miércoles 10 de diciembre de 2025
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La guerra anti-narco en Río: ¿cuán lejos estamos?

Los cientos de jóvenes muertos apilados en la Villa Cruzeiro de Rio de Janeiro constituyen la más reciente postal trágica de una crisis política en los agujeros sociales del Estado en donde se incuba la denominada “gobernanza criminal”.

Una situación micro totalitaria que, sin embargo, supone un estilo de vida que confiere sentido a millones de caídos del sistema. Así lo prueban las identidades gravadas a fuego en los tatuajes de sus cuerpos. Orgullo, superioridad, fraternidad temeraria y disposición a dar la vida.

La organización posee tanto atractivo que recluta a marginales de otras ciudades. Basta expresar lealtad para recibir un uniforme de fajina y un fusil como soldado en algunos de los circuitos de las volátiles “boca de fumo” al mayoreo nocturno.

Pertenecer a la vecindad significa trabajo y vivienda además de un menú de servicios y el patrocinio de emprendimientos turísticos y hasta gastronómicos. Es el estándar promedio de la pobreza “digna” que ofrece el narco al mar de informalidad laboral extendido en toda la región; salvo para aquellos que aspiran a ingresar en “su” clase dirigente.

Por diversas razones, se salvaron de la marginalidad callejera con su saga de prostitución, ventas al menudeo en las esquinas, la cárcel o el cementerio. Su consumo restringido o nulo por la inculcación de la moral militar o evangélica les permite ascender de vigías a soldados, vendedores de ferias, gerente de boca o generales. El mérito procede de probar su carácter matando salvajemente a rivales, descuartizándolos y mutilándolos. Ya en la escala, conocen al dedillo la compleja logística de la organización con sus arsenales, laboratorios casas de seguridad de sus jefes y la conectividad en el entramado del núcleo.

El trabajo es intenso. Requiere de un control continuo ante el siempre inminente avance de organizaciones rivales, grupos parapoliciales o conflictos intestinos que se disuaden y sancionan con monstruosas torturas debidamente filmadas.

Suponen un mensaje solo comprensible en clave de los códigos de la organización con cierto ingrediente específico de la célula e incluso del experto ejecutor. Y resumen la administración del terror del orden total del comando: un orden jerárquico con sus autoridades ejecutivas confinado en las cárceles.

El “territorio”, por lo demás, se recorta del resto de la ciudad mediante fronteras concéntricas o “anillos”. Desde la favela Penha o El Alemao hasta Puerta de Hierro en San Justo en el primero se localizan chicos de siete a quince años. Si el ingresante es sospechoso actúan bengalas que avisan a los satélites del segundo anillo quienes detienen al sospechoso.

Pertrechados de armas más sofisticadas, y con edades entre los dieciséis y veinticuatro, comienzan su hábil interrogatorio: referentes y sustancias demandadas. Y tres posibilidades: el ingreso a la villa; y si no reúne las condiciones, una paliza que puede invalidar de por vida, o tres tiros certeros.

No hay aquí bocas sino ventas domiciliarias en dos terceras partes de las viviendas que se alternan entre “guardas”, “cocinas”, “fraccionamiento” de las dosis y ventas. Hay asentamientos del GBA que cuentan con sofisticados hospitales secretos dotados de quirófanos robados de ambulancias y arsenales de alquiler de FAL, Kalachnicov y lanzacohetes a efectivos policiales, guarniciones militares, depósitos fiscales o a usuarios en escruches. Suele haber “capitos” que veneran a un jefe denominado por pseudónimos solo esporádicamente presentes en el territorio. Se los imagina en countries y departamentos de lujo y transitando en coches y camionetas blindadas. Y a veces, hasta se adivina el verdadero rostro de sus mandantes identificados en figuras del poder.

La tropa los contempla con devoción y como horizonte de realización en el que el cursus honorum promete autos de alta gama, lanchas y aviones, viajes y hoteles paradisiacos. Penélope, la “japonesita” del CV es paradigmática al respecto: soledad callejera por falta de familia, prostitución, la paraeducación bridada por las series de plataformas televisivas, servicios a sexuales a los capos y decenas de miles de seguidores.

Terminó como los otros ciento cincuenta soldados cariocas o las tres adolescentes de La Tablada siendo “carne de cañón”. La clase dirigente de la gobernanza criminal termina así siendo más excluyente y extractiva que la de la sociedad formal mediante la retención del diezmo de sus salarios como seguro por si caen detenidos para ser cubiertos en la cárcel por los pares de la hermandad. La prostitución femenina les ofrece, a su vez, las utilidades de su ejercicio, la venta de sus hijos, la pornografía; y cuando ya no cotizan, la muerte y la venta de órganos.

¿Cuál es la distancia entre el CV, el Tercer Comando Capital y Amigos de los Amigos respecto de Los Capitanes, Los Chumbas, y Los Paraguayos de La Matanza? ¿O entre Urso del Alemao y Chaki Chan? La respuesta es compleja por el tamaño geográfico, la demografía y la historia.

Tanto como las tendencias: de los 212 millones de brasileños, 60 viven en las zonas criminales; y aquí de los 47 millones, 3 concentrados en el GBA. Por lo demás, en Brasil, las jefaturas, en su mayoría encarceladas, son precisas.

Aquí, preservan el anonimato detrás de su hábil operatoria probada en los miles bolsos arrojados desde aviones procedentes ya no solo en el NOA y el NEA sino en los campos de propia PBA desde Paraguay. Y lo más acuciante: esa cuota se destina a un mercado interno que se cuenta entre los tres más importantes de América Latina y del mundo.

Publicado en Clarìn el 17 de noviembre de 2025.
Link https://www.clarin.com/opinion/guerra-anti-narco-rio-cuan-lejos_0_jAVcCzJsJD.html

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