En el marco de la Feria Internacional del Libro 2026, la sala Alfonsina Storni reunió a diferentes protagonistas del debate político e intelectual argentino para presentar La huella democrática. Política y economía en el período 1983–1989, ensayo escrito por Jesús Rodríguez y Alejandro Garvie, distinguido con el Premio de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas; editado y publicado por Eudeba.
Los prologuistas, el historiador Natalio Botana y el economista Pablo Gerchunoff, ofrecieron las intervenciones de apertura; los autores cerraron la mesa con sus propias reflexiones.
La coordinadora de la mesa fue Ana Inés González, quien trazó el marco en pocas frases: un ensayo sólido y compacto, de prosa austera, que da cuenta del renacimiento democrático en una Argentina donde estaba todo por hacer. CONADEP, juicio a las juntas, deuda externa feroz, amenaza militar latente, desprestigio internacional, inflación, estancamiento económico, demandas sociales insatisfechas, y la oposición simultánea del sindicalismo, las corporaciones empresariales, la Iglesia y un partido mayoritario que no dio tregua. Una sola enunciación, tomando una palabra del prólogo de Gerchunoff, suficiente para definir ese contexto como sofocante.
Botana: “Una transición sin compromiso entre partidos”
Natalio Botana fue el primero en tomar la palabra. Agradeció la doble invitación -escribir el prólogo junto a Gerchunoff y presentar el libro en la Feria- y comenzó por lo que consideró el rasgo más saliente de la obra: su prosa austera, que reúne la ciencia política y la ciencia económica sin caer en la apología. “Este libro no es un libro apologético”, subrayó. “La apología está en el propio argumento, pero los autores han recurrido a una escritura que habla por sí misma.”
El primer desafío que identificó Botana fue la elección de 1983 y la herencia que cargaba: más de cincuenta años de crisis de legitimidad, desde el golpe de 1930 hasta el retorno democrático. En ese contexto situó la figura de Raúl Alfonsín, a quien conoció en 1972, cuando el dirigente radical ya competía internamente en su partido y había sido derrotado por la fórmula encabezada por Ricardo Balbín. Lo que le impresionó entonces fue que Alfonsín irrumpió como un relámpago en un país donde la disyuntiva política no pasaba por la democracia, sino entre liberación revolucionaria y dictadura. “En esa intersección comienza la gran batalla y la gran trayectoria de Raúl Alfonsín”, afirmó.
Botana describió la potencia de la comunicación directa de Alfonsín -la voz ante la multitud, sin mediaciones tecnológicas-y recordó la concentración de la avenida 9 de Julio como “la manifestación más grande que he visto en mi país”. Pero también señaló que el libro advierte sobre la reaparición, en plena campaña electoral, de uno de los fantasmas históricos de la Argentina: la polarización excluyente, la lógica de la antítesis que bloquea los consensos razonables.
Para Botana, el argumento principal del libro no es el juicio a las juntas -que toca el tema pero no lo convierte en centro- sino algo que él mismo desarrolló en el prólogo bajo el concepto de transición sin respiro y una transición sin compromiso entre partidos: esa idea, dijo, recorre todas las páginas del ensayo, tanto las escritas desde la ciencia política como las escritas desde la ciencia económica. Para ilustrarlo, recurrió a tres comparaciones internacionales.
La primera, España. Botana recordó una cena en Buenos Aires donde compartió mesa con Manuel Fraga Iribarne. Mientras los comensales proponían replicar los Pactos de la Moncloa en la Argentina, Fraga -semi adormecido- le dijo que lo verdaderamente importante de aquellos pactos no fue el acuerdo en sí, sino el hecho de que en una misma mesa estuvieran sentados él y Santiago Carrillo -el líder del Partido Comunista, que había controlado la represión en Madrid mientras Fraga encolumnaba fuerzas bajo Franco- compartiendo la misma comida. Compromiso real entre adversarios históricos.
La segunda, Chile. Botana evocó las reuniones privadas previas a la concertación de partidos bajo Pinochet: una obra de arte, dijo, porque las distancias ideológicas entre los partidos chilenos eran pronunciadas y, sin embargo, lograron articular un acuerdo que fue determinante para la transición. La tercera, Uruguay: no solo hubo acuerdo entre partidos, sino que estos conformaron en coalición el primer gabinete del presidente Julio María Sanguinetti, y fue Enrique Iglesias -del Partido Nacional- quien negoció la deuda externa.
