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La Odisea

Odiseo desactivado

Si estuviésemos hablando de una historia original y sin tradición esta película va para adelante. Porque es, finalmente, una historia con varias historias que sucede en un tiempo lejano y se muestra con sentimientos reconocibles y con personajes con los cuales nos podemos identificar. Esos personajes parecen ser normales. Un poco valientes, algo astutos. Bastante arrepentidos por con su pasado. También hay monstruos, conjuros y brujas, drogas y hambre y matanzas. Buenas escenas de luchas y batallas, alguna de amor y un poco de aventuras. La película está llevada con discreción, sin grandilocuencias. Hay cierta vergüenza en lo enorme de la arquitectura y la geografía en la que se ancla y eso está bien.

Pero se trata de La Odisea. El punto de inicio de la literatura occidental. Cada época versiona la odisea que le sale, y Nolan consideró necesaria modificar la historia para realizar una alegoría de un occidente que mira su pasado con culpa y remordimiento. La sensibilidad de Nolan fue incapaz de tolerar la altura de Odiseo. Necesito filtrar los hechos a través del trauma, la culpa, el cuestionamiento de la violencia y la búsqueda de redención.

En La Odisea de Nolan hay venganza para imponer justicia. Un desterrado vuelve a su morada. Una reina lo espera tejiendo y destejiendo. Hay drama amoroso y vital que está bien narrado. Hay monstruos y hay dolor y porque sí: podemos tener empatía con las víctimas y los verdugos. Nuestro héroe principal, este Odiseo de Nolan, es esas dos cosas a la vez.

La película empieza en medio de la acción sin tantas explicaciones, como los poemas de Homero. En un panorama enorme y desolador se encuentran la pequeñez bien tallada y definida del caballo de madera, custodiada por Sinón (Elliot Page). Los troyanos, todavía en guerra, implacables, majestuosos y prolijos llegan galopando en caballos hermosos y llenan de flechazos, sin preguntas y sin perdón, al aqueo Sinón y al caballo de madera. Sinón alcanza a decir que el caballo de madera es una ofrenda a Atenea. Con esa declaración los troyanos, triunfadores, dan por terminada la guerra. En ese fragmento también se ven hombres asfixiándose dentro del caballo. Luego sabremos que entre ellos se encuentra “aquel varón polifacético” Odiseo, Rey de Ítaca (Matt Damon). El cuidado de la confección del caballo no es menor, es perfecto en su diseño y en lo terso de su exterior. En cambio, tortuoso y duro es el interior, donde los soldados mandados y convencidos por Odiseo sufren al límite de lo humano para conseguir la victoria que buscan, que es desaparecer una civilización y volver por fin a casa.

Un comienzo excelente. A la vez airoso y agobiante, sostenido con pulso firme y con convicción homérica. Vibrante como el falso final de una guerra y juguetón con la consciencia de que todos o casi todos los espectadores sabemos que ahí hay una trampa destructiva y letal que acabará con la majestuosa ciudad de Ilión. Vemos qué pasa antes de la destrucción. Vemos qué pasa dentro del caballo. Se crea una expectativa de cómo los que ahí aparecen majestuosos y vencedores luego se verán destruídos. Y cómo los soldados sucios y hacinados van a volverse triunfadores. Digno comienzo para una historia de Odiseo, “experto en ardides”. El espectador sabe más que los protagonistas, lo que nos coloca desde el inicio del lado de los astutos, mucho más allá de toda crueldad. Más tarde Nolan se encargará de desgastar, hasta volver polvo, este tipo de alegría.

