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Opinión 13 05 2022

La guerra en Ucrania: el pasado nunca ha estado tan presente


Autor: Carlos Pérez Llana









La guerra desatada por Putin se explica en el marco de una estrategia al servicio de un proyecto “nacionalista gran ruso”, que incorpora en su praxis zarismo y stalinismo. Después de su reelección en el 2012, connotados intelectuales zaristas - que Lenin expulsó en 1922- como Ivan Ilyin, han sido intelectualmente visibilizados en una “operación cultural” restauradora que suma a la Iglesia Ortodoxa rusa.

La idea de reconstruir el espacio euro-asiático soviético no es ajena a ese renovado designio geopolítico, cuya legitimación histórica incluye a Ucrania como geografía bautismal histórica de Rusia.

En el reciente discurso del 9 de mayo, en la conmemoración del triunfo sobre el nazismo, Putin sumó a esa narrativa una supuesta amenaza nuclear ucraniana en orden a alimentar, al mismo tiempo, la idea de la traición a una historia común y la complicidad ucraniana con el nazismo.

La verdad está en otro lado. Lo que recordó el presidente Volodimir Zelenski en la Conferencia de Seguridad de Munich (18/2/22), fue el Memorándum de Budapest de 1994, donde Rusia y los otros países firmantes se comprometieron a mantener la integridad territorial de Ucrania a cambio del traslado a Rusia de las armas nucleares allí instaladas en la era soviética.

En otras palabras, el líder ucraniano en los días previos a la invasión reclamó la vigencia de las garantías a la soberanía ucraniana, ¿Putin leyó que pensaba en el pasado nuclear ucraniano?

La complicidad ucraniana con el nazismo es una narrativa stalinista que ignora una verdad histórica: el Pacto Ribbentrop-Mólotov. Esta alianza URSS-Alemania,que nació en 1939 y se extendió hasta 1941, significó piedra libre para Hitler en Polonia y manos libres para Stalin en los países Bálticos y parte de Finlandia.

Ucrania había padecido la rusificación, que entre otras cosas significó la colectivización de las tierras que concluyó en una hambruna colectiva: la tragedia del Holomodor, donde millones de ucranianos murieron de hambre.

Pudo haber colaboracionistas en Ucrania, pero no alcanza el argumento cuando millones de ucranianos también combatieron contra el nazismo. El retorno a la historia es necesario porque existe una guerra de narrativas donde la clave consiste en contrastar datos e ideología.

En este contexto hay que instalar los datos de la guerra, porque no se explica la invasión y la estrategia militar rusa sin contexto histórico. En la primera fase, Rusia apostó a decapitar la estructura política, como se practicó en Budapest y Kabul, e ignoró a la resistencia. Sin embargo quedó en evidencia que existe una nación ucraniana que el nacionalismo ruso ayudó a construir, de allí el fracaso.

En la segunda fase se buscó maximizar la presencia rusa en los territorios ocupados de Dombass y Donestsk, para expandirse sobre la costa y ocupar básicamente los puertos utilizando nuevas tropas y equipos sustitutos, luego de las pérdidas ocasionadas por el material entregado por americanos y europeos.

Ahora la guerra entró en una tercera fase. Moscú tiene como blanco la apropiación del litoral marítimo, puertos y ferrocarriles. La economía ucraniana se organiza en torno al Mar Negro y en los territorios adyacentes está instalado un complejo agrícola, dotado de alta tecnología y excelente logística, que exporta el 70% de su producción.

Los números son elocuentes: en una década el volumen de los cereales exportados se triplicó y en el 2021 en esas tierras se produjo el 12% del total mundial de trigo; el 18% del maíz; el 20% de la colza y el 50% del girasol.

Esos rendimientos no son ajenos a la insoslayable presencia de Fondos Fiduciarios que incluyen capitales de todo origen, saudíes y chinos entre otros. La Ucrania agrícola ahora es un objetivo militar que afecta sensiblemente a la economía ucraniana y que además alimenta una historia que remonta a la tragedia del Holomodor.

Puertos, como Odessa, rutas y ferrocarriles constituyen una red que provee alimentos a numerosos países, particularmente los del Norte de África. Así se explica el reciente llamado de atención del presidente Zelenski: riesgos de hambruna.

Hasta la fecha los movimientos militares condicionan la dinámica de la guerra y las opciones diplomáticas no aparecen a la vista, salvo algún movimiento reciente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Pero, en el mientras tanto, algunas de las implicancias de esta guerra están a la vista: existe una alteración notable del funcionamiento del sistema internacional; el arma económica es vital; el conflicto posee un alto potencial estructurante; la seguridad reaparece en la agenda global y se traduce en aumento de los gastos militares; el mercado de la producción y transporte de los energéticos ya ha cambiado; las alianzas mutan; el “sistema onusiano” quedó desbordado y la variopinta red de “Reuniones Cumbres” deberá resetearse.

Finalmente, es muy probable que lo que se conoce como “fenómeno de la globalización” deba enfrentar la “prueba ácida”. El mundo resultante decididamente es más hobbesiano que kantiano. El “dulce comercio” no garantiza ni orden ni paz. Las cadenas productivas se transformarán y la geopolítica no podrá ser ignorada por la economía. Para concluir, un interrogante: ¿el presidente Xi fue anoticiado por Putin, o no, antes de invadir Ucrania? ¿Acaso Beijing no mira Ucrania pensando en Taiwán?

Publicado en Clarín el 12 de mayo de 2022.

Link https://www.clarin.com/opinion/guerra-ucrania-pasado-presente_0_zDM3Hk7FLg.html