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La extraña derrota de la disuasión nuclear

Y la inminente crisis de estabilidad estratégica.

Traducción Alejandro Garvie

En junio de 2025, los servicios de seguridad ucranianos llevaron a cabo un audaz ataque dentro de Rusia. Se infiltraron en el país y ocultaron drones de ataque de corto alcance en camiones de carga cerca de varias bases aéreas rusas, incluso en la región de Amur, en la frontera con China. La mayoría de estas bases albergaban bombarderos pesados ​​estratégicos rusos, aeronaves capaces de transportar armas nucleares. Utilizando la red de telefonía móvil rusa, agentes ucranianos lanzaron los drones de forma remota, destruyendo con éxito al menos diez de los bombarderos y dañando un total de 41 aviones, incluidos algunos utilizados para el mando y control nuclear, según evaluaciones ucranianas.

Conocida como Operación Telaraña, esta ofensiva fue una jugada maestra. Sin embargo, lo más significativo no fue su asombrosa relación costo-beneficio —como señaló un analista, “un solo dron de apenas 500 dólares destruyó un bombardero estratégico valorado en decenas de millones de dólares”— ni su ingenio para interceptar las telecomunicaciones rusas, sino el mero hecho de que pudiera llevarse a cabo. Como parte de su doctrina de larga data, Moscú había insistido en que un ataque convencional contra sus activos estratégicos podría provocar una respuesta nuclear. Pero eso no detuvo a Kiev. Ucrania estaba dispuesta a atacar las capacidades nucleares de Rusia, y Rusia fue incapaz de impedir su destrucción.

La operación en Ucrania fue un ejemplo espectacular de una tendencia más amplia: la disuasión nuclear no funciona. Los países han asumido durante mucho tiempo que la posesión de armas nucleares era la garantía más segura de su seguridad. De hecho, muchos observadores vieron la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022 como prueba de que Kiev se había equivocado en 1994 al aceptar renunciar a las armas nucleares heredadas de la Unión Soviética. Si Ucrania hubiera tenido la bomba, sugirieron, Rusia no se habría atrevido a intentar tal ataque. Del mismo modo, si Irán ya hubiera desarrollado su propio arsenal de armas nucleares, Israel y Estados Unidos no habrían podido atacar el país como lo han hecho desde febrero, asesinando a líderes iraníes y arrasando la infraestructura militar iraní. De este argumento se desprende inevitablemente la conclusión de que más países querrán, con razón, armas nucleares como seguro contra la agresión. En última instancia, los Estados necesitan estas armas de destrucción masiva para disuadir a sus mayores adversarios.

Pero los conflictos recientes evidencian con mayor claridad lo contrario. Ucrania no solo ataca objetivos en territorio ruso, sino también objetivos directamente relacionados con las capacidades nucleares de Rusia. Irán y sus aliados han atacado repetidamente a Israel, país del que se cree ampliamente que posee armas nucleares. Teherán ha lanzado misiles y drones contra ciudades israelíes e incluso instalaciones nucleares. India y Pakistán, ambos con armas nucleares, protagonizaron el conflicto más grave entre ambos países en este siglo, atacándose mutuamente en mayo de 2025, incluso a través de sus fronteras. En todos estos casos, la posibilidad de una escalada nuclear y represalias no impidió la guerra convencional e híbrida. De hecho, actores estatales y no estatales están desafiando a las potencias nucleares.

Las armas nucleares pueden parecer impotentes ante ataques convencionales e híbridos sostenidos; en la guerra actual, un arsenal de misiles balísticos intercontinentales con ojivas nucleares, una flotilla de submarinos nucleares y escuadrones de bombarderos estratégicos poco pueden hacer para disuadir andanadas de drones baratos, mientras esos estados nucleares se nieguen a usar sus armas. Esto debería hacer reflexionar tanto a las potencias nucleares existentes como a aquellas que deseen adquirirlas.

La fuerza del tabú nuclear se puso a prueba en los primeros meses de la invasión rusa de Ucrania, cuando el presidente ruso Vladimir Putin estuvo a punto de usar armas nucleares tácticas para detener la derrota de sus tropas en el sureste del país. Al parecer, se lo impidieron una combinación de consejos de sus propios líderes militares y la presión pública de sus homólogos chinos e indios, y sin duda la presión privada de Washington. Si bien el tabú no prohíbe por completo el uso de armas nucleares, los líderes que coquetean con la idea de desplegarlas se enfrentan a una fuerte oposición. Además, deben afrontar el hecho de que serían recordados como el segundo ser humano en lanzar una bomba en combate, lo que les acarrearía un lugar terriblemente infame en la historia.

Para los estados nucleares, las lecciones de este momento deben ser impactantes. Los adversarios estatales y no estatales están cada vez más dispuestos y capacitados para atacar a las potencias nucleares con armas convencionales. Esto trastoca la lógica tradicional de la disuasión nuclear. La disuasión mediante la amenaza de represalias nucleares, la herramienta tradicional que ha garantizado la estabilidad nuclear durante décadas, se está debilitando. La disuasión mediante la negación —es decir, desalentar a un atacante haciendo que el ataque parezca inútil— podría volverse más valiosa.