Luego vamos al palacio de Odiseo, en Ítaca. Allí vemos a los pretendientes que quieren que la reina elija de entre ellos un marido para que también sea su rey. Vemos a Telémaco, hijo de Odiseo, “semejante a un dios” y a “la prudente Penélope”, reina del reino y esposa de Odiseo. En la presentación de estos personajes Nolan es determinante pero más torpe, reforzando la sorpresa con zooms a los rostros de los personajes que se hacen repetitivos hasta neutralizar cualquier efecto. Una combinación empobrecedora: es capaz de mostrar planos enormes y un pulso audaz de plano y montaje más alejada de los personajes individuales, pero cuando se acerca a ellos busca reforzar la tensión narrativa a partir de rostros afectados y muy jugados con un sentimiento definido. Esa convicción se va a sostener, a lo largo de la película, sobre los personajes y sus miedos y remordimientos, lo que establece una distancia enorme con la historia que evoca para contar. Finalmente, por ésta y muchas otras razones, la odisea que hace Nolan es mucho más acotada y más convencional que la cantera de la cual Nolan intenta extraer su mármol.

Son muy buenos los combates. La pelea con los pretendientes es excelente, y le hace honor a la tradición homérica con niveles descriptivos visuales emparentados con La Ilíada: lanzas y flechas son claramente clavadas y mostradas, las vísceras y las sangres suman su espectáculo sin contemplación. La expectativa sobre el triunfo frente a los malvados que iban por su mujer y su reino funciona perfectamente, y la reacción del perro Argos es muy emocionante, al igual que el modo en que el hijo Telémaco descubre que Odiseo es su papá. Esta sí fue una modificación sobre la historia original que potencia al escrito para profundizar sus efectos.

Otra modificación acertada es la de Agamenón. Mejora la historia mucho más allá que una referencia externa a la película (como si se pareciera a Batman o a Darth Vader) y le da una presencia apropiada a quien Aquiles, en La Ilíada, llamó “rey devorador del pueblo” quien, de acuerdo a la tradición, mató a su hija para poder iniciar una guerra, y a quien Homero denominó “soberano de hombres”, “señor de anchos dominios”, “gloriosísimo atrida”, “retoño de Zeus”. Funcionan muy bien los efectos especiales visuales y sonoros, con los cuales Nolan no hace alarde y que tienen un efecto de causar deseo de ver más: más de las sirenas, más del cíclope Polifemo, más de Escila y Caribdis, más del Hades y sus muertos, más de Circe y sus brujerías. Más del sonido de la cuerda tensa del arco.

Pero es sorprendente que, habiendo elegido esta historia monumental, habiendo elegido el formato más grande posible (IMAX), habiendo elegido los actores que eligió y habiendo tenido la convicción que tuvo para achurar la historia original para construir su propia Odisea, Nolan haya priorizado el efecto sobre el primer plano de los actores y le haya cedido a los guiños de la época algunas concesiones inaceptables. Dos de ellas: señalar un par de veces y oralmente que “se termina la edad de bronce” (como que los romanos hayan dicho “empieza la edad media”), que “vienen los pueblos del mar”, y que en algunos diálogos se resuma lo que está pasando en la película para volver a informar al espectador. Esta sobreinformación oral empieza a ser habitual en las películas y series de las plataformas por la desconfianza de la industria sobre las capacidades que tienen los espectadores para sostener la atención y hacer funcionar su memoria. Pero en las plataformas, ni Breaking Bad ni Better Call Saul ni Pluribus, ni Mad Men ni The Last of Us, por ejemplo, acuden a esos recursos de subestimación.

Adicionalmente, el formato elegido le puso un techo a la duración del plano. La Odisea se rodó con cámaras IMAX sobre película física de 65 mm, pensadas idealmente para ser proyectadas en salas IMAX preparadas para proyectar copias de ese milimetraje, luego en salas IMAX para proyectar en digital (como las dos salas IMAX que hay en Argentina), luego en salas normales y finalmente en pantallas hogareñas y dispositivos digitales. Es un formato extraordinario para la pantalla gigante – mayor que el 35 mm tradicional, con una definición, profundidad y presencia enormes, y ni que hablar en comparación con el formato digital-, pero esa espectacularidad tiene un costo durante el rodaje: cada rollo con el que se filma, a diferencia de los otros formatos, dura menos de 3 minutos. Antes de cada plano todo debía estar súper ensayado, había poco margen para el error, y cada plano no podía durar mucho.

