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Las clases medias, ¿bendición o maldición?

En agosto de 1924, Alejandro Bunge, director de la influyente Revista de Economía Argentina fundada en 1918, pronunció una inspirada conferencia que llevó por título “La conciencia nacional”. Fue un himno a las clases medias y a la iniciativa individual: “Podía verse en esos años con qué arder [sic] esas avalanchas humanas de inmigrantes y de nativos se dedicaban al trabajo, a producir y a comerciar; podía verse surgir un mar de habitantes con grande y creciente capacidad de consumo y de producción, que ha dado origen a una clase media que todo lo llena […] Principia ya a ser anticuado el concepto de empleomanía criolla y el doctorado. Por cada joven que se dirige en busca de un empleo público hay ya cien que se dirigen en procura de enseñanza manual y técnica y de trabajo rudo, productivo y útil […] Esa pequeña burguesía, esa nueva generación con espíritu de acción y de trabajo, ha llenado las calles de muchas ciudades de la República, ha inundado los cafés, los cinematógrafos, los teatros, las iglesias, los talleres, las fábricas, las tiendas, las escuelas y las universidades desbordando en todas partes, porque su pujanza individual es superior a la de las obras colectivas”.

Si Bunge hubiera sido inmortal habría agregado, con Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torre, que esas clases medias pronto también inundarían los balnearios de Mar del Plata. Como no era inmortal sino apenas un hombre de su tiempo, la pasión de sus palabras estaba dirigida a establecer, en ese año de 1924, una diferenciación sociológica que era, a la vez, una crítica a Yrigoyen y una esperanza depositada en que el caudillo radical no retornaría al poder. La “empleomanía criolla”, ese mal asociado al empleo público improductivo, quizás había quedado en el pasado. Las clases medias eran otra cosa, o Bunge deseaba que fueran otra cosa.

La pujanza individual, superior a las obras colectivas, potentes palabras, una jerarquización de la movilidad social, que es siempre un logro individual en una sociedad que progresa. Lo supiera o no, Bunge no solo disparaba implícitamente contra Yrigoyen, sino que le estaba contestando a la visión nostálgica y aristocrática de Miguel Cané, y al José María Ramos Mejía de Las multitudes argentinas, publicado en 1899, ambos desconfiados de ese desordenado movimiento que había mandado al trastero de la historia la calma en la que habían vivido. Interesante Ramos Mejía en la manifestación de su descontento: la rapidez del cambio social, impulsado en gran medida por la inmigración, producía –para él– una sociedad sin “sedimentos estables”, propensa al comportamiento de masa, “móvil, inestable”, que no tiene pasado, que vive en el presente “y bajo la impresión del momento” (ahora muchos dirían “cortoplacista”).

Más tarde, durante los meses de julio y agosto de 1944, el coronel Juan Domingo Perón, por entonces Secretario de Trabajo y Previsión, percibió que su naciente proyecto político quizás estuviera algo desbalanceado, y entonces organizó las “asambleas de las clases medias” en distintos barrios de la ciudad –Palermo, Constitución, Flores– con el objeto de cortejar a esa “originalidad argentina” que podía inclinar la balanza a su favor o en su contra. El 12 de agosto pronunció un discurso que en las recopilaciones de textos doctrinarios justicialistas lleva el título de Cada cual su aporte. Se lee: “El obrero sus músculos, la clase media su inteligencia y su actividad; los ricos su dinero, si fuese necesario”, en otras palabras, la comunidad organizada sin exclusiones, también con almaceneros, profesionales, panaderos, viajantes de comercio, vendedores de seguros. Ya sabemos que a Perón no le interesaba construir un diagnóstico sobre la sociología argentina, sino atraer simpatías que se convirtieran en votos. Lo logró parcialmente en 1946; lo perdió casi totalmente con el paso del tiempo.

En los años 50, Gino Germani –a quien sí le interesaba un diagnóstico sobre la sociedad en la que había recalado en 1934 después de haber sufrido cárcel en Italia bajo el gobierno de Benito Mussolini– emitió su dictamen científico, mal que les pesara a publicistas del peronismo como Arturo Jauretche en su opúsculo El medio pelo en la sociedad argentina o, por fuera del peronismo, a Juan José Sebreli en su libro Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, o en todo caso, al conjunto de los antiguos escépticos de la gran inmigración, entre los cuales Ramos Mejía era solo un ejemplo. Para Germani, las clases medias argentinas se parecían efectivamente a una bendición, no solo en términos de la ruptura que producían con el viejo orden conservador en términos sociales, sino porque, a diferencia de Italia, se habían convertido en la arcilla con la que se modelarían corrientes políticas liberal-democráticas, esto es, anti-fascistas.

En unas quinientas manzanas de la Capital Federal, esa percepción benévola sobre las clases medias se acentuó durante los años 60, con el impulso de una fauna juvenil irreverente e independiente: entre golpe de Estado y golpe de Estado, el cine Lorraine agotaba sus localidades para ver a Ingmar Bergman antes que en ningún otro país del mundo, el Instituto Di Tella de la calle Florida (¿un preanuncio del Museo Guggenheim de Bilbao?, me pregunté con arrogancia porteña hace un par de años) estallaba de creatividad, el psicoanálisis se convertía en una rutina, las librerías y los teatros confirmaban el orgullo de sentirse iguales o superiores a Europa del Sur. ¿Qué era la primitiva Madrid comparada con la refulgente Buenos Aires?

