No hace mucho tiempo, el presidente Trump amenazaba a Irán con la muerte de “toda una civilización”. Fueron unas palabras que sembraron la inquietud en todo el mundo y hubo quien especuló sobre si EE. UU. usaría el arma nuclear. En Francia, donde ahora me encuentro, se trajo de nuevo a la actualidad un difundido artículo de Paul Valéry, publicado en la revista literaria londinense The Athenaeum en 1919 y que más tarde formó parte de su libro La crisis del espíritu. Valéry escribía con el impacto en su ánimo de la Primera Guerra Mundial. No conoció directamente las trincheras y trabajó para su gobierno en tareas administrativas, aunque se dio cuenta de que Europa no volvería a ser lo que era tras cuatro años del conflicto más devastador conocido hasta entonces. Entonces escribió aquello de “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales… Elam, Nínive, Babilonia eran bellos y vagos nombres y la ruina total de esos mundos tenía tan poca significación para nosotros como su misma existencia. Pero Francia, Inglaterra y Rusia serían también bellos nombres… Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida. Las circunstancias que llevarían a las obras de Keats y de Baudelaire a unirse a las obras de Menandro no son por completo inconcebibles: están en los periódicos”.
Paul Valéry tenía nostalgia del mundo anterior a 1914, en el que el progreso científico-técnico prometía poner la felicidad al alcance de todos. Sin embargo, pocos podían suponer que una ola de irracionalidad, que fue la semilla de los totalitarismos posteriores, inundaría a Europa y su civilización. A nosotros nos pasa hoy algo parecido. El mundo ha cambiado abruptamente en la década actual, aunque antes existieran indicios de que eso podía suceder. Europa ha despertado bruscamente a dos realidades: que hay “un nuevo sheriff en la ciudad”, tal y como proclamó J. D. Vance en Múnich en 2025, y que los EE. UU. de hoy no son los mismos que desembarcaron en la playa de Omaha en 1944. Ha intentado tranquilizarse y creer que esto es una tormenta pasajera que, un día u otro, las urnas corregirán al otro lado del Atlántico.
Pero, mientras esto sucede —o no—, Europa está siendo consciente de que se encuentra sola frente a los imperios. Cabría preguntarse, tal y como hizo Valéry en 1919, si su destino es el de quedar reducida a una pequeña península del continente asiático. Son imperios obsesionados por nostalgias del pasado y agravios históricos que quieren corregir por la fuerza, si es necesario, sobre todo el norteamericano y el ruso. En cambio, el chino, de momento, parece moverse con la discreta lógica de la estrategia de Sun Tzu en El arte de la guerra, pero eso podría cambiar si algún día Xi Jinping decide que ha llegado el momento de mostrar el poder del dragón chino. Los imperios sueñan con retornos a una edad de oro que, en realidad, nunca existió, y aspiran a poner fin a lo que interpretan como una época de decadencia. Tales planteamientos representan una amenaza para cualquier civilización desde el momento en que la política interna y externa se reduce a un tema de amigos y enemigos. Además, conducen a un mundo de “suma cero” en el que los únicos acuerdos perdurables son los que establecen los fuertes a costa de los débiles, tal y como ha sucedido en otros momentos de la historia.
La historia también nos enseña que hay que desconfiar de las ideologías y movimientos políticos que están obsesionados por la decadencia. Son los mismos que desprecian todo lo que no sea su propio nacionalismo. Quienes no comparten su visión del mundo encajarían en los calificativos usados por Oswald Spengler en La decadencia de Occidente: “Son hombres sin instintos, esclavos de la lógica, los que reemplazan la realidad por la lógica, la fuerza de los hechos por una justicia abstracta, el destino por la razón”. Vivimos tiempos de instintos, emociones e intuiciones, en los que se desprecia la historia como maestra de la vida, tal y como decía Cicerón, y el poder se propone reescribir la historia a su medida. No es extraño que Spengler despreciara a Tucídides como historiador, pues solo le parecía útil para describir su concreto presente, el de las guerras entre Atenas y Esparta, pero no para interpretar el pasado y menos aún atisbar el futuro. No opina así el politólogo Graham Allison, que ha advertido, desde hace años, contra la trampa de Tucídides al considerar la posibilidad de un enfrentamiento entre EE. UU. como potencia dominante y China como potencia emergente.
Paul Valéry era, además, consciente de que las civilizaciones no desaparecen solo por el ataque de imperios mucho más poderosos. Lo que puede corroer por dentro a las civilizaciones es la aparición de líderes fuertes, que Spengler calificaba como “hombres de Estado”, los nuevos césares que quebrarían, según él, “la dictadura del dinero y su arma política, la democracia”. Si contemplara el mundo de hoy, podría apreciar que el cesarismo es capaz de quebrar la democracia, pero no la dictadura del dinero, desde el momento en que sus líderes son incapaces de distinguir entre el patrimonio público y el patrimonio personal.
Cabe asegurar que una civilización entra en crisis cuando deja de producir y compartir formas de pensamiento que aspiran a lo universal. Valéry escribió en su artículo que “la paz es quizás el estado de cosas en el que la hostilidad natural de los hombres se manifiesta en creaciones, en lugar de traducirse en destrucciones como hace la guerra”. Como ensayista literario que era, nuestro escritor no reflexionó sobre la relación entre la paz y la justicia. Pero lo cierto es que, desde el momento en que un régimen político hace suya, con los hechos, la afirmación de Hobbes en Leviatán de que la autoridad, y no la verdad, es la que hace la ley, hay una amenaza para su propia civilización y para las demás. Esa actitud me recuerda a la de los senadores romanos que, a finales del siglo IV, en un Imperio oficialmente cristiano, quemaban incienso ante el altar de la diosa de la Victoria. Confundían el éxito militar con la justicia, tal y como recuerda san Agustín en La ciudad de Dios.
Publicado en Agenda Pública el 26 de abril de 2026.
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