El 2 de septiembre se conmemoraron los 80 años de la rendición de Japón ante China que terminó la Segunda Guerra Mundial. Es posible, y hasta probable, que mirando hacia adelante lo ocurrido la semana pasada se convierta en una fecha clave no tanto por lo que sucedió, sino por lo que podría suceder. En paralelo a la conmemoración y el desfile militar, tuvo lugar la reunión anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) creada en 2001 -hace casi un cuarto de siglo- a iniciativa de China.
En este grupo se encontraban tres de los cuatro BRIC (la potencia asiática más Rusia e India) a los cuales entonces los mercados consideraban las cuatro economías emergentes que en varias décadas iban a estar entre las diez más grandes del mundo (luego se incorporó a Sudáfrica en representación de su continente).
Dos de estas cuatro potencias alcanzaron este objetivo antes de llegar a las dos décadas: las dos asiáticas. Dos países (China y Rusia) incorporaron a otros cuatro de Asia Central para formar la OCS: Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. El Grupo se fue extendiendo: India y Pakistán se unieron en junio de 2017 e Irán lo hizo en septiembre de 2022.
Actualmente cuenta además con tres países observadores (Afganistán, Bielorrusia y Mongolia) y nueve socios de diálogo (Arabia Saudita, Azerbaiyán, Armenia, Qatar, Camboya, Egipto, Nepal, Sri Lanka y Turquía, una potencia regional creciente). La centralidad en la OCS de China y Rusia da al grupo la característica de “euroasiático”.
La Organización reúne así a todos los países con poder atómico de Asia. Tal es el caso de Rusia y China, dos de las tres principales potencias nucleares del mundo. También están la India y Pakistán. Corea del Norte no forma parte formalmente de la OCS, pero tiene una relación militar muy fuerte con Moscú y otra en términos diplomáticos con Beijing. En alguna medida, este poder nuclear equilibra o disputa el liderazgo con el de Occidente, encabezado por Estados Unidos y secundado por el Reino Unido y Francia.
La guerra entre Rusia y Ucrania ha debilitado la estructura de gobernanza internacional, representada por Naciones Unidas, y ello tiene consecuencias en cuanto a la no proliferación. China hizo también el 3 de septiembre una demostración de su poder militar con implicancias políticas y diplomáticas. La potencia asiática se mueve con tiempos lentos pero constantes. Explícitamente manifiesta que recién en 2049 estará en condiciones de disputar a los Estados Unidos la primacía militar global de acuerdo a sus propios análisis. Hoy cuenta con sólo tres portaaviones frente a los once estadounidenses, que hacen de Estados Unidos la única potencia militar realmente global en este momento.
China desarrolla su estructura militar para completar su unidad nacional en la década en curso, con la incorporación de Taiwán. En la próxima buscará transformarse en potencia regional y en este objetivo la OCS juega un papel. En la década de los cuarenta buscará consolidar su rol militar continental para competir, a mediados del siglo XXI, con Estados Unidos como potencia militar global.
Quizás el mayor error estratégico de Donald Trump durante su actual presidencia ha sido desatar el conflicto con la India, potencia que había buscado el equilibrio entre China, Rusia y Estados Unidos, y ahora aparece cerca de las dos primeras.
Por su parte, Occidente ha delineado otro bloque integrado por la OTAN como estructura militar y sus aliados que apoyan a Ucrania. Los treinta y dos países que hoy constituyen la alianza atlántica se mantienen formalmente unidos, pero tienen diferente intensidad en su compromiso. Estados Unidos impone sus políticas no esperando ni buscando el consenso: sólo toma decisiones. El Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Polonia constituyen el núcleo militar de esta alianza en Europa.
Pero las dos potencias europeas derrotadas en la Segunda Guerra Mundial muestran hoy poca decisión para desplegar tropas en Ucrania. La OTAN cuenta con una red de países europeos aliados en el esfuerzo de apoyar a Kiev. Tal es el caso de Bosnia-Herzegovina, Kosovo y Macedonia del Norte en los Balcanes.
Fuera del continente europeo hay dos países asiáticos que integran este agrupamiento, Japón y Corea del Sur (que tendrían armas nucleares estadounidenses en su territorio) al igual que Australia y Nueva Zelanda en el Océano Índico.
También hay casos particulares como el de Turquía, que es socio de diálogo de la OCS y a la vez miembro de la OTAN, mientras va extendiendo su influencia. En cuanto a Israel, divide las posiciones en el mundo occidental pero tiene un claro apoyo de Estados Unidos. Como nunca antes en la Historia aparecen conformados un bloque occidental y otro oriental de gran dimensión global.
En este contexto, África y América Latina, dos grandes “penínsulas” que avanzan geográficamente desde el sur, no tienen alineamientos tan claros ni precisos y están fuera de la pugna de poder mundial.
Se está gestando así una “polarización” en el ámbito global: la de Oriente y Occidente. Más allá de lo militar, esto tiene consecuencias políticas, diplomáticas y culturales. Aunque con menor extensión e intensidad, la Historia muestra guerras de Occidente contra árabes, mongoles y otomanos, entre otros.
Con los organismos internacionales debilitados, sólo el diálogo directo entre las grandes potencias parecería tener posibilidad de desescalar la polarización en el ámbito global.
Publicado en Clarín el 9 de septiembre de 2025.
Link https://www.clarin.com/opinion/polarizacion-fenomeno-global_0_FvwXlDB8do.html








