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Opinión 22 02 2021

La maldición del populismo


Autor: Luis Roque Otero Monsegur









A partir de la Primera Guerra Mundial comienza a surgir en el mundo occidental, y cada vez con mas frecuencia, el llamado “estado de excepción”. Es decir, situaciones calificadas de “extraordinarias” que justifican “medidas de protección” para el Estado amenazado, no sólo por hechos militares, sino también económicos.

El Estado tendrá más poder y los ciudadanos menos derechos. Ese “estado de excepción” justifica la suspensión del derecho, o de los derechos individuales. La necesidad crea su propia ley, o no reconoce ley alguna.

En ese entorno, surgen gobiernos autoritarios con lideres a quienes se les reconoce superioridad de conductor y posiciones ideológicas que se alejan de la democracia liberal. “Un pueblo, una nación, un líder¨, era el lema del nacionalsocialismo. Mussolini, por su parte, opuso a los principios de la Revolución Francesa la consigna “creer, obedecer, combatir”.

La fragilidad institucional era una condición necesaria para la emergencia de estos gobiernos y en especial, del populismo. La incapacidad del sistema político de procesar las demandas populares generaba estas situaciones.

El populismo entendió la democracia como la ocupación de espacios públicos de los cuales los pobres y los “no elegidos” estaban excluidos. Un pueblo “virtuoso” frente a una elite “corrupta”.

Gino Germani dirá que, el populismo es una forma de dominación autoritaria que incorporaba a los excluidos de la política. Es democracia “inorgánica”, una forma de entender la democracia como participación política no mediada por instituciones y que se subordina a la adhesión de liderazgos autoritarios.

En Argentina, terminada la Segunda Guerra Mundial, Perón define que “la verdadera democracia es aquella en la que el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés, el del pueblo”. Está claro que el pueblo es el único depositario de “la virtud cívica ”.

Esta “participación directa” intentaba evitar los intermediarios, los representantes, los políticos, pues todos ellos, potencialmente, alteran o interfieren con la voluntad del pueblo. Obviamente, “la voz del pueblo” es la de su líder carismático. Este se impone como la voz única de un pueblo unido:“Yo llevo en mis oídos la mas maravillosa música que, para mí, es la Palabra del pueblo argentino”.

En ese contexto político turbulento y de intervención de las Fuerzas Armadas en el poder, el movimiento peronista identifica al pueblo con la Nación, al partido con el Estado y Perón, es ungido Líder Supremo del Movimiento.

Esta democracia, expresión directa del pueblo, es una concepción alejada del constitucionalismo liberal, en especial, de la división de poderes. Para el populismo, la política es un obstáculo que separa al pueblo de la satisfacción de su voluntad. El populismo se basa en la visión del hombre subordinado a su comunidad de pertenencia. La idea de la comunidad por sobre la individualidad.

Lograr una comunidad férrea y unida, como lo pretende el populismo, requiere imponer una ideología de Estado , un “catecismo ideológico”, una doctrina, a la que todos los ciudadanos debían obedecer como manifestación categórica de la unidad del pueblo.

El deber de obedecer es imperativo en las organizaciones verticales con un jefe poderoso y la uniformidad exigida a los ciudadanos implica la negación de la diversidad y finalmente, la persecución al disidente.

La doctrina del movimiento desarrolla el concepto de “La Comunidad organizada” (1949) que es un proyecto alternativo al capitalismo liberal y al colectivismo soviético. La tesis es que el individuo sólo se realiza en una Comunidad, y su destino es el del conjunto de la colectividad. Se trata de la democracia social, participativa y humanista. El sujeto político de la “Revolución Justicialista” es el pueblo organizado autónomamente y no el individuo o el Estado.

La cultura liberal que exalta el éxito personal, el bienestar material y la racionalidad económica, la propiedad privada y los derechos de los individuos implica tanto como sostener la centralidad del individuo. Esto atenta contra la comunidad igualitaria y el sacrificio de la libertad individual.

En definitiva, en el populismo priman los derechos sociales comunitarios por sobre los derechos civiles individuales.Por esa razón, controla que la población no escape del aparato del Estado.

El desafio político de una democracia es conciliar los valores de la libertad y de la igualdad, lo mismo que hace la democracia entre orden y libertad.

Quisiera rescatar un párrafo del articulo de Norma Morandini “La banalidad de siempre obedecer”, publicado en el Diario La Nación, el 4/2/2021: “Así comienzan los totalitarismos, negando los derechos a tener derechos.Un mal de nuestra época que sobrevive a la caída de las dictaduras, pero puede aparecer en gobiernos autoritarios, onmipotentes, que por no poder solucionar las miserias de la pobreza y las crisis económicas y políticas caen en la tentación de convertir a los seres humanos en superfluos, prescindibles reducidos a los números de la pandemia o aislados como en cárceles”.

El populismo ha logrado la consagración de lideres autoritarios que construyeron un mega Estado que controla y regula toda y cualquier actividad. De cualquier manera, ha sido pobre la gestión tendiente a resolver los reclamos de los excluidos. 

Publicado en Clarín el 22 de febrero de 2021.