“Este es el punto crucial que separa la transición argentina de estas otras transiciones”, señaló Botana. “No hubo compromiso entre partidos. Hubo una oposición implacable.” Y describió tres niveles de esa oposición. El primero: el peronismo, con sus tres variantes. Una oposición de superficie que en los momentos críticos -las rebeliones militares- sí respondió democráticamente, como en el balcón memorable de la Casa Rosada. Pero por debajo operó, desde 1983 y durante casi seis años, un conflicto entre legitimidades: la legitimidad de origen que reclamaba Alfonsín y la UCR, contra una suerte de legitimidad de ejercicio incubada desde 1946 y representada por la Argentina corporativa, con el poder sindical como su expresión más visible: 3.840 conflictos laborales y 13 paros generales, el primero apenas en agosto de 1984.
El segundo nivel: la división entre la Cámara de Diputados y el Senado. Si en Diputados hubo cohabitación y acuerdos, el Senado fue un dique de contención de todo el impulso reformista. Botana enumeró los casos: la ley de democratización sindical de 1984, bloqueada; el plan Austral, que debió ser desempatado por el vicepresidente Víctor Martínez; el Tratado de Paz y Amistad con Chile, aprobado apenas por un voto en el Senado pese a haber recibido diez millones de apoyos en la consulta popular no vinculante.
Botana cerró su intervención con dos señalamientos. El primero: la transición de 1983 fue, también, una gran propuesta de paz para la Argentina. Antes de ese momento fundador, el país había vivido en un clima de guerra interna, como la llamaban los militares, y también externa, con hipótesis de conflicto vigentes con Brasil y con Chile. Alfonsín, junto a Sanguinetti y José Sarney, estableció las bases del Mercosur: no solo un acuerdo económico, sino un pacto de defensa de la democracia. El segundo: reconoció un desliz feliz en su propio prólogo. Donde quiso escribir “ética” se coló la palabra “épica”. Lejos de lamentarlo, la defendió: “La épica supone el relato de una hazaña, y no hay hazaña sin valores muy firmes y sin esfuerzo. Esa, creo, fue la hazaña de Raúl Alfonsín.”
Gerchunoff: el enigma del reconocimiento y los tildes verde, amarillo y rojo
Pablo Gerchunoff comenzó por donde terminó Botana: advirtió, entre risas, que su colega “ya dijo todo” y que debería hacer un tour de force para agregar algo. Pero tenía su propia pregunta. Una que lo deja perplejo desde hace varios años: ¿cómo es posible que un gobierno que terminó en hiperinflación goce de un reconocimiento creciente? Gerchunoff revisó las hiperinflaciones en el mundo y constató que ningún gobierno que hubiera vivido esa experiencia había sobrevivido en la memoria política con la calidad y la intensidad de reconocimiento que tiene el gobierno de Alfonsín.
Para responder esa pregunta, Gerchunoff propuso un método propio: tildar. Verde para lo que merece reconocimiento sin reservas, amarillo para lo que es más o menos, rojo para lo que hay que revisar.
Primer tilde verde: democracia muy temprana en Sudamérica, en un contexto de enorme incertidumbre. No la primera del continente, pero sí extraordinariamente precoz, y contra gigantes muy poderosos. “Uno no puede encontrar en las experiencias de democratización casos parecidos a esto”, afirmó. Segundo tilde verde: democracia temprana sin impunidad. Gerchunoff recordó el discurso de Ferrocarril Oeste, donde Alfonsín enunció esa promesa, y destacó que la cumplió: en el trazo grueso de la historia, esa decisión fue inviolable.
Tercer tilde verde: la paz con Chile. Gerchunoff coincidió con Botana en su enorme significado, y fue más lejos: la paz con Chile no solo dejaba atrás el mundo militar y sus hipótesis de conflicto con los vecinos, sino que se articulaba con los acuerdos comerciales con Brasil -firmados apenas días antes del discurso de Parque Norte- para construir una idea más amplia: modernización, apertura, el vecino como socio. En una Argentina completamente cerrada sobre sí misma, eso fue, según Gerchunoff, de una importancia tremenda. Cuarto tilde verde: la recuperación de la posición internacional argentina tras la guerra de Malvinas. Gerchunoff destacó la conversación de Alfonsín con Ronald Reagan -no tanto el episodio de plantarse con un papel, sino la conversación de fondo, que dejó a Reagan asombrado ante alguien que había emergido de la democracia y le hablaba de igual a igual.
