para ambas partes.
Para que Venezuela coopere con demandas estrechas o amplias, alguien tiene que estar al mando del país. En este momento, esos siguen siendo los hermanos Rodríguez. Pero se enfrentan a poderosos rivales potenciales, en particular Cabello, quien ejerce influencia sobre los paramilitares armados de Venezuela, o colectivos, así como sobre la policía nacional del país y parte de su aparato de inteligencia. Es posible que quiera impedir que Caracas coopere con la Casa Blanca, que lo ve con gran sospecha. (Cabello fue acusado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos por narcotráfico, junto con Maduro). Si Cabello no logra que Rodríguez acceda a sus peticiones, podría intentar destituirla o hacer que el país sea ingobernable. En ese caso, mucho dependería de lo que decida hacer el jefe de las fuerzas armadas de Venezuela, Vladimir Padrino López, el tercer centro de poder del régimen. Por ahora, es imposible decir con quién se aliaría, o si podría mantener unidas a las fuerzas armadas si las luchas internas se intensifican seriamente.
PROBLEMAS DE ENERGÍA
Si Rodríguez colabora con Trump y mantiene el control de su país, el régimen latinoamericano bajo mayor presión inmediata podría no ser el de Venezuela, sino el de Cuba. La isla depende de la ayuda venezolana y se encontraba en una situación desesperada incluso antes de que Trump capturara a Maduro. La economía cubana está en ruinas. El turismo, su principal industria, se ha reducido al menos a la mitad de sus niveles prepandemia sin indicios de recuperación. La delincuencia y las enfermedades están en aumento a medida que las fuerzas del orden y los hospitales colapsan debido a la falta de financiación. El gobierno de la isla ha soportado enormes presiones en el pasado. Pero se enfrenta a la mayor crisis de su historia.
El riesgo más inmediato para los gobernantes de Cuba es el energético. La isla depende en gran medida del combustible importado, gran parte del cual proviene de Venezuela, para alimentar su red eléctrica, que está al borde del colapso. Más del 40 % del país se queda sin electricidad durante las horas pico. Algunas provincias tienen electricidad solo de dos a cuatro horas al día. Si Washington ahora corta el suministro de Cuba a casi todo el petróleo venezolano – el bloqueo naval estadounidense ya ha detenido algunos envíos -, la red colapsará. La Habana seguramente buscará la ayuda de otros países, pero es poco probable que encuentre muchos proveedores. México envía algo de petróleo actualmente, pero menos que en años anteriores. Con las reiteradas amenazas de Trump de atacar territorio mexicano, es poco probable que sus funcionarios aumenten los suministros ahora. Brasil tampoco parece dispuesto a reemplazar a Venezuela, ya que el presidente izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, quien se postula para la reelección el próximo año, sabe que hacerlo socavaría su recién mejorada relación con Trump y podría provocar una intromisión electoral. Rusia, afectada por su invasión de Ucrania, y China también es poco probable que llenen el vacío.
Si La Habana, habitualmente protegida de apagones prolongados, se hunde en la oscuridad, el régimen podría enfrentarse a protestas masivas tan grandes o incluso mayores que las de julio de 2021. (Las manifestaciones de 2021, las primeras de esta magnitud en décadas, demostraron la profundidad y amplitud de la indignación pública). Dichas protestas podrían resultar difíciles de contener, especialmente si se desarrollaran en barrios densamente poblados de La Habana. Las fuerzas de seguridad cubanas recurren con frecuencia a métodos brutales para sofocar los disturbios: detenciones, torturas, amenazas. Pero rara vez disparan y matan a decenas de manifestantes. No está claro qué sucedería si esto cambiara y si las protestas podrían extenderse.
Aun así, es perfectamente posible que el régimen sobreviva incluso a esta grave situación. El ejército cubano tiene un gran interés en la supervivencia del gobierno, dado que controla gran parte de la economía a través de una red de empresas que desaparecerían tras una transición política. Y parece que nadie en la isla está en condiciones de desafiar a las fuerzas armadas. Al igual que con el régimen de Maduro, derrocar al régimen comunista cubano podría requerir una operación militar estadounidense, una maniobra que ni Trump ni el público estadounidense parecen desear. El presidente, por ejemplo, declaró recientemente que cree que el régimen cubano caerá por sí solo, sin la intervención directa de Estados Unidos.
