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La geopolítica del miedo y la endogamia

La política contemporánea ha erigido al miedo como su principal herramienta de gobierno, encontrando en la migración el territorio donde esta estrategia se despliega con mayor crudeza para erosionar la pluralidad y abrir paso a nuevas formas de autoritarismo. Este miedo, lejos de ser el fundamento de seguridad que imaginó la tradición clásica de Hobbes, opera hoy como un mecanismo de control que se internaliza en el cuerpo social, normalizando la violencia y transformando al “otro” en un enemigo simbólico. A través de un lenguaje corrupto que impone términos como “invasión”, “delincuentes” o “ilegalidad”, se fabrican “no-personas” a quienes se les arrebata su lugar en el mundo mediante una lógica de la sociología del estigma, donde se las marca con atributos negativos que justifican su exclusión: “ilegales”, “delincuentes”, “invasores”; una perversión ontológica que olvida que, si bien un acto puede ser ilegal, la existencia humana jamás puede serlo.

Esta deshumanización se materializa en una cartografía de la crueldad que recorre el mundo: desde el Decreto 366/2025 en Argentina y las deportaciones masivas en Estados Unidos, hasta los vuelos de expulsión en Chile y los “centros de retorno” de la Unión Europea. Estas medidas no representan una gestión legítima, sino una soberanía que se devora a sí misma al perseguir al vulnerable y delegar su responsabilidad hacia espacios de excepción donde la ley desaparece. Al vulnerar sistemáticamente el principio de no devolución, y priorizar la frontera sobre la vida, el Estado admite su impotencia política, sustituyendo la ética de la hospitalidad por un racismo estructural que recluye al ciudadano en la sospecha.

No debemos engañarnos: la geopolítica del miedo no busca seguridad, sino obediencia. Cuando aceptamos que la dignidad humana sea condicional a un estatus administrativo, aceptamos que la dignidad ha muerto. La violencia se naturaliza porque hemos permitido que la narrativa del “migrante sospechoso” sustituya al juicio crítico. Esta exclusión alcanza su forma más insidiosa cuando penetra incluso en los espacios de refugio espiritual. Escuchar en una comunidad que se dice cristiana frases como “no queremos soluciones de afuera” revela una profunda crisis ética: se utiliza el dogma para levantar muros donde debería haber puentes. Esta “endogamia espiritual” rechaza el nuevo comienzo que el migrante aporta, prefiriendo la comodidad del prejuicio antes que la verdad del encuentro. Si ni siquiera en el ámbito de la fe se reconoce la pluralidad como un don, la política queda reducida a una gestión del odio.

Sin embargo, la migración no es una crisis pasajera que pueda contenerse con muros o endogamias, sino una condición constitutiva de nuestra especie. El ser humano es, por naturaleza, un ser que inicia nuevos comienzos, y tratar este fenómeno como una emergencia eterna es solo una táctica para mantener estados de excepción que suspenden la moral en nombre de la urgencia nacional. ¿Quienes lucran con este terror? —populistas, demagogos e industrias de vigilancia y aquellas personas que buscan el control sobre la convivencia, he aquí que la ética se invierte: se protege la frontera, no la vida. La hospitalidad se sustituye por exclusión, la solidaridad por xenofobia, la justicia por racismo estructural.

La verdadera protección no se logra blindando límites geográficos, sino garantizando la vida y la dignidad en cada punto del mapa. Si los Estados y las comunidades invirtieran en integración en lugar de en la maquinaria de la expulsión y el rechazo, generarían sociedades más plenas y economías revitalizadas. La evidencia muestra que la diversidad es un motor de cohesión, no de caos. Al final, la migración es el espejo que nos devuelve la pregunta más urgente de nuestro tiempo: ¿somos aún capaces de construir un mundo común donde la vida de un ser humano valga más que el territorio donde nació? Romper la geopolítica del miedo exige la valentía de reconocer que nuestra propia libertad está ligada a la libertad de quien acaba de llegar, y que ninguna solución es “de afuera” cuando el problema es el sufrimiento humano.

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