Esta es una de las paradojas de lo que realizó Nolan. Lo que el IMAX ofrece en la proyección (una potencia visual colosal, a la altura de lo que está contando) lo complica en el rodaje. Los grandes realizadores suelen convertir esas restricciones técnicas en virtud narrativa, inventando una puesta en escena que funciona gracias a ellas. Pero Nolan aísla el poder visual del formato a unas pocas imágenes, insinúa cierta ambientación, y pronto pasa a una dinámica televisiva.

Pero la potencia visual no es la única razón por la cual eligió el formato IMAX. Nolan recurre a este formato, o más bien, aprovecha ese formato, también por el tamaño del dispositivo para filmar, para ejercer una presión física y visual sobre el actor. La cámara IMAX es enorme, ruidosa, invasiva, y puesta como la pone Nolan sobre los actores aísla del entorno a quien es filmado. Lo sumerge en una burbuja, lo enfrenta a una situación de protagonismo total. Este subrayado sobre el rostro y los sentimientos que tiene que reflejar un actor a partir del texto que le da el director refuerza la idea que buscaba Nolan: convertir a La odisea en un thriller psicológico.

Nolan ejecutó un plan que le salió redondo: hizo de Odiseo un personaje atormentado por la culpa, del caballo de Troya un truco cobarde, de los espectadores un auditorio a la vez culpable, juzgador y luego beneficiario de la catarsis, y de la mítica obra un reflejo de las manías neuróticas del presente.

Subraya varias veces, además, un conocimiento de la catástrofe histórica que está por suceder. Pero no la de la caída del reino de Troya. No la muerte de los compañeros de Odiseo. No la sangría de los pretendientes y las criadas. El final es el final de la edad de bronce y parte de la catástrofe es la revelación de que los famosos “pueblos del mar” que saqueaban civilizaciones son, en definitiva, ellos, los aqueos de Agamenón. Lo hace también poniendo al caballo de Troya como clara y manifiesta alusión a la estatua de la libertad de la primera “El planeta de los simios”. Quiso construir una conciencia ajena a lo que remite.

Nolan está en todo su derecho de hacer La Odisea que se le cante, y de hacer goma la tradición es algo en lo que yo estoy casi siempre a favor. Cada época tradujo su Odisea y cada traducción es un nuevo acto estético en sí mismo. Nos devuelve una historia renovada y que, esperemos, va a seguir siendo renovada por los siglos de los siglos. “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio” escribió Borges y me viene bien citar para discutirle un poco. De la película Ulisse de 1954 protagonizada por Kirk Douglas, a ¿Dónde estás, hermano? del año 2000, (no ví La Odisea: El regreso con Ralph Fiennes y Juliette Binoche), pasando por series y otras alusiones (2001 Odisea del espacio, por ejemplo), la obra de Homero seguirá siendo productiva en versiones y referencias.

Pero del mismo modo que sí acepto que Aquiles se instale con la figura de Brad Pitt (se lo tiene bien ganado) me revela que esta versión de la historia y, sobre todo, ésta versión del héroe Odiseo/Ulises sea la que se establezca como canónica desde ahora y por varios años más.

Me gusta creer que la guerra de Troya sucedió y que el poeta Homero existió.  Los poemas La Ilíada y La Odisea cuentan algo que supuestamente ocurrió hace 3200 años. Homero hizo el poema hace unos 2700 años. Hace 2600 años ya se dibujaban al caballo de Troya y a Odiseo clavándole la estaca en el ojo a Polifemo. Desde hace 2500 años ya existían copias escritas más o menos estandarizadas sobre los poemas. En esos años Homero ya era parte central de la educación de los pueblos que hoy denominamos Grecia. Platón y Aristóteles utilizaron la historia para desarrollar su filosofía. Hace 2000 años el poeta Virgilio acudió a estas historias para escribir el mito popular del linaje de Roma. Para esa época Odiseo/Ulises ya era tomado como modelo de astucia y sabiduría. Hace 700 años Dante hizo que Odiseo/Ulises protagonice uno de los círculos del infierno. Y desde hace varios siglos que La Odisea se toma como molde de qué vive, más o menos, a una persona mientras se convierte en héroe.