Sin embargo, Trump ha amenazado con usar la fuerza militar directa contra Colombia. Ha dicho que el país está “gobernado por un hombre enfermo, al que le gusta fabricar cocaína y vendérsela a Estados Unidos, y no lo hará por mucho tiempo”. El presidente colombiano, Gustavo Petro, a diferencia de los líderes venezolano y cubano, fue elegido democráticamente. Es un izquierdista ideológicamente opuesto a Trump y quien en ocasiones fue amigo de Maduro. Sin embargo, Petro no está cambiando su comportamiento. Al contrario, ha disfrutado de la confrontación, tanto porque le da un codiciado pedestal internacional como porque cree que ayudará a su sucesor político. Las elecciones presidenciales de Colombia están a solo unos meses de distancia, y es probable que el candidato preferido de Petro, Iván Cepeda, enfrente un escrutinio minucioso por las promesas políticas incumplidas del gobierno actual. Petro está ansioso por desviar la conversación de los desafíos internos, y enfrentarse a Trump cumple ese propósito.
Hay razones para dudar de que Trump cumpla sus amenazas contra Bogotá. Washington parece esperar que un presidente conservador gane en mayo. Estados Unidos también depende de Colombia, su principal socio de seguridad en Latinoamérica, para que le ayude en gran parte de sus esfuerzos regionales antinarcóticos, incluso si las tensiones actuales entre ambos países los han obstaculizado. Pero Trump es impredecible, y si Petro continúa respondiendo con franqueza a las acciones estadounidenses en Venezuela, Trump podría intervenir con la fuerza de alguna manera.
¿AMÉRICAS PRIMERO?
Más allá de Cuba, Colombia y, por supuesto, Venezuela, la destitución de Maduro podría tener consecuencias más limitadas a corto plazo. Lula criticó los ataques de Washington, pero su gobierno reconoció rápidamente a Rodríguez como presidente interina y no hizo ningún esfuerzo real por defender a Maduro. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, otra izquierdista y ocasional defensora de Maduro, también tiene otras prioridades: gestionar las próximas renegociaciones comerciales y evitar ataques militares estadounidenses en territorio mexicano contra los cárteles de la droga. La dependencia de México del comercio con Estados Unidos limita drásticamente su margen de maniobra.
Este silencio indica que gran parte del hemisferio occidental es, por ahora, dominio de Washington. Durante años, los analistas han observado la incursión de China en la región y han argumentado que la influencia estadounidense estaba disminuyendo. Pero la toma de posesión de Maduro sugiere que las administraciones anteriores – por cautela, respeto a la ley y las normas, y en ocasiones por negligencia – simplemente no ejercieron la considerable influencia que Washington ha tenido durante tanto tiempo.
Sin embargo, es incierto si la intervención de Trump en Venezuela se convertirá en un testimonio del poder estadounidense o expondrá sus límites y, eventualmente, contribuirá a su erosión. Muchos países ya están respondiendo al uso punitivo de aranceles por parte de Trump apresurándose a fortalecer los lazos diplomáticos y comerciales con Asia y Europa. Algunos estados, como Brasil y Colombia, están experimentando con el establecimiento de vínculos más estrechos en defensa y tecnología, respectivamente, con China. La salida de Maduro podría acelerar estas tendencias. Trump también podría perder interés en el llamado “exterior cercano” de Washington, centrando su atención en otros temas de su agenda internacional. La Estrategia de Seguridad Nacional, emitida recientemente por el gobierno, prioriza al hemisferio occidental sobre cualquier otra región, y la captura de Maduro y el masivo despliegue naval estadounidense en el Caribe sugieren que esta ambición no es simplemente retórica. Pero esta reasignación de recursos puede o no perdurar. Fuera de Rubio, pocos funcionarios del gobierno de Trump parecen estar personalmente comprometidos con una política exterior de “América primero” que vaya más allá de una mayor cooperación en seguridad regional y un aumento de las deportaciones.
Por lo tanto, lo que Trump haga a continuación en Venezuela y el Caribe será muy revelador. Sus intervenciones pondrán a prueba el alcance del poder de Estados Unidos para influir en los asuntos hemisféricos.
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