En el marco de la Feria del Libro de Buenos Aires, se presentó el libro El Juicio a las Juntas Militares, editado por Eudeba y por la Universidad de Salamanca. En palabras de Carlos Arslanian, el libro compilado por Ignacio Berdugo, Guillermo Mira y Fernando Pedrosa, es “la mejor obra publicada sobre el tema”. En la presentación del mismo fueron especialmente precisas y esclarecedoras las palabras de Paula Quatrocchi, que transcribimos a continuación.
Quiero empezar agradeciendo sinceramente la invitación a participar como comentadora de este libro. Es un honor, pero también una responsabilidad. Porque no estamos frente a un libro más. Estamos frente a un trabajo que toca un punto muy sensible de nuestra historia reciente y, al mismo tiempo, algo que sigue completamente abierto: la manera en que como sociedad recordamos lo que nos pasó. Y en ese sentido, creo que este libro tiene un valor particular. No sólo por lo que dice sobre el Juicio a las Juntas, sino por cómo nos obliga a pensarlo hoy, desde el presente, desde nuestras propias preguntas.
Como Profesora de la Facultad de Psicología me gustaría basarme en un concepto fundamental de la psicología social con el cual se puede leer en clave algunos aspectos de este libro: la memoria colectiva. Cuando hablamos de memoria colectiva, no estamos hablando simplemente de recordar el pasado. Tampoco estamos hablando de una suma de recuerdos individuales. La memoria colectiva es otra cosa: es un proceso social. Es la forma en que los grupos, las sociedades, construyen, transmiten, reorganizan y también, a veces, silencian lo que pasó. Sabemos, por ejemplo, que la memoria no está “dentro” de las personas solamente. Se construye en interacción, en lo que se dice y en lo que no se dice, en las conversaciones familiares, en los medios, en la escuela, en los rituales públicos. Recordar es una práctica social, lo cual implica algo importante: el pasado no está fijo. Se reconstruye, se reorganiza en función del presente. Cada sociedad, en cada momento, vuelve sobre su historia y la resignifica, una y otra vez.
Por eso, la memoria colectiva no es neutra sino que tiene efectos y moldea actitudes, emociones, y formas de ver el mundo. Influye en cómo respondemos a los problemas actuales y desde ahí, podemos entender mejor qué significó —y qué sigue significando— el Juicio a las Juntas militares. El juicio no fue sólo un hecho jurídico sino, ante todo, un acontecimiento de memoria colectiva. Implicó un momento en el que una sociedad empezó a organizar de otra manera el relato sobre su propio pasado. Hasta ese momento, lo que había era fragmentación, miedo y silencio. El terrorismo de Estado no sólo había producido desapariciones, torturas y muerte sino que también había desarticulado los vínculos sociales, había instalado la desconfianza entre los ciudadanos y había vuelto peligroso hablar.
En ese contexto de la Argentina, el juicio hizo algo fundamental al habilitar la palabra. Posibilitó que los testimonios circularan y que las experiencias individuales empezaran a formar parte de un relato colectivo. La memoria colectiva empieza a surgir acá, porque precisamente se construye en ese compartir. Numerosos estudios muestran que cuando en una familia o en un grupo se habla más sobre hechos traumáticos del pasado, eso no sólo aumenta el conocimiento, sino que también influye en la forma en que se los valora y se los interpreta. Vale decir, no da lo mismo hablar que no hablar. El Juicio a las Juntas fue, en ese sentido, un gran dispositivo social de elaboración. Abrió un espacio donde lo indecible empezó a tener lugar y estableció un marco fundamental porque la memoria colectiva no se construye en el vacío sino que se apoya en instituciones, en rituales, y en prácticas sociales que le dan forma. El juicio fue así una institución que organizó el recuerdo. No sólo porque juzgó a los responsables, sino porque produjo una narrativa legítima sobre lo ocurrido. Proclamó, de manera pública y estatal, que eso había sido un crimen, que no era una “guerra sucia”, ni un exceso, ni algo discutible sino una violación sistemática de derechos y una organización para llevar adelante el mal.
Todo esto tuvo un efecto social muy profundo porque organizó un criterio ético. Desde ese punto de vista, el juicio puede pensarse como un acto institucional fundante porque establece las bases simbólicas de una nueva forma de convivencia. Esta nueva forma de convivir tuvo una sentencia inolvidable “Nunca Más”. Desde el sentido común, muchas veces lo pensamos como una consigna pero desde la memoria colectiva es algo mucho más complejo. El “Nunca Más” funciona como una condensación simbólica, como una frase que organiza el recuerdo y lo direcciona en un compromiso hacia el futuro. No es casual que haya adquirido ese lugar ya que las memorias colectivas necesitan anclajes compuestos de símbolos, palabras, imágenes que sinteticen ciertos sentidos compartidos.
Ahora bien, estos símbolos no son neutrales, sino que están ligados a la identidad. La memoria colectiva cumple, entre otras cosas, una función de identidad social. Nos dice quiénes somos como sociedad, qué valores sostenemos, qué cosas no estamos dispuestos a aceptar. En ese sentido, el “Nunca Más” no sólo recuerda sino que define un límite al que la sociedad le dice que no.
Sin embargo, otra característica de la memoria colectiva es que no es única ni homogénea. Esta compuesta de tensiones, disputas, y distintas versiones del pasado. Podríamos decir que no existe una memoria cerrada. Justamente por eso, algunos acontecimientos como el Juicio a las Juntas adquieren un peso especial. No porque haya eliminado las diferencias, sino porque estableció un piso común, un mínimo desde el cual discutir. Y eso, hoy cuarenta años después, sigue siendo central porque la memoria no se conserva sola, se transmite, se reinterpreta, se disputa. Cada generación vuelve sobre ese pasado, lo lee desde su propio presente, lo resignifica. Y ahí es donde este libro cobra todo su valor ya que no se limita a contar lo que pasó sino que interviene en esa construcción de memoria. Aporta elementos para pensar, para discutir, para no simplificar, y sobre todo, para sostener algo que no es tan sencillo como a veces parece como recordar. No por una cuestión nostálgica, ni por repetición ritual, sino porque, como bien muestra la psicología social, la forma en que recordamos influye directamente en cómo vivimos hoy, en cómo entendemos la democracia, en qué esperamos del Estado, en qué consideramos tolerable y qué no. Por eso, el Juicio a las Juntas no es sólo un hecho del pasado, sino que es parte de nuestro presente.
Por ultimo, pero no por eso menos importante, agradezco de verdad estar acá, formando parte de esta presentación. Pero sobre todo agradezco la posibilidad de pensar en voz alta algo que nos atraviesa como sociedad. Porque, en definitiva, este libro, y este encuentro, no tratan sólo sobre lo que pasó sino que tratan sobre lo que hacemos hoy con eso que pasó. Y esa, me parece, sigue siendo una de las preguntas más importantes que tenemos que hacernos como sociedad.
Muchas gracias.








