Normas que se derrumban, peleas en jaula y una república en peligro.
Traducción Alejandro Garvie
El domingo, Donald Trump celebró su 80 cumpleaños con una pelea en jaula en el jardín de la Casa Blanca. El combate y los eventos que lo rodearon —especialmente la rueda de prensa con luchadores de la UFC, que se muestra arriba, celebrada en las escalinatas del Monumento a Lincoln— fueron una profanación de la capital estadounidense, cuyos monumentos y edificios siempre se han esforzado por representar las virtudes republicanas en su máxima expresión. Todo el asunto fue una afrenta a los valores sobre los que se fundó esta nación y, además, de una vulgaridad indescriptible.
Esa última crítica puede parecer elitista y trivial para algunos lectores. Sin embargo, la vulgaridad que caracteriza a Trump y a su círculo de oligarcas es síntoma de algo nada trivial: el colapso de las normas sociales. Como argumenté ayer, estas normas desempeñaron históricamente un papel fundamental para mitigar los abusos de poder y privilegio durante la Edad Dorada, la última vez que Estados Unidos sufrió una desigualdad extrema de ingresos y riqueza (aunque no tan extrema como la actual).
Las normas importan. En su clásico libro La teoría de la clase ociosa —publicado en 1899, en el apogeo de la Edad Dorada— Thorstein Veblen argumentó que gran parte del comportamiento de la élite de su época no estaba motivado por el deseo de disfrutar de la vida, sino por el deseo de impresionar a los demás. En parte, lo lograban mediante el consumo ostentoso. Así, construían mansiones suntuosas con legiones de sirvientes.
Sin embargo, los miembros de la élite de la Edad Dorada no solo buscaban ostentar su riqueza. También intentaban proyectar una imagen de respetabilidad. Seguramente hubo muchos romances y traiciones que jamás conoceremos. Pero lo importante es que los superricos de aquella época presentaban al público estadounidense una imagen de miembros responsables de la sociedad.
Además de dar ejemplo de conducta intachable, se esperaba que los extremadamente ricos de la Edad Dorada tuvieran, o fingieran tener, algunas virtudes que formaban parte del ideal aristocrático, incluyendo un sentido de nobleza que se manifestaba a través de buenas obras. Veblen era bastante cínico respecto a la filantropía, pero ni siquiera él la descartó por completo, afirmando que:
“El hecho mismo de que se busque la distinción o una buena reputación mediante este método [como la dotación de una universidad, una biblioteca pública o un museo] es evidencia de un sentimiento generalizado de legitimidad y de la presunta presencia efectiva de un interés no imitativo ni envidioso, como factor constante en los hábitos de pensamiento de las comunidades modernas.”
Los oligarcas de hoy, en cambio, han abandonado en gran medida las antiguas normas de responsabilidad social e individual. Donan muy poco dinero a buenas causas y su gusto vulgar refleja su actitud desafiante hacia el público. En nuestra actual era de hiperopulencia, la vulgaridad extrema y el declive de la filantropía son, en realidad, diferentes aspectos del mismo fenómeno: el ascenso de una élite tan desconectada de los estadounidenses comunes que ni siquiera siente la necesidad de aparentar ser honorable.
En cierto modo, estamos viviendo una recreación de la decadencia y caída de la República Romana, no una segunda Edad Dorada estadounidense. No, no soy de los que piensan en la antigua Roma todo el tiempo. Pero existen algunos paralelismos evidentes.
Si bien las causas del declive del gobierno republicano y la eventual transición de Roma al gobierno unipersonal fueron sin duda complejas, existe un amplio consenso entre los historiadores en que un factor clave fue el surgimiento de una desigualdad extrema. Unos pocos hombres amasaron una fortuna inmensa gracias al botín de las conquistas romanas en Oriente, y su riqueza y poder llegaron a ser demasiado grandes para que las normas del gobierno constitucional republicano pudieran contenerlos. ¿Les suena familiar?
La agonía de la República se prolongó durante muchos años. Los políticos declararon a sus rivales enemigos del Estado, desplegaron bandas violentas para socavar el estado de derecho, establecieron dictaduras temporales y mucho más. La entronización de Augusto como emperador en el año 27 a. C. fue solo el acto final.
Y durante este largo crepúsculo del gobierno constitucional, una de las maneras en que los extremadamente ricos y poderosos buscaban tanto demostrar su riqueza como congraciarse con la multitud era patrocinando juegos de gladiadores.
La vulgaridad de la élite trumpista no es, en sí misma, tan importante. Pero es síntoma de un colapso de valores y normas que, a menos que se afronte y se revierta, podría anunciar el fin del experimento estadounidense. Deberíamos tener presente las palabras del filósofo estoico Séneca sobre el auge y la caída de la República Romana: “El crecimiento es lento, pero el camino a la ruina es rápido”.
Link https://paulkrugman.substack.com/p/the-theory-of-the-vulgar-class








