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Opinión 22 01 2022

La próxima era de inestabilidad de Estados Unidos


Autor: Steven Levitsky y Lucan Way









Por qué las crisis constitucionales y la violencia política pronto podrían ser la norma.

Traducción Alejandro Garvie

Cuando Joe Biden prestó juramento como presidente hace un año, muchos estadounidenses respiraron aliviados. El presidente Donald Trump había intentado robarse las elecciones, pero había fallado. La violenta insurrección que incitó el 6 de enero de 2021 había sacudido hasta la médula el sistema democrático de Estados Unidos, pero al final lo dejó en pie.

Sin embargo, un año después de la presidencia de Biden, la amenaza a la democracia estadounidense no ha retrocedido. Aunque las instituciones democráticas estadounidenses sobrevivieron a la presidencia de Trump, quedaron muy debilitadas. El Partido Republicano, además, se ha radicalizado en una fuerza extremista y antidemocrática que pone en peligro el orden constitucional. Estados Unidos no se dirige hacia una autocracia al estilo ruso o húngaro, como han advertido algunos analistas, sino algo más: un período de inestabilidad prolongada del régimen, marcado por repetidas crisis constitucionales, mayor violencia política y, posiblemente, períodos de gobierno autoritario.   

Decisión cerrada

En 2017, advertimos en Foreign Affairs que Trump representaba una amenaza para las instituciones democráticas estadounidenses. Los escépticos vieron nuestra preocupación por el destino de la democracia estadounidense como alarmista. Después de todo, el sistema constitucional de EE.UU. había sido estable durante 150 años, y montones de investigaciones en ciencias sociales sugerían que era probable que la democracia perdurara. Ninguna democracia ni remotamente tan rica —o tan antigua— como la de Estados Unidos se había derrumbado jamás.

Pero Trump demostró ser tan autocrático como lo anunciaba. Siguiendo el libro de jugadas de Hugo Chávez en Venezuela, Recep Tayyip Erdogan en Turquía y Viktor Orban en Hungría, trabajó para corromper agencias estatales clave y subvertirlas con fines personales, partidistas e incluso antidemocráticos. Los funcionarios públicos responsables de la aplicación de la ley, la inteligencia, la política exterior, la defensa nacional, la seguridad nacional, la administración electoral e incluso la salud pública fueron presionados para desplegar la maquinaria del gobierno contra los rivales del presidente.  

Sin embargo, Trump hizo más que politizar las instituciones estatales. También trató de robar una elección. Trump, el único presidente en la historia de EE.UU. que se negó a aceptar la derrota, pasó finales de 2020 y principios de 2021 presionando a funcionarios del Departamento de Justicia, gobernadores, legisladores estatales, funcionarios electorales estatales y locales y, finalmente, al vicepresidente Mike Pence, para anular ilegalmente los resultados de las elecciones. Cuando estos esfuerzos fracasaron, incitó a una turba de sus seguidores a marchar hacia el Capitolio y tratar de evitar que el Congreso certificara la victoria de Biden. Esta campaña de dos meses para permanecer ilegalmente en el poder merece ser llamada por su nombre: intento de golpe de Estado.

Como temíamos, el Partido Republicano no logró limitar a Trump. En un contexto de extrema polarización política, predijimos, era “poco probable que los republicanos del Congreso siguieran los pasos de sus predecesores que frenaron a Nixon”. La lealtad partidista y el miedo a los desafíos principales por parte de los partidarios de Trump superaron los compromisos constitucionales, lo que socavó la efectividad del control más poderoso del sistema contra el abuso presidencial: el juicio político. Los abusos de Trump superaron a los de Nixon en órdenes de magnitud. Pero solo diez de los 211 republicanos en la Cámara votaron para acusar a Trump tras el golpe fallido, y solo siete de los 50 republicanos en el Senado votaron para condenarlo.

La democracia estadounidense sobrevivió a Trump, pero apenas. El comportamiento autocrático de Trump fue mitigado en parte por funcionarios públicos que se negaron a cooperar con sus abusos, como el secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperger, o que se negaron a guardar silencio sobre ellos, como Alexander Vindman, especialista del Consejo de Seguridad Nacional. Muchos jueces, incluidos algunos designados por el propio Trump, bloquearon sus esfuerzos por anular la elección.

