Uno de los elementos que hace de la política una actividad fascinante, y a la vez repudiable, es el afán de poder de quienes se involucran en ella, que a lo largo de la historia ha incluido los métodos más perversos para conseguirlo y/o mantenerlo, como guerras, revoluciones, conspiraciones, asesinatos, traiciones, torturas, y por supuesto, corrupciones de todo tipo.
Afortunadamente, en los últimos doscientos años la humanidad ha implementado crecientemente la democracia, un maravilloso sistema de reglas y derechos que ha permitido que, en la lucha por el poder, los enfrentamientos despiadados, las ambiciones febriles y los métodos sangrientos fueran canalizados y/o reemplazados por la civilizada y pacífica competencia electoral.
Sin embargo, a pesar de que las disputas políticas han sido “domesticadas” por la democracia moderna, no dejamos de observar que en la política siempre siguen vigentes la ambición desmedida, la falta de escrúpulos, y hasta el deseo de humillar a los contrincantes. No son pocos los pensadores y filósofos que han endilgado estas emociones e instintos a la propia naturaleza humana, pero fue un escritor, William Shakespeare, el mejor a la hora de describir en sus obras los oscuros impulsos del alma humana.
En muchas de sus tragedias, estas ambiciones, y sobre todo sus perversiones, son escenificadas en el ámbito de la política y el poder. Y su obra Macbeth tal vez sea uno de sus ejemplos más perfectos.
En una época en la que la política tenía pocas reglas formales, el dramaturgo inglés mostró como nadie las pasiones que se desatan alrededor del poder. El crítico teatral polaco Jan Kott decía que muchas de sus obras podían perfectamente escenificarse solo con un trono, alrededor del cual Shakespeare reproducía el gran mecanismo de la historia: un engranaje dentado que eleva a los que aspiran al trono, sostiene transitoriamente a los que reinan, y luego los arroja al vacío irremediablemente.
Macbeth, por ejemplo, el más querido, valiente y fiel de los súbditos del rey Duncan, es corrompido por la idea de asesinarlo para ocupar él mismo su lugar, desatando así una ola de crímenes políticos que terminará con su propio asesinato una vez ya siendo rey. El trono es siempre efímero, nada es para siempre.
Shakespeare es un clásico no sólo por la hondura de su contenido y lo superlativo de su pluma, sino también porque escribe sobre temas que no cambian, entre ellos, la esencia del ser humano y la naturaleza del poder político que condiciona la vida de los países.
Cuando el hijo del rey Duncan se decide a recuperar el trono de su padre asesinado por Macbeth, se lamenta: “aun cuando haya pisado la cabeza del tirano, o la levante en mi espada, aún tendría mi pobre país más delitos que antes, más perjuicios, más sufrimientos”.
Cuatro siglos después de haber sido escrita, sorprende la actualidad de esta sentencia, que parece describir una Argentina en la que cada uno de los grupos que transitoriamente han ocupado el poder, aún adjudicándoles las mejores intenciones, han dejado daños irreparables de los que el país no logra salir y han degradado sus posibilidades futuras. Macbeth presagia: “la sangre quiere sangre”. La cruda polarización y radicalización de nuestros últimos gobiernos no hacen otra cosa que hundir más las perspectivas de una convivencia en paz y de un desarrollo sostenible.
Los bandos enfrentados se endilgan entre sí la responsabilidad del mal, y la palabra y el discurso se enferman de una retórica inflamada que promete más de lo que puede dar, transformando en cada fin de ciclo el descontento en resentimiento. “Ay, pobre patria –escribe Shakespeare–, casi tiene miedo de reconocerse a sí misma. No puede ser llamada nuestra madre sino nuestro sepulcro”.
En las próximas semanas se llevará a escena en el Teatro Avenida de la Ciudad de Buenos Aires una nueva representación de esta genial obra, pero esta vez en versión operística, compuesta descomunalmente por Giuseppe Verdi.
El compositor italiano escapa de la intimidad de Shakespeare: los conjuros, los asesinatos y las traiciones que en el inglés ocurrían subrepticiamente, adquieren corpulencia y orquestación. La profundidad oscura del texto, que narra estos subsuelos de la condición humana, se complementa con lo más alto de la creación musical de todos los tiempos. No por casualidad el resultado de esta compleja amalgama es uno de los más festejados en la historia de la ópera.
Una obra de Shakespeare es siempre una oportunidad para reflexionar, para pensar retrospectivamente nuestro pasado y nuestro presente, para aprender a mirar a nuestra patria y a nosotros mismos, para darnos cuenta de nuestra proverbial falta de originalidad.
Porque esa es otra de las maestrías de Shakespeare: hacer del teatro un reflejo de los rasgos más característicos de nuestras pulsiones, para que todos y cada uno de los espectadores podamos comprendernos en lo más alto y también en lo más bajo del ser humano. “Lo bello es feo y lo feo es bello” es la primera frase de esta pieza, que refleja las fuerzas opuestas que condicionan nuestra naturaleza.
Aquí está el verdadero valor del arte y la principal razón por la que debe ser cuidado y respetado. Porque según Shakespeare, le sirve de espejo a la humanidad. Y conocernos un poco más nos abre la puerta a ser mejores individuos, y definitivamente, mejores ciudadanos.
Publicado en Clarín el 3 de septiembre de 2025.
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