Quinto punto, tilde amarillo: la intuición de Alfonsín sobre el federalismo deforme. Gerchunoff calificó esa intuición de extraordinaria -nadie la había tenido con esa potencia, aunque sí había antecedentes, como Juan Álvarez en su libro sobre las guerras civiles argentinas de 1914- y la contrastó con la resistencia que encontró dentro del propio gobierno, especialmente en el equipo económico, que veía en el traslado de la capital un aumento del gasto público. La excepción, recordó, fue Adolfo Canitrot, que advirtió en discusiones internas que esa reforma resolvería en el largo plazo tanto la cuestión fiscal como la productiva. “No lo acompañamos”, reconoció Gerchunoff, “no lo acompañamos en una reforma económica y social profunda de la Argentina.”
Tilde rojo: la hiperinflación. Gerchunoff fue preciso: ese gobierno no terminó con la hiperinflación, terminó en una hiperinflación. Y vinculó ese desenlace con algo que el libro señala: la conjunción de democracia naciente con crisis de la deuda. Esa combinación, dijo, otorga por sí sola un 99,9% de probabilidad de que haya hiperinflación. Pero luego agregó un elemento propio: la campaña de Carlos Menem. “Estoy absolutamente persuadido de que la presencia de Menem es fundamental para entender por qué que terminamos en hiperinflación”, afirmó. No se trató de un juicio moral, aclaró, sino de un diagnóstico político: una campaña electoral que liquidó la demanda de dinero y precipitó el colapso. El tilde rojo, en todo caso, vira a naranja oscuro cuando se consideran esas circunstancias.
Garvie: divulgación, épica y servicio militar en tiempos de guerra probable
Alejandro Garvie, coautor del libro, tomó la palabra con gratitud y con una síntesis lúcida del proyecto editorial. Cuando Jesús Rodríguez le propuso trabajar juntos en el texto, no imaginaba que despertarían el entusiasmo de académicos del fuste de Botana y Gerchunoff. A medida que desarrollaron el ensayo, comprendieron que era un libro de divulgación, uno que necesitaba apoyo activo. “Tenemos que hacer el Huella Democrática tour”, dijo Garvie: ir a las universidades, a los centros culturales, revivir esa épica de la que hablaba Gerchunoff y recordar el momento de gran esperanza que vivieron quienes atravesaron el año 1983.
Garvie ofreció una imagen personal para anclar la magnitud de ese período. Él estaba haciendo el servicio militar en 1982, cuando casi lo envían a la guerra de Malvinas. Rodríguez estaba haciendo el servicio militar cuando casi lo envían a la guerra con Chile. “Es un libro que parece el Titanic”, reconoció: ya sabemos cómo termina, pero vale la pena volver sobre esa historia para rescatar los valores que se pusieron en juego.
Recordó el último discurso de Alfonsín ante el Congreso: el presidente hizo un recuento de lo que entregaba. Sin intervenciones federales, sin universidades intervenidas, sin sindicatos intervenidos. Entregaba un país en libertad. “Eso es lo que tenemos que transmitir a las nuevas generaciones”, dijo Garvie: que esa libertad no fue gratuita y que hay que cuidarla todos los días. Como ejemplo de lo que estaba en juego, mencionó que en aquellos años no se podían ver determinadas películas; algunas llegaban recortadas y censuradas. Hoy eso parece imposible de imaginar.
Garvie cerró con un agradecimiento a Eudeba, que calificó como el instrumento fundamental para que el huella tour pueda comenzar a partir de ese día.
Rodríguez: dos patologías superadas, una deuda pendiente
Jesús Rodríguez cerró la mesa con la intervención y planteó el núcleo de su interpretación: la transición de 1983 dejó atrás dos patologías que habían acompañado a la Argentina desde 1930.
La primera patología: la violencia como método de acción política aceptado y tolerado socialmente. Rodríguez delineó una genealogía inquietante/perturbadora. En 1932, el levantamiento de los hermanos Kennedy en La Paz, Entre Ríos, fue reprimido con aviones militares. En 1947, la masacre de los Pilagá en el Chaco -entre 500 y 1.000 personas- también incluyó bombardeos aéreos. El 16 de junio de 1955, la Plaza de Mayo. Los paramilitares de la Triple A, cuya primera víctima fue el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen. Las organizaciones político-militares que secuestraban con fines extorsivos, copaban unidades militares, asaltaban comisarías y “ajusticiaban” -palabra que se aprendió en aquellos tiempos, dijo Rodríguez-. Y el terrorismo de Estado: la CONADEP identificó 340 centros clandestinos de detención y registró 8.961 personas desaparecidas.
La segunda patología: la inestabilidad institucional. Cinco golpes de Estado en el siglo XX. Frente a ese historial, el gobierno de Alfonsín debió padecer tres intentos de golpe, un asalto guerrillero a una unidad militar por una patrulla carapintada rezagada y trece paros generales. Y sin embargo, por primera vez en el siglo, un presidente civil elegido por la voluntad popular le entregó los atributos del mando a otro presidente civil, también elegido por la voluntad popular y de distinto signo político.