Este enfoque exigirá prioridades diferentes para los gobiernos. En lugar de invertir grandes sumas en la modernización de las plataformas existentes, los estados nucleares podrían beneficiarse más reforzando las defensas en torno a sus instalaciones nucleares, centrándose en la resiliencia en lugar de la capacidad nuclear. Además, deberían encontrar maneras de mantener y fortalecer las normas que rigen los ataques convencionales, comprometiéndose, por ejemplo, a no atacar nunca centrales nucleares ni instalaciones nucleares militares. Estas medidas ayudarán a frenar la escalada durante las crisis, cuando las partes en conflicto se sientan envalentonadas para atacar instalaciones nucleares enemigas. Para los estados no nucleares, el debilitamiento de la disuasión nuclear tradicional debería servir como una advertencia más general. En lugar de brindar la certeza de la seguridad, la bomba podría simplemente propiciar nuevas y desconcertantes formas de peligro.

LA DISMINUCIÓN

Desde la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética (ahora Rusia) han desplegado una tríada de sistemas nucleares para amenazar y disuadir a sus rivales: misiles balísticos intercontinentales terrestres, misiles balísticos lanzados desde submarinos y bombarderos pesados. Estos sistemas pueden transportar ojivas a un alcance superior a los 5.500 kilómetros, lo que justifica su denominación como “fuerzas ofensivas estratégicas”. Estados Unidos puede atacar directamente el territorio ruso, y Rusia puede atacar el territorio continental estadounidense. El rápido desarrollo nuclear de China en las últimas décadas ha buscado equiparar a Pekín con Moscú y Washington. Al mantener este conjunto de sistemas, un país puede asegurarse de no sufrir un “primer ataque espléndido” —un ataque nuclear que impida cualquier represalia—, conservando así la capacidad de contraatacar. La posibilidad de una represalia nuclear constituye el principal elemento disuasorio para que los estados nucleares utilicen sus armas unos contra otros. Y es precisamente la combinación de capacidades lo que tradicionalmente ha sustentado la estabilidad estratégica: la idea, en las relaciones internacionales, de que los estados con armas nucleares nunca deberían tener el incentivo de usar sus armas apocalípticas.

Cuando un país se enfrenta a un adversario que no posee armas nucleares, puede recurrir a la retórica nuclear para intimidarlo. Tomemos, por ejemplo, los bombarderos estratégicos rusos. Si bien estas aeronaves pueden utilizarse para lanzar bombas convencionales, Moscú ha recalcado su propósito nuclear, declarando en 2024 que cualquier ataque contra objetivos estratégicos rusos podría provocar una respuesta nuclear. Esta ambigüedad tenía como objetivo brindar flexibilidad a los líderes rusos. No estaban obligados a recurrir a las armas nucleares en respuesta a los ataques ucranianos, pero también esperaban que la posibilidad de un uso nuclear hiciera que Ucrania lo pensara dos veces y se abstuviera de atacar sus objetivos estratégicos.

En la Operación Telaraña, Ucrania puso a prueba la ambigüedad rusa y descubrió que era una excusa para actuar con cautela. Tras la conmoción por la destrucción de sus bombarderos estratégicos, los rusos no recurrieron al ataque nuclear. Ni siquiera respondieron con una nueva demostración abierta de poderío nuclear. En cambio, lanzaron un ataque convencional contra Kiev con 400 drones y 40 misiles.

En efecto, esa represalia rusa ejemplificó la dinámica en juego: el choque entre la antigua lógica de la disuasión nuclear y las realidades de la guerra actual. Como Ucrania ha demostrado desde 2022, la mera posesión de armas nucleares no protege a un agresor de una represalia convencional. Tener las armas más poderosas del mundo no ampara a un gran Estado frente a un Estado más pequeño decidido a defenderse.

El ataque perpetrado por Hamás en Israel el 7 de octubre de 2023 desbarató por completo esa idea. Lo mismo ocurrió con los acontecimientos posteriores. Israel ha sufrido una oleada de ataques con misiles por parte de Irán, Hezbolá en el Líbano y los hutíes en Yemen en los últimos años, y desde que comenzó la campaña conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán en febrero. Ni los Estados ni los actores no estatales consideran que la capacidad nuclear de Israel sea motivo suficiente para abstenerse de atacar su territorio. De hecho, en marzo, Irán atacó el reactor israelí de producción de plutonio en Dimona, lo que demuestra que la disuasión nuclear israelí no solo no cumple su propósito original, sino que se ha convertido en un blanco fácil para los ataques.

La respuesta de Israel a estos ataques con misiles ha consistido en reforzar de forma significativa y constante sus defensas antimisiles en múltiples niveles, desde el sistema Cúpula de Hierro, diseñado para contrarrestar ataques de corto alcance, y el sistema Honda de David, que intercepta misiles de medio y largo alcance, hasta el sistema de defensa antimisiles Arrow, que protege contra misiles balísticos de largo alcance. Estas defensas antimisiles multicapa están diseñadas para hacer frente a diversos tipos de ataques, desde misiles individuales hasta andanadas significativas, y pueden distinguir rápidamente los proyectiles que se dirigen hacia sus objetivos de aquellos que caen sin causar daño.

La ironía de esta situación es doble. En primer lugar, la proliferación de misiles, drones y vehículos aéreos no tripulados baratos y precisos entre los vecinos de Israel, e incluso entre sus enemigos no estatales, ha generado una relación costo-beneficio desfavorable con sistemas de defensa más avanzados, como la Cúpula de Hierro. Israel, al