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Opinión 22 09 2020

La pandemia, la república y los símbolos


Autor: Julio Montero









Todo indica que Argentina se encamina a una crisis de proporciones. Será tal vez la mayor de nuestra historia, superando ajustes monumentales como el Rodrigazo y la mega devaluación de Duhalde. Las crisis son lamentables porque tienen enormes costos sociales que se pagan en vidas y oportunidades; pero también pueden movilizar fuerzas profundamente transformadoras.

El oscuro panorama de pobreza, exclusión y deterioro institucional no debería sorprendernos tanto. No es más que el reflejo material del ethos público que construimos y del que tantos se enorgullecen. Si todavía queda espacio para el optimismo, vale recordar que hubo tiempos mejores: en 1930 Argentina tenía una tasa de pobreza, una movilidad social ascendente y un salario promedio envidiables para países como Suecia, España y Alemania.

Esa Argentina dinámica y cosmopolita se construyó sobre las ruinas del oscurantismo. Hasta su derrota en Caseros, Juan Manuel de Rosas sepultó al país en una ominosa distopía medievalista, signada por el atraso, la represión y la dictadura. El héroe máximo del revisionismo fue probablemente nuestro primer criminal de lesa humanidad.

El proceso de republicanización de la Argentina debe mucho al azar. Bajo la bota del tirano regresivo floreció una burguesía urgida de entrar en la modernidad. No obstante, como enseñan los marxistas, toda transformación profunda surge de combinar condiciones “objetivas” y “subjetivas”. Y entre las condiciones subjetivas de la era post-Rosas, no puede soslayarse la incansable tarea de persuasión intelectual de figuras como Sarmiento. La hoja de ruta del progreso ya estaba trazada mucho antes de Caseros.

La literatura académica reciente insiste en que el voto, la conducta pública y la acción política dependen en buena medida de cómo interpretamos la realidad. Y las interpretaciones de la realidad no son estructuras provistas por la realidad misma, sino el resultado de operaciones discursivas que interactúan con hechos independientes.

Esta trivial hipótesis puede confirmarse mirando rápidamente el pasado. La Ilustración aportó el material simbólico para las revoluciones burguesas y las guerras de independencia americanas; Marx preparó el terreno para la Revolución de Octubre; y la reacción anti-Ilustrada engendró al fascismo. No es cierto, como decía Hegel, que el Búho de Minerva solo levante vuelo al atardecer.

Por supuesto, no todas las corrientes políticas locales están igualmente alienadas de lo real. Algunas ya trabajan en su relato postpandemia, preparan su arsenal explicativo y construyen sus chivos expiatorios. En rigor, jamás apagan la máquina de producir símbolos.

Lamentablemente, se trata del sector más regresivo y autoritario del arco local. Si la oposición no se decide jugar también el juego de la palabra, a la hora de la autocrítica habrá un único relato disponible y un solo horizonte al que aspirar. Así la Argentina nunca cambiará.

Publicado en Clarín el 21 de septiembre de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/pandemia-republica-simbolos_0_ElASmYxjr.html