Traducción Alejandro Garvie
Nadie —ni siquiera Donald Trump— sabe cuál será el desenlace, ahora que la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que ya dura seis semanas, entra en un alto el fuego temporal. Basta con observar la vertiginosa cronología:
Domingo, 5 de abril (destrucción de infraestructura-I): “El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá.”
Lunes 6 de abril: (destrucción de infraestructura-II): “Su infraestructura podría ser destruida en una noche. Les digo, ni puentes, ni centrales eléctricas. Estoy considerando volarlo todo por los aires y apoderarme del petróleo”.
Martes 7 de abril (mañana) (amenaza de cometer genocidio): “Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente ocurrirá. Sin embargo, ahora que tenemos un Cambio de Régimen Completo y Total… tal vez pueda suceder algo revolucionariamente maravilloso, ¿QUIÉN SABE?”
Martes 7 de abril (por la tarde): Anuncio de un alto el fuego de dos semanas mediado por Pakistán.
Jamás la humanidad había visto tanto poder concentrado en manos de alguien tan caprichoso. El tiempo dirá si el alto el fuego se mantendrá, por cuánto tiempo y de qué manera. Nadie, ni siquiera Donald Trump, conoce el desenlace. Pero la constante es el hombre cuyo dedo puede apretar el botón nuclear. Un hombre acostumbrado a victorias rápidas y vacías mediante la intimidación y la fuerza desmedida, ahora está rencoroso, frustrado y sediento de venganza. Se ha visto paralizado por un estado teocrático recalcitrante que ha recibido golpe tras golpe, ha soportado el asesinato de su venerado líder, el bombardeo de sus ciudades, la destrucción de infraestructura vital y el ataque sistemático a sus escuelas y universidades.
Semanas después, cuando con toda razón debería estar arrodillado, Irán aún controla el estrecho de Ormuz y se niega a negociar mientras es bombardeado. En cambio, continúa sembrando el caos entre los aliados de Estados Unidos y atacando a Israel. Imaginen la frustración de Trump, especialmente después de su victoria incruenta en Venezuela.
Pero un tabú hasta ahora inquebrantable, inviolable desde que la ceniza nuclear cubrió Hiroshima y Nagasaki, podría resquebrajarse. Lo que antes parecía absurdo ahora es una posibilidad palpable. Cuando Trump, haciéndose eco de la amenaza que el general Curtis LeMay lanzó contra Vietnam del Norte en 1965, amenazó con “aniquilar” a Irán y bombardearlo “hasta reducirlo a la Edad de Piedra” —una retórica repetida por el secretario de Guerra Pete Hegseth— no solo estaba fanfarroneando. De hecho, estaba dando a entender que, en una administración que no respeta ninguna norma, las nubes atómicas podrían ser aceptables.
Démosle una oportunidad a las negociaciones: Cómo convertir el supuesto derecho de Irán a enriquecer uranio en un nuevo acuerdo y evitar una guerra.
El “cómo” y el “cuándo” siguen siendo incógnitas, pero si el alto el fuego termina, es probable que el objetivo sea la planta de enriquecimiento de combustible de Fordow o, con igual probabilidad, Isfahán, donde supuestamente se transfirió el material fisible iraní antes del ataque de junio de 2025. Enterrada bajo una montaña de roca sólida, Fordow es la instalación nuclear que Trump había afirmado haber “destruido”.
La escalada es inexorable: Irán posee, según informes, aproximadamente 450 kilogramos de uranio enriquecido al 60 %. Si bien un arma nuclear rudimentaria de tipo cañón se ensamblaría con 80 a 100 kilogramos de este material, una bomba sofisticada de implosión requiere de 20 a 25 kilogramos de uranio enriquecido para contener el 90 % del isótopo uranio 235, un proceso que solo lleva unas semanas. Si Irán ha dominado la compleja ingeniería necesaria para esta última, sus reservas actuales representan un arsenal potencial de entre ocho y diez ojivas nucleares.
