jueves 12 de febrero de 2026
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La paradoja de Europa

La mayor parte de quienes han escrito sobre el colapso y la desaparición de la organización de posguerra del mundo y de los organismos multilaterales resultantes de ese proceso -acordado por entonces por la mayoría de los países- y, sobre todo por las potencias, hablan de una fuerte reconfiguración que consiste en una concentración de poder en pocos polos y sus zonas de influencia, tales como Rusia, Estados Unidos, China y no mucho más.

Es el tono de este nuevo tiempo llama profundamente la atención la inequívoca aparición de personajes autoritarios, caprichosos y egoístas. Estos no están dispuestos a cultivar transacciones amistosas sino más bien a imponer sus propias voluntades, a través de la llamada “basura” de las redes sociales digitales, de las que son dueños.

En todo caso, entre ellos no se permiten en esos polos de poder que se entrometan y afecten a sus intereses exclusivos.

En paralelo, circula la sensación de la debilidad de Europa y de la Unión Europea, su virtual invisibilización como factor suficiente para constituir un centro de poder equivalente y competitivo con los otros.

En gran medida se habla de la decadencia de Europa, su agotamiento, su desmoralización luego de muchos años de jolgorio sociológico y consumista.

Además, Europa habría sido penetrada por inmigraciones de cultura e idiosincrasia totalmente diferente a ella, que han desdibujado y puesto en cuestión sus atributos principales.

En síntesis: una Europa en retirada, sin capacidad de defensa y sin vocación de agresión. Ganada por la bonhomía de sus bondades inocentemente democráticas, partidaria de los derechos humanos, la cultura democrática compartida sin litigios destructivos y un envejecimiento prematuro.

En fin, cartón pintado para pasarla bien de turismo, pero inhábil para participar con fuerza en las decisiones mundiales.

Se habla de que no han invertido en defensa, que viven del petróleo y el gas de los rusos o los árabes y que sus hábitos principales, dicho irónicamente, serian pasear por la Toscana o el mediodía francés y gozar del Mediterráneo como una fiesta de los sentidos.

La crítica que va con la apariencia de sociedades permisivas y románticamente democráticas, ha aceptado el sacrificio de que los costos generales sean soportados por otros y no por Europa, mientras ellos siguen gozando de sus atributos hedonistas.

Cuando los europeos estaban volviendo a preguntarse si la Unión Europea, integrada por veintisiete países, tiene o no sentido, ocurre que, al parecer, ellos mismos luego de haberse quejado de ella, acusándola de una estructura burocrática innecesaria, comienzan a vislumbrar su justificación, en forma creciente, por una u otra circunstancia y empiezan a afligirse y aconsejar al universo europeo que conviene apretarse el cinturón, y fortalecer la Unión Europea, incluso por motivos estratégicos de sobrevivencia.

El primer episodio próximo y significativo en esa línea, ha sido activado por la desenfadada invasión a Ucrania y amenazas a otros países europeos por parte de Rusia, en la búsqueda nostálgica de restablecer el imperio zarista.

Ahora, el segundo síntoma de la reconfiguración prepotente está constituido por las acciones de Estados Unidos, de apoderarse de Groenlandia, por las buenas o por las malas. Asegurando su hinterland estratégico, sin perjuicio de los pretextos invocados.

Es recién entonces, que Dinamarca y la Unión Europea han rechazado esas pretensiones y ocho países miembros han enviado fuerzas militares a Groenlandia, en un gesto de firmeza sobre el propósito de defenderla, como parte integrante de la Unión Europea y de la OTAN.

En medio de todas estas circunstancias, Trump se sigue divirtiendo con humoradas tales como decirle al presidente de Noruega que su nueva ocurrencia se precipitó con la negativa de otorgarle a él el premio nobel de la paz.

Estamos entonces, en la vieja situación entre sospecha y paradoja, la sospecha vista como alarma de lo que podría venir y no se tuvo por parte de Europa. Y entonces, el único argumento que le queda para explicar su demora en prever lo que se venía y en creer en sí misma, ha sido la sorpresa de advertir el absurdo de que puede encontrarse en una hipótesis de conflicto bélico con Estados Unidos.

Se trata de un fenómeno en desarrollo, de resultados impredecibles. Es sumamente ilustrativo de los peligros que debe afrontar esta reconfiguración novedosa: Trump pretende suturar con un ridículo “Consejo de la Paz”, al que ha invitado a participar a Dios y María santísima y, entre ellos, al inefable Milei, que aplaude con algarabía como si estuviera en condiciones de asumir las responsabilidades inherentes y los mil millones de dólares anuales que se deben aportar por país, para ser administrado por el bisonte enloquecido del norte.

Mientras, Latinoamérica aguarda con zozobra qué le tendrán deparado los poderosos talibanes mundiales.

 

 

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