Rodríguez enumeró luego las enseñanzas que ese período legó. La primera: el gobierno de Alfonsín desmintió en la práctica la tesis de Jeane Kirkpatrick y otros académicos estadounidenses que sostenían que la salida de los regímenes autoritarios conducía inevitablemente a la dictadura soviética, argumento con el que justificaban el apoyo a gobiernos militares. La segunda: que es posible juzgar con la ley en la mano a los responsables de delitos graves, sean militares que recurrieron al terrorismo de Estado o civiles que creyeron en la violencia como método político. En ese punto, Rodríguez destacó la ausencia de venganzas por mano propia -un contraste notable con lo ocurrido en Francia e Italia tras la Segunda Guerra Mundial- y reconoció públicamente la labor del doctor Martín Farrell, presente en la sala, por su contribución a la arquitectura institucional y normativa que permitió evitar tanto la claudicación ética como la revancha.
Rodríguez señaló también logros de continuidad institucional que suelen pasarse por alto. Desde 1983, la Argentina vota en un sistema electoral verificable. Solo en el siglo XXI, cinco presidentes constitucionales concluyeron su mandato -algo que no ocurría desde el siglo XIX, con Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca-. La Constitución de 1994 fue reformada no por unos que derrotaron a otros, sino por una convención constituyente que expresó la diversidad política, ideológica y regional de la Argentina, e incluyó el artículo 36, que establece la nulidad insanable de cualquier acto resultante de una interrupción institucional.
Para abordar el tilde rojo de Gerchunoff —la hiperinflación—, Rodríguez recurrió a una distinción conceptual que tomó de Felipe González: la democracia nunca le fue infiel al capitalismo, pero el capitalismo le puso los cuernos a la democracia en más de una oportunidad. El capitalismo convive con el riesgo: puede ser ponderado, cuantificado, costeado. Pero la incertidumbre es distinta: como señalaba Keynes, uno simplemente no sabe. Por eso el capitalismo puede funcionar bajo un régimen de partido único como el chino, que provee certidumbre por la vía autoritaria. En democracia, en cambio, la certidumbre sólo puede ser provista por acuerdos sustantivos entre los actores políticos. Y eso, concluyó Rodríguez, es lo que le faltó a la Argentina en aquel tiempo y lo que le sigue faltando.
Para no echarle la culpa a la democracia en sí misma, Rodríguez citó el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas: entre los diez primeros países con el IDH más alto, solo uno no es democrático —Singapur, gobernado por el mismo partido desde 1959—. El problema no es la democracia, sino otras patologías persistentes: la baja intensidad institucional, las debilidades en la rendición de cuentas horizontal y vertical, la ausencia de los tres pilares que apuntalan el crecimiento —democracia sin restricciones, pilar liberal que asegure derechos y garantías especialmente para las minorías, y pilar republicano de equilibrio entre poderes.
Rodríguez cerró reconociendo a Garvie como el autor de las dos ideas más distintivas del libro: el título —que Gerchunoff había calificado de poético en el prólogo— y la decisión de no nombrar al protagonista en el texto. Un rasgo que asombró a Botana y a Gerchunoff, pero que, como el propio Rodríguez admitió, resultó eficaz: el libro habla de procesos como protagonistas, y uno termina convencido de que así fue. Aunque, añadió, luego vuelve a la normalidad y dice: “¿Se habrán vuelto locos?”
Una hazaña que merece seguir siendo recordada
La presentación en la Feria del Libro dejó en evidencia que La huella democrática no aspira a ser un libro de cabecera para iniciados. Es, en palabras de sus propios autores, un libro de divulgación que busca interpelar a las nuevas generaciones con una pregunta vigente: ¿qué fue, en verdad, lo que se construyó entre 1983 y 1989? La respuesta que proponen Rodríguez y Garvie -y que Botana y Gerchunoff enriquecen desde sus prólogos- es que ese período fue mucho más que la instalación de la democracia formal. Fue el fin de dos patologías históricas, la construcción de una paz regional, el primer ensayo de reinserción internacional, la intuición de reformas estructurales que el propio gobierno no pudo completar y, también, una transición sin el compromiso entre partidos que hubiera podido evitar el desenlace hiperinflacionario.
La épica, como dijo Botana corrigiéndose a sí mismo con satisfacción, supone el relato de una hazaña. Y una hazaña, por definición, merece ser recordada aunque los tiempos cambien y el horizonte esté, como él mismo admitió, bastante nublado.