Los eventos contingentes también jugaron un papel en la derrota de Trump. La pandemia de COVID-19 fue su “momento Katrina”. Así como el mal manejo del presidente George W. Bush de las secuelas del huracán de 2005 erosionó su popularidad, la desastrosa respuesta de Trump a la pandemia puede haber sido decisiva para evitar su reelección. Aun así, Trump estuvo a punto de ganar. Un pequeño cambio en la votación en Georgia, Arizona y Pensilvania habría asegurado su reelección, poniendo en serio peligro la democracia.

Aunque la democracia estadounidense sobrevivió a la presidencia de Trump, resultó gravemente herida por ella. A la luz del flagrante abuso de poder de Trump, su intento de robar las elecciones de 2020 y bloquear una transición pacífica, y los continuos esfuerzos a nivel estatal para restringir el acceso a la boleta electoral, los índices de democracia global han degradado sustancialmente a Estados Unidos desde 2016. Hoy, el puntaje de Estados Unidos en el Índice de Libertad Global de Freedom House está a la par con Panamá y Rumania, y por debajo de Argentina, Lituania y Mongolia.

Amenazas crecientes

La derrota de Trump en las elecciones de 2020 no acabó con la amenaza a la democracia estadounidense. El Partido Republicano se ha convertido en un partido extremista y antidemocrático, más parecido al Fidesz de Hungría que a los partidos tradicionales de centro-derecha en Europa y Canadá. La transformación comenzó antes de Trump. Durante la presidencia de Barack Obama, los principales republicanos presentaron a Obama y a los demócratas como una amenaza existencial y abandonaron las normas de moderación en favor de la dureza constitucional: el uso de la letra de la ley para subvertir el espíritu de la ley. Los republicanos impulsaron una ola de medidas a nivel estatal destinadas a restringir el acceso a las urnas y, lo que es más extraordinario, se negaron a permitir que Obama ocupara la vacante en la Corte Suprema creada por la muerte del juez asociado Antonin Scalia en 2016.

La radicalización republicana se aceleró con Trump, hasta el punto en que el partido abandonó su compromiso con las reglas del juego democráticas. Los partidos que apuestan por la democracia deben, como mínimo, hacer dos cosas: aceptar la derrota y rechazar la violencia. A partir de noviembre de 2020, el Partido Republicano no hizo ninguna de las dos cosas. La mayoría de los líderes republicanos se negaron a reconocer sin ambigüedades la victoria de Biden, ya sea abrazando abiertamente la "Gran Mentira" de Trump o permitiéndola a través de su silencio. Más de dos tercios de los miembros republicanos de la Cámara de Representantes respaldaron una demanda presentada ante la Corte Suprema que busca anular las elecciones de 2020, y la noche de la insurrección del 6 de enero, 139 de ellos votaron en contra de certificar las elecciones. Los principales republicanos también se negaron a rechazar sin ambigüedades la violencia.

Aunque Trump catalizó este giro autoritario, el extremismo republicano fue alimentado por una poderosa presión desde abajo. Los electores principales del partido son blancos y cristianos, y viven en suburbios, pueblos pequeños y áreas rurales. No solo los cristianos blancos están en declive como porcentaje del electorado, sino que la creciente diversidad y el progreso hacia la igualdad racial también han socavado su estatus social relativo. Según una encuesta de 2018, casi el 60 por ciento de los republicanos dicen que “se sienten como extraños en su propio país”. Muchos votantes republicanos piensan que les están quitando el país de su infancia. Esta pérdida relativa de estatus percibida ha tenido un efecto radicalizante: una encuesta de 2021 patrocinada por el American Enterprise Institute encontró que un sorprendente 56 por ciento de los republicanos estuvo de acuerdo en que “el estilo de vida estadounidense tradicional está desapareciendo tan rápido que es posible que tengamos que usar la fuerza para parar."

El giro republicano hacia el autoritarismo se ha acelerado desde la salida de Trump de la Casa Blanca. De arriba abajo, el partido abrazó la mentira de que las elecciones de 2020 fueron robadas, hasta el punto de que los votantes republicanos ahora creen abrumadoramente que es verdad. En gran parte del país, los políticos republicanos que rechazaron abiertamente esta mentira o apoyaron una investigación independiente sobre la insurrección del 6 de enero han puesto en riesgo sus carreras políticas.