Nolan no está obligado a ilustrar a Homero. Pero desde el momento en que llama a su película La Odisea hay rasgos del original que dejan de ser apenas una referencia asordinada. Al poema, al mito y al héroe hay que toquetearlos con cierto pudor.

Puedo entender la inexistencia de dioses como signo de una cultura y una época descreída, que se retira de los credos y de las religiones. También la supresión de episodios, y hasta su superposición, para someter la trama a las necesidades de la narración. Pero para la película La Odisea de Nolan, en los 10 años que le lleva la vuelta, el héroe no crece en sabiduría sino en arrepentimiento. En lugar de enfrentar las responsabilidades de su reino una vez que regresa, Odiseo le tira el fardo a su hijo. En lugar de tener sexo, placer y goce, Odiseo sufre y llora. No cae en las tentaciones frente a la belleza de Circe y Calipso. No come asados con sus colegas. Miente y engaña bastante poco. No se enfrenta a los dilemas de elegir entre pérdidas. Aparece despojado de toda vanidad. No se ve obligado al re establecimiento del reino ni se le opone ningún familiar de los pretendientes que acaba de asesinar. Atenea es la imagen de un remordimiento del héroe y no la inteligencia que observa, calcula, manipula, guía y aconseja.

Odiseo, “varón polifacético, experto en ardides, multiforme, de múltiples tretas, de muchos giros, de muchas astucias, de planes variados, de innumerables recursos, de muchos pensamientos” queda como el autor de un par de trampas y como un recipiente de angustias y arrepentimientos de una época. “¿Qué hemos hecho?”, se pregunta un Odiseo atormentado. Y Nolan induce a preguntarnos, también, sobre los remordimientos que debemos tener en nuestra cultura.

En el poema evoluciona una construcción hermosa que se va perdiendo completamente en el cine, y es el hecho de que Odiseo, al contar él mismo lo que le pasó, es un creador de su propia leyenda. Odiseo miente y convence, inventa la grandilocuencia de sus intervenciones, cuenta su historia sin testigos y diseña con cálculo la imagen que proyecta sobre sí mismo. Le corresponde Penélope, engañadora y creadora de historias como él. Nolan evitó enredarse en esta puesta en abismo y en esa complicidad última entre marido y esposa.

Otro rasgo de época que Nolan incrustó en esta historia es la falta de sexo, de deseo y de seducción. En la versión de Homero, Odiseo tiene relaciones con Circe, Calipso y Penélope, explícito y con placer. Y tiene escenas de enamoramiento y seducción con Nausicaa, la hija de Alcínoo, rey de los feacios. En esta versión es incapaz de transmitir momento como éste:

El sol se sumergía y la oscuridad llegaba.

Y llegando ellos a lo más recóndito de la cóncava gruta

disfrutaron del amor acostándose uno junto al otro. 

En la película Ulisse, de 1954, dirigida por Mario Camerini y Mario Bava y protagonizada por Kirk Douglas, Silvana Mangano y Anthony Quinn esas escenas sí están, como están también la astucia, la mentira, el deseo, la tentación, la belleza de los cuerpos mostrados y usados para la seducción, la tentación de los ojos, la alegría de vivir y la tristeza de extrañar y de morir. Esta versión imperfecta y humilde es más homérica que la de Nolan y, aunque también resume y omite, no se le escapan cuestiones de lo esencial, ni se pierde elementos de la historia que tiene servidos en bandeja. Por ejemplo el episodio con los cíclopes y Polifemo.

En el poema La Odisea este episodio es mayor. Odiseo triunfa por su astucia. Y por su vanidad se ve condenado a deambular por diez años. Está la astucia de “nadie” y la vanidad con “soy Odiseo”.

Cuando Polifemo le pregunta su nombre, Odiseo contesta:

Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman 

mi madre, mi padre y todos mis compañeros.

