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La Ley de Amnistía venezolana en clave de supervivencia del chavismo-madurismo

La Ley de Amnistía en Venezuela, presentada como un gesto de reconciliación, se revela en su trasfondo como una operación de poder cuidadosamente diseñada. No surge de un impulso genuino de justicia, sino de la necesidad del chavismo de recomponer su legitimidad tras la caída de Maduro y de blindar a sus cuadros frente a la presión internacional. La paradoja es evidente: se libera a algunos presos políticos, pero se protege a los responsables de crímenes cometidos desde el Estado. El dilema moral se impone: aceptar un instrumento espurio para salvar vidas, aun sabiendo que perpetúa la impunidad de los verdugos.

La amnistía se convierte en un escudo geopolítico. Washington la interpreta como parte de un paquete de concesiones exigidas para legitimar la transición, mientras la ONU advierte que sin verdad y reparación es insuficiente. El chavismo, sin embargo, no busca justicia transicional, sino sobrevivir. El mensaje hacia sus aliados es claro: incluso en la derrota, el poder se protege a sí mismo. La impunidad se transforma en moneda de negociación, en un recurso diplomático que permite al régimen presentarse como magnánimo ante la comunidad internacional, mientras preserva intacta su capacidad de represión interna.

El discurso oficial habla de perdón, pero lo que ofrece es olvido. El perdón implica reconocimiento de culpa, mientras que el olvido borra el hecho sin asumir responsabilidad. La sociedad venezolana se enfrenta así a una operación de borrado de memoria: se liberan presos, pero se ocultan los crímenes del Estado. La reconciliación sin verdad es una reconciliación falsa, y el contrato social no se reconstruye con decretos que borran delitos sin garantizar no repetición. La memoria colectiva, marcada por años de represión, no se sana con gestos incompletos ni con narrativas diseñadas para el consumo externo.

En el plano económico, la medida busca generar una apariencia de estabilidad. La liberación parcial de presos políticos se presenta como señal de apertura, útil para atraer inversión y aliviar sanciones. Pero si se percibe como impunidad, puede tener el efecto contrario: consolidar la desconfianza internacional y mantener el aislamiento. Incluso en Estados Unidos, la amnistía puede ser utilizada para cuestionar solicitudes de asilo, debilitando la narrativa de persecución política de los exiliados venezolanos. Así, la ley no solo afecta a quienes están dentro del país, sino también a quienes han buscado refugio fuera de él.

La oposición, por su parte, se enfrenta a un instrumento vacío. La mayoría de sus dirigentes y militantes no incurrieron en delitos reales, sino que fueron víctimas de causas fabricadas. La amnistía no les ofrece beneficios sustantivos, porque el verdadero delito lo cometió el Estado al encarcelarlos. Sin embargo, aceptar la ley se convierte en una necesidad pragmática: un pacto imperfecto que permite aliviar el sufrimiento inmediato, aunque perpetúe la impunidad. Es el dilema moral de quienes luchan por la libertad: aceptar un gesto espurio para salvar vidas, aun sabiendo que la verdadera justicia sigue pendiente.

La amnistía, entonces, no es el fin de la lucha, sino apenas un movimiento en el tablero. Es la jugada de ajedrez que sacrifica piezas menores para proteger al rey y a la estructura del poder. Se presenta como reconciliación, pero en realidad es un pacto de silencio, un mecanismo de supervivencia geopolítica disfrazado de clemencia. La verdadera reconciliación exige verdad, justicia y reparación. Sin ellas, la amnistía es solo un gesto vacío, una operación de poder que busca borrar las huellas de los crímenes cometidos y perpetuar la impunidad bajo el manto del olvido.

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Veinte Manzanas

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