El recién transformado Partido Republicano ha lanzado un gran asalto a las instituciones democráticas a nivel estatal, aumentando la probabilidad de una elección robada en el futuro. Inmediatamente después de la campaña de Trump “detengan el robo”, sus seguidores lanzaron una campaña para reemplazar a los funcionarios electorales estatales y locales que certificaron las elecciones de 2020, desde secretarios de estado hasta funcionarios de precintos vecinales, con leales a Trump que parecen muy dispuestos a derrocar una victoria demócrata. Las legislaturas estatales republicanas de todo el país también han adoptado medidas para restringir el acceso a las urnas y facultar a los funcionarios estatales para que intervengan en los procesos electorales locales: purgar las listas de votantes locales, permitir la intimidación de los votantes por parte de grupos de observadores matones, mover o reducir la cantidad de lugares de votación, y potencialmente tirar boletas o alterar los resultados. Ahora es posible que las legislaturas republicanas en múltiples estados disputados, bajo una interpretación vaga de la Ley de Conteo Electoral de 1887, utilicen reclamos de fraude sin fundamento para declarar elecciones fallidas en sus estados y enviar listas alternas de electores republicanos al Colegio Electoral, contraviniendo así la voto popular. Tal dureza constitucional podría resultar en una elección robada.

La comunidad empresarial estadounidense, históricamente un electorado republicano central, ha hecho poco para resistir el giro autoritario del partido. Aunque la Cámara de Comercio de EE.UU. inicialmente se comprometió a oponerse a los republicanos que negaron la legitimidad de las elecciones de 2020, luego cambió de rumbo. Según The New York Times, la Cámara de Comercio, junto con grandes corporaciones como Boeing, Pfizer, General Motors, Ford Motor, AT&T y United Parcel Service, ahora financia a los legisladores que votaron a favor de anular las elecciones.

Las amenazas a la democracia estadounidense van en aumento. Si Trump o un republicano de ideas afines gana la presidencia en 2024 (con o sin fraude), es casi seguro que la nueva administración politizará la burocracia federal y desplegará la maquinaria del gobierno contra sus rivales. Habiendo purgado en gran medida el liderazgo del partido de políticos comprometidos con las normas democráticas, la próxima administración republicana fácilmente podría cruzar la línea hacia lo que hemos llamado autoritarismo competitivo, un sistema en el que existen elecciones competitivas pero el abuso del poder estatal inclina el campo de juego contra la oposición.

Impedimentos a la autocracia

Aunque la amenaza de ruptura democrática en Estados Unidos es real, la probabilidad de un descenso a una autocracia estable, como ha ocurrido, por ejemplo, en Hungría y Rusia, sigue siendo baja. Estados Unidos posee varios obstáculos para un autoritarismo estable que no se encuentran en otros casos de reincidencia. Tomemos por caso la Hungría bajo Orban. Después de ganar las elecciones en 2010 con una plataforma etnonacionalista, Orban y su partido, Fidesz, llenaron los tribunales y los órganos electorales, reprimieron a los medios independientes y utilizaron manipulaciones, nuevas regulaciones de campaña y otros chanchullos legales para sacar ventaja sobre la oposición. Algunos observadores han advertido que el camino de Orban hacia el autoritarismo podría replicarse en Estados Unidos.

Pero Orban pudo consolidar el poder porque la oposición era débil, impopular y dividida entre partidos de extrema derecha y socialistas. Además, dado que el país había salido recientemente del gobierno totalitario, el sector privado y los medios independientes de Hungría eran mucho más débiles que sus contrapartes estadounidenses. La capacidad de Orban para obtener rápidamente el control del 90 por ciento de los medios húngaros, incluido el diario independiente más grande y todos los periódicos regionales, sigue siendo impensable en los Estados Unidos. El camino hacia la autocracia fue aún más fácil en Rusia, donde los medios y las fuerzas de oposición eran más débiles que en Hungría.