Luego de que Odiseo le quemara el ojo, Polifemo llama a los otros cíclopes y cuando le preguntan quién le hizo daño, Polifemo contesta: “Nadie”. Gracias a esa astucia Odiseo pudo escapar. Pero, por vanidad y reconocimiento, y para dejar de ser un “nadie”, Odiseo comete el error que lo condenará para su vuelta:

“Cíclope, si alguno de los mortales hombres

te pregunta por la ceguera infame de tu ojo, 

dile que lo ha dejado ciego Odiseo, conquistador de ciudades, 

el hijo de Laertes que tiene su casa en Itaca.”

Y luego de eso, Polifemo le pide a su padre Poseidón que castigue al rey.

En La Odisea de Nolan la geografía y los personajes del Hades están a la altura de la historia, pero para subrayar parte de los tormentos y los arrepentimientos del héroe la película sacrifica la presencia de Aquiles y de Anticlea, mamá de Odiseo. En Homero el héroe se entera en el Hades que su mamá había muerto. De Aquiles todos nos perdemos su presencia heroica y su resignación de defensa de la vida por sobre el prestigio:

Dijo Odiseo:

“… Aquiles, 

ningún hombre es más afortunado, ni lo será en el futuro; 

pues antes, cuando vivo, te honrábamos igual que a los dioses 

los argivos, y ahora de nuevo gobiernas entre los difuntos 

aquí abajo. Por tanto, no te entristezcas de haber muerto, Aquiles”.

Aquiles le respondió:

“No intentes consolarme de la muerte, ilustre Odiseo. 

Preferiría estar sobre la tierra y ser un siervo en casa de otro, 

no un terrateniente, sino alguien que no tuviera gran fortuna,

antes que reinar sobre los difuntos que han perecido”.

Otra gran anécdota que pierde Nolan es el modo en que Odiseo le dice a Calipso que prefiere a Penélope.

Calipso le dice a Odiseo:

Laertíada, de linaje divino, Odiseo, pleno de inventiva,

¿así a tu querido hogar y a tu tierra patria

al punto ahora quieres ir? Que te vaya bien de todos modos.

Pero si supieras en tu mente cuántas tristezas el destino

te va a deparar antes de que llegues a tu tierra patria,

aquí permanecerías conmigo para guardar esta casa

y serías inmortal por más deseo que tengas de ver

a tu esposa, a la que siempre añoras cada día.

Yo alabo en verdad no ser inferior a aquella

ni en porte ni en estatura, puesto que jamás conviene

a las mortales competir con las inmortales en figura y belleza.

Y Odiseo le contesta:

«Soberana diosa, no te exasperes conmigo, sé muy bien

todo esto, cuánto te es inferior la discreta Penélope

en belleza y altura al contemplarla de frente,

pues ella es mortal y tú inmortal sin vejez.

Pero aun así quiero y deseo cada día

a casa retornar y ver el día del regreso,

pero si alguno de los dioses me destroza en el vinoso ponto,

lo sufriré en mi pecho con ánimo paciente;

pues ya sufriendo mucho soporté muchas cosas

entre las olas y la guerra. Después de eso que venga esto.

Lo que sí está muy bien proyectado en la película es Antinoo, el líder de los pretendientes. Robert Pattinson la rompe. El sí es astuto, totalmente malvado, y argumenta algunas responsabilidades como hombre de Estado. Este Antinoo es sensual y estadista, un espejo casi perfecto para reemplazar al rey que no aparece. Lo que le falta es un código moral. Y la potencia que demuestra tener Odiseo.

Penélope decide para los pretendientes la prueba decisiva. Si quieren su cuerpo, su reino y su hogar tendrán que armar el arco, tensar la cuerda. Deberán demostrar que pueden poner la cuerda dura, para que luego su flecha penetre, uno tras otro los orificios, alineados entre las hachas.

Penélope es menos pícara que en la historia tradicional, y a Odiseo y a ella se los despoja de la hermosa situación de la cama. El rey Odiseo construyó el dormitorio alrededor de un árbol de olivo, cortó y trabajó el tronco, y lo convirtió en uno de los pies de la cama. Aún después de decirle que era él, aún después de que Telémaco lo reconociera, aún después de la matanza de los pretendientes y las criadas, Penélope sometió a Odiseo a una última prueba y Odiseo la superó cuando le dijo por qué no se podía mover su cama. La cama y la trama de los ardides tejían su relación.

