La economía argentina concentra su crecimiento en una parcialidad de sectores, petróleo, minería, agro y entidades financieras, mientras otra parte importante de la actividad, industria, construcción, comercio retrocede.
Esta realidad no sólo tiene importancia económica, sino que también presenta consecuencias políticas, mirando el año próximo, dado que los sectores en retroceso son empleo intensivo y tienen predominancia en las regiones con más votantes.
Para proyectar el escenario 2027, bajo la premisa de que el bolsillo o mejor dicho, “la billetera virtual” importa a la hora de votar, es necesario confirmar si la gran disparidad sectorial actual es consecuencia del cambio de régimen y de su secuencia de instrumentación o estamos frente a una transición cuyos costos se alivian o desaparecen en el corto plazo, mejorando sustancialmente la situación de los actuales perdedores.
Como esta situación se compara con las condiciones previas, un breve repaso.
El punto más importante, para lo que estamos tratando de evaluar, es que el kirchnerismo fue un régimen intensivo en incentivos al consumo, financiados con gasto público, y/o con controles y regulaciones a empresas privadas.
Los subsidios al consumo se concentraron en precios artificiales para los servicios públicos, con gasto estatal y con controles tarifarios a las empresas proveedoras de estos servicios, las que, por supuesto, ajustaron por calidad y reducción de inversiones.
Los menores costos fijos de las familias aumentaron el ingreso disponible para destinar a otros consumos. Estos subsidios, se complementaron con la defensa de “la mesa de los argentinos”. Prohibiciones de exportar, controles de precios, impuestos a la exportación, precios diferentes para el mismo producto, líneas de crédito especiales, etc. Y, finalmente, un esquema de “ayuda social” con intermediación parasitaria.
La economía cerrada y el capitalismo de amigos hicieron lo suyo en materia de rentabilidad empresaria, y el cepo incentivó artificialmente la inversión de las empresas que trataron de evitar que se les licuaran las utilidades.
Por supuesto, un sistema basado en subsidios al consumo financiados con gasto público, y al final del día con el Banco Central, y con desaliento o limitaciones a la oferta terminó como terminó. (El paréntesis de la Presidencia Macri no califica como cambio de régimen).
El período K. como toda artificialidad, fue lindo mientras duró, hasta que explotó. Y tuvo sus ganadores y perdedores.
El presidente Milei vino a imponer otro drástico cambio de régimen. El necesario superávit fiscal tuvo un componente muy importante en la reducción de los subsidios al consumo. Un subsidio es un impuesto negativo, de manera que eliminarlo es equivalente a aumentar un impuesto. Llevar los gastos de capital a cero terminó con la corrupción, pero por el absurdo. Si no se gasta no hay corrupción.
Recién ahora, con el sistema de financiamiento privado de algunos corredores viales que luego pagan los consumidores se empiezan a reactivar algunas obras.
El uso del tipo de cambio como ancla antiinflacionaria y la bienvenida eliminación de las restricciones a la importación presionan sobre la actividad y rentabilidad de los sectores de bienes transables, pero conviviendo con el problema China y la incertidumbre de Trump, que hubiera ameritado un tratamiento especial. El salario real y el empleo del sector público nacional, provincial y del sector formal de la economía caen en medio del ajuste público y privado. A favor, el nuevo esquema de incentivos que favorece la producción y exportación de petróleo, minería y en un futuro gas y la eliminación de restricciones a la exportación que también incentivan a la oferta.
Como no se siguió la secuencia que en su momento anunciara el presidente, no hubo reforma tributaria, no hubo mejora en la infraestructura, recién ahora empieza la reforma de las relaciones laborales, y el federalismo tampoco se transformó, por razones políticas, resulta difícil identificar cuántos más ganadores hubieran ganado y, viceversa, cuantos menos perdedores habría con el actual esquema.
Contestando, entonces, la pregunta arriba formulada, este mapa de ganadores y perdedores no es una situación transitoria, es consecuencia del cambio de régimen, pero con mayores costos derivados de la secuencia de instrumentación y de los errores de política monetaria del segundo semestre del año pasado que interrumpieron el crecimiento del mercado de capitales y que hubiera permitido suavizar en parte los costos de transición.
En el corto plazo, parece que esto es lo que hay. Un año 2027 parecido, o una leve mejora, dependiendo del grado de incertidumbre electoral.
Puede alcanzar igual para ganar una elección dependiendo del diseño electoral y quién sea la oposición.
¿Hay algo que podría hacer el gobierno para mejorar el panorama sin violar las bases del cambio de régimen?
Flexibilizar la política monetaria para estimular el crédito al sector privado luce difícil en un contexto de morosidad de las familias, temor a perder el empleo, salario real con estabilidad o leve mejora, e informales que no son sujeto de crédito. Los dólares que eventualmente salgan del colchón forman parte de los dólares que se quieren ahorrar, no gastar. De hecho, ese ahorro en dólares sigue creciendo.
La idea de fomentar el descalce en dólares de las familias ofreciéndoles crédito en esa moneda con un tipo de cambio de partida percibido como barato y sin prestamista de última instancia en esa moneda suena arriesgada. Se podría aquí sí aplicar la idea de la “Banca Simon” y estimular la colocación de instrumentos en dólares de las entidades financieras a su riesgo y en función de su capital, pero, otra vez, el problema es la demanda. De hecho, en créditos a largo plazo es superior para las familias tomar crédito en UVA que en dólares, no se descalzan y hay prestamista de última instancia.
La situación fiscal tampoco brinda mucho margen para el estímulo a la demanda. El Tesoro tiene que renovar deuda en pesos y tiene que llevar pesos al Banco Central para comprar dólares, en medio de un programa financiero desafiante de colocación de deuda en dólares local, y de compra de dólares por parte del Banco Central, en un año en que la dolarización “crocante” claramente aumenta. Es más, el gobierno está anunciando que tiene “poder de fuego” para vender dólares.
Una alternativa podría ser, colocar deuda en el mercado internacional para reducir la necesidad de pesos del Tesoro para comprar dólares, tranquilizando el horizonte de deuda del año próximo y aliviando, simultáneamente, las necesidades de compras del Banco Central y permitiendo algunos pesos fiscales para destinar a obras bien diseñadas y sin corrupción.
O, eventualmente, repetir el 2025 con Trump o Bessent llamando a Kristalina.
Pero, al final del día, “Este es el modelo” diría el Presidente.
Publicado en Clarín el 10 de agosto de 2026.