Por el contrario, un esfuerzo por consolidar la autocracia en los Estados Unidos enfrentaría varios obstáculos de enormes proporciones. El primero es una oposición poderosa. A diferencia de otros países reincidentes, incluidos Hungría, India, Rusia, Turquía y Venezuela, Estados Unidos tiene una oposición unificada en el Partido Demócrata. Está bien organizado, bien financiado y electoralmente viable (ganó el voto popular en siete de las últimas ocho elecciones presidenciales). Además, debido a las profundas divisiones partidistas y al atractivo relativamente limitado del nacionalismo blanco en los Estados Unidos, un autócrata republicano no disfrutaría del nivel de apoyo público que ha ayudado a sostener a los autócratas electos en otros lugares. Por el contrario, tal autócrata enfrentaría un nivel de impugnación social que no se ve en otros reincidentes democráticos. Como ha argumentado Robert Kagan, los republicanos pueden tratar de amañar o anular unas elecciones reñidas en 2024, pero tal esfuerzo probablemente desencadenaría protestas enormes, y probablemente violentas, en todo el país.

Un gobierno republicano autoritario también se enfrentaría a medios de comunicación, sector privado y sociedad civil mucho más fuertes e independientes. Incluso el autócrata estadounidense más comprometido no podría obtener el control de los principales periódicos y cadenas de televisión y limitar de manera efectiva las fuentes independientes de información, como lo han hecho Orban y el presidente ruso Vladimir Putin en sus países.

Finalmente, un aspirante a autócrata republicano enfrentaría restricciones institucionales. Aunque está cada vez más politizado, el poder judicial estadounidense sigue siendo mucho más independiente y poderoso que sus contrapartes en otras autocracias emergentes. Además, el federalismo estadounidense y un sistema altamente descentralizado de administración electoral brindan un baluarte contra el autoritarismo centralizado. El poder descentralizado crea oportunidades para la mala conducta electoral en los estados rojos, y algunos morados, pero hace que sea más difícil socavar el proceso democrático en los estados azules. Por lo tanto, incluso si los republicanos logran robarse las elecciones de 2024, su capacidad para monopolizar el poder durante un período prolongado probablemente será limitada. Puede que Estados Unidos ya no sea seguro para la democracia, pero sigue siendo inhóspito para la autocracia.

Futuro inestable

En lugar de la autocracia, Estados Unidos parece dirigirse hacia una inestabilidad de régimen endémica. Tal escenario estaría marcado por frecuentes crisis constitucionales, incluyendo elecciones disputadas o robadas y severos conflictos entre los presidentes y el Congreso (tales como juicios políticos y esfuerzos ejecutivos para eludir al Congreso), el poder judicial (tales como esfuerzos para depurar o saturar los tribunales), y gobiernos estatales (como intensas batallas por los derechos de voto y la administración de las elecciones). Estados Unidos probablemente alternaría entre períodos de democracia disfuncional y períodos de gobierno autoritario competitivo durante los cuales los gobernantes abusan del poder estatal, toleran o alientan el extremismo violento e inclinan el campo de juego electoral contra sus rivales.

En este sentido, la política estadounidense puede llegar a parecerse no a Rusia sino a su vecina Ucrania, que ha oscilado durante décadas entre la democracia y el autoritarismo competitivo, dependiendo de qué fuerzas partidistas controlen el ejecutivo. En el futuro previsible, las elecciones presidenciales de EE.UU. implicarán no sólo una elección entre conjuntos de políticas en competencia, sino una elección más fundamental sobre si el país será democrático o autoritario.

Finalmente, la política estadounidense probablemente estará marcada por una mayor violencia política. La polarización extrema y la intensa competencia partidista a menudo generan violencia y, de hecho, Estados Unidos experimentó un aumento dramático en la violencia de extrema derecha durante la presidencia de Trump. Aunque Estados Unidos probablemente no se dirige a una segunda guerra civil, bien podría experimentar un aumento de asesinatos, bombardeos y otros ataques terroristas; levantamientos armados; ataques de turbas; y enfrentamientos callejeros violentos, a menudo tolerados e incluso incitados por los políticos. Tal violencia podría parecerse a la que afligió a España a principios de la década de 1930, a Irlanda del Norte durante los disturbios o al sur de Estados Unidos durante y después de la Reconstrucción.

La democracia estadounidense sigue en riesgo. Aunque es probable que Estados Unidos no siga el camino de la Rusia de Putin o incluso de la Hungría de Orban, un conflicto duradero entre poderosas fuerzas autoritarias y democráticas podría provocar una debilitante —y violenta— inestabilidad del régimen en los años venideros.

Publicado en Foreign Affairs el 20 de enero de 2022.

Link https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2022-01-20/americas-coming-age-instability