El juego depende de la modernización. Irán puede elevar su arsenal a la categoría de armamento en cuestión de semanas. Las bombas convencionales antibúnker como la GBU-57 ya han fallado; se lanzaron 14 sobre Fordow y Natanz en 2025, pero el programa siguió adelante. Para lograr la destrucción total, el arma definitiva tendría que ser nuclear.
Si Estados Unidos decide atacar a Irán con armas nucleares, la solución del Pentágono probablemente sería una ojiva perforante como la B61-11 o la recientemente desplegada B61-12. Washington presentaría dicho ataque no como un apocalipsis al estilo de Hiroshima, sino como una “necesidad clínica”: una operación táctica diseñada para matar a cientos de personas en lugar de a decenas de miles.
Pero Irán no se rendirá pacíficamente y responderá con todo lo que tiene. Un impacto certero de un misil sofisticado podría hundir un portaaviones estadounidense; un enjambre coordinado de drones y misiles podría convertir las principales terminales petroleras árabes en focos de fuego. En ese momento, el experimento “clínico” podría terminar y el apocalipsis podría comenzar cuando Estados Unidos busque su próximo objetivo nuclear.
Incluso para un hombre que encuentra satisfacción en el sufrimiento ajeno —que celebró la reciente destrucción del puente más grande de Irán, seguida de la caída de automóviles—, las ambiciones nucleares de Trump se ven limitadas por la política electoral estadounidense y las próximas elecciones de noviembre, una reacción pública potencialmente hostil y unas fuerzas armadas algo reacias.
Por ahora, Estados Unidos e Israel actúan en perfecta sincronía. Según informes, llevaron a cabo ataques coordinados contra la central nuclear iraní de Bushehr —que no tiene nada que ver con la fabricación de bombas— el 18 de marzo y el 4 de abril. Se presume que fueron “ataques de advertencia”, ya que solo destruyeron un edificio auxiliar y mataron a un guardia. Su intención era clara, aunque el objetivo final no lo sea. El mensaje ha sido recibido: en coordinación con las Fuerzas de Defensa de Israel, más de 200 técnicos rusos de alto nivel ya han evacuado Bushehr, dejando solo un equipo mínimo para gestionar un posible cierre de emergencia.
Pero realizar señales cerca de un reactor en funcionamiento es una apuesta arriesgada con un propósito final incierto. Si bien la central continúa suministrando energía a la red, un impacto directo en su cúpula de contención desencadenaría una catástrofe radiológica mucho mayor que la de Chernóbil o Fukushima. Con entre 70 y 80 toneladas de dióxido de uranio en su núcleo y un enorme inventario de combustible gastado en estanques de refrigeración cercanos, una fuga cubriría el Golfo Pérsico con una letal nube de yodo radiactivo y cesio-137. Esto no sería solo un ataque contra un régimen; sería una sentencia de muerte para el medio ambiente y la población de la región.
Israel, que arrasó Gaza y busca un resultado similar en el sur del Líbano, podría tener menos reparos que Estados Unidos. Donde Washington podría dudar, Israel bien podría apuntar a la cúpula. Para los aliados estadounidenses del Golfo —Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin, Catar, Arabia Saudita y Omán— las consecuencias serían devastadoras e incluso permanentes, dependiendo de la dirección y la velocidad del viento.
Con un arsenal no declarado de más de 150 ojivas y medios fiables para lanzarlas a cualquier rincón de Irán, los ataques nucleares israelíes contra centros de población iraníes ya no son una teoría marginal; se convertirían en una opción estratégica real en Jerusalén si, de alguna manera, Irán logra penetrar las defensas antimisiles Cúpula de Hierro de Israel con mayor regularidad y eficacia.
La Operación Furia Épica entra ya en su sexta semana. Hasta el momento no hay negociaciones directas, solo un alto el fuego temporal. Con el optimismo escaseando, el mundo observa cómo se desarrolla una dura lección. La conclusión para todas las potencias medianas y los llamados estados rebeldes se está volviendo innegable: si tienes la bomba, no te bombardean. La carrera por conseguirla mientras aún puedan ha comenzado.
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