Pero en 1992, en una entrevista publicada en el número de mayo-junio de Ciencia Hoy, Tulio Halperin Donghi conversó con Juan Carlos Chiaramonte y Oscar Terán, y acabó con tanta dulzura: “Diría que, en el fondo, la visión muy reaccionaria que considera que lo que arruinó a la Argentina fue la democratización de los años veinte, no es del todo errada. Porque prácticamente lo que hizo la Argentina en aquella época fue mantenerse con dificultad en la cresta de la ola, endeudarse más […] y crear la clase media. Eso es lo que hicieron los radicales, quienes […] tuvieron una política […] tan audaz como la peronista y, en el fondo, más duradera, porque la clase media resultó tener más capacidad para defenderse, y por más tiempo, que la clase obrera levantada por el peronismo […] Argentina llegó a los treinta con un parque automotor ubicado entre los más importantes del planeta, pero que básicamente estaba destinado a mover gente dentro del casco urbano de Buenos Aires, y no niego que se trataba de una vida muy agradable, mientras fue posible mantenerla”.

¿Eran, entonces, una maldición económica las clases medias, miradas hace treinta y cuatro años por el más importante historiador argentino? En el párrafo que acabamos de transcribir, lo eran ya no por la afición al empleo público sino por sus aspiraciones consumistas. Entramos en zona de confusión. Halperin exageró, sobre todo porque no aceptó que “clase media” era –y es– un concepto que encerraba una compleja heterogeneidad (¿dónde estaba ese abanico de actividades que había pintado Bunge?). Sin embargo, debo confesar que hace más de una década contesté un reportaje a un diario nacional y dije una frase áspera, pero de esencia halperiniana en su simplificación. Algo así como lo siguiente: “en el siglo XXI, si se impone un ajuste macroeconómico, es un deber moral proteger a los sectores más vulnerables, lo cual no debería ser tan difícil: los sectores de bajos ingresos son fiscalmente baratos; el problema son las clases medias, fiscalmente caras”.

Con el término “fiscalmente caro” estaba hablando de algunos rasgos evidentes del presupuesto público, entre otras cosas, de los servicios públicos universalmente subsidiados, de la expansión de la burocracia estatal en la nación, las provincias y los municipios, de la inviabilidad de un sistema previsional que promete lo que ya no puede dar. Tras esa recortada enumeración emerge algo relevante: las erogaciones estatales exceden la productividad argentina que las pueda sostener. En ese contexto asoma el paisaje de una pujanza declinante y un parasitismo creciente, parasitismo como un “lujo” al que pueden acceder –como mecanismo de defensa frente a la pérdida del progreso material desde mediados de los años 70– aquellos que tienen una voz más potente en el intercambio social. Es el juego del “sálvese quien pueda”.

Casi al mismo tiempo, a la cuestión fiscal se agregó el tema fenomenalmente argentino del valor del dólar, y entonces nos encontramos con que el peso fuerte ya no fue solo pan y carne baratos para los sectores de bajos ingresos, sino también celulares baratos, turismo internacional barato y facilidades para ahorrar en la moneda mundial por antonomasia, cosas que no son de pobres, pero tampoco ya no solo de los ricos. El control de cambios fue, no casualmente desde la crisis de los años 30, la herramienta a la que recurrentemente se ha apelado para sostener el valor del peso por encima de la productividad argentina por todo el tiempo posible. Otra vez la productividad anémica confrontada con las demandas colectivas. Así ha sido desde Alfonsín a Milei, administrando el conflicto, prometiendo una riqueza “que siempre está llegando” para realizar el sueño de retornar a aquella nación de clase media progresista que alguna vez fuimos.

Quiero decirles, porque lo he vivido como protagonista menor y como testigo cercano, que todos los gobiernos desde 1983 se enfrentaron a los dilemas planteados en los párrafos anteriores con la incomodidad de no poder resolverlos, y a veces sin siquiera nombrarlos. Suena desalentador. Sin embargo, no deberíamos resignarnos a la impotencia política frente a una realidad de apariencia inmodificable. No se trata, en esta cuestión como en otras, de quedar paralizado o de desenvainar espadas y cortar cabezas. Se trata de encontrar una diagonal reformista y persuasiva que permita liberar todo el potencial creador de esta franja social, no solo para aumentar su capacidad de crear riqueza simbólica y material, sino también para atenuar su peso sobre el estado. Con esa perspectiva in mente vuelvo, por última vez, al Bunge de 1924, al del hormiguero creativo, al de la clase media como gema de los argentinos, vuelvo solo para sembrar para mí mismo una esperanza. Vuelvo, y esa clase media con vocación de autonomía todavía está allí, en las ciudades y en el campo, algo deteriorada y afónica, pero con su potencial vigente. Quizás sea uno de los motores que se necesitan para recuperar el progreso perdido hace décadas. Solo hace falta un “RIGI”, un pequeño “RIGI” que la despierte.

Publicado en Causas y azares el 14 de junio de 2026.

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