La película pierde, también, el hecho de que los dioses hacen durar más esa noche para que ambos puedan amarse y contarse cosas por un tiempo más prolongado.

Pero, en la historia original, luego de esa noche viene el intento de venganza de los familiares de los pretendientes, ajusticiados por Odiseo y su hijo Telémaco. Odiseo está dispuesto a otra carnicería, a clavar flechas, lanzas y que se derramen sangre y vísceras. La matanza se frena por intervención de los dioses. Luego del caos se restaura la reconciliación.

Según la versión original, Odiseo moriría viejo y en paz, o al menos eso predice Tiresias en el Hades. Otra versión más tardía, la Telegonía, lo hace morir en manos del hijo que supuestamente Odiseo tiene con Circe. En esta versión de Nolan, débil y resignada, Odiseo deja el reino estallado en manos de Telémaco, y parte hacia occidente junto a Penélope para ver juntos, y varias veces, el atardecer.

Es tan linda, y tan potente la versión de Dante Alighieri en el Infierno de La comedia que la voy a copiar acá. Dante se encuentra a Odiseo en la octava fosa del octavo círculo, donde están los condenados por fraudulentos y engañadores. Dante no había leído a Homero, pero sí La eneida y las interpretaciones de los filósofos. Importa mucho menos su condición de pecador (importa mucho menos que en la película de Nolan, al menos) que la de aventurero.

Cuando Virgilio, a pedido de Dante, le pregunta a Odiseo cómo murió, Odiseo responde así:

(…) ni el dulce hijo, ni la reverencia

por el padre, ni el vínculo de amor

que debía a Penélope devota,

pudieron apagar en mí el ardor

por recorrer el mundo y conocer

los vicios de los hombres y el valor.

Por eso me lancé al abierto mar

con tan sólo una nave, y la pequeña

tripulación que no me quiso desertar.

(…)

«Oigan, hermanos», dije, «que tras muchas

pruebas llegan ahora al Occidente:

a la poca vigilia que les queda

a los sentidos nuestros no le nieguen

la experiencia de hallar tras del Sol,

hacia el mundo sin gente.

Consideren su origen: a vivir

como brutos no han sido destinados,

sino a buscar la virtud y el saber.»

Y luego describe su muerte. Dante depositó en Odiseo la inquietud y el clima de época propio del renacimiento, y que un poco menos que doscientos años después llevaría a Colón a descubrir América.

Nolan también hizo un Odiseo pecador, pero por su arrepentimiento y sus confesiones quizás, quien sable, haya esquivado el infierno. No lo pudo despojar de su condición de pagano. No le resultó tan fácil como sí fue poner un barco vikingo.

Más allá de sus características intrínsecas, la película de Nolan es un acontecimiento. No tanto por su tema (la versión protagonizada por Ralph Fiennes, de hace dos años, pasa desapercibida, al igual que la serie sobre La Ilíada disponible en Netflix) sino por la cantidad abrumadora de copias con las cuales salió a la cancha, a la vez, en todo el mundo, y porque con varias polémicas (el casting, los cambios respecto a la fuente original) facilitó la curiosidad y el estar en la boca de todos. De allí su cercanía y luego su valoración por provocar que muchos estén hablando y escribiendo de la obra inicial de la literatura occidental y el canon que modeló la figura del héroe en nuestra cultura.

Con suerte, esperemos, vendrán otras odiseas.

(Las traducciones de “Odisea” corresponden a la edición de Colihue con traducción de Marta Alesso y la de la Comedia a “El Infierno de Dante Alighieri” de editorial Audisea con la traducción de Alejandro Crotto. Ambas excelentes).

Publicado en Perro Blanco el 4 de septiembre de 2026.
Link https://www.perroblanco.net/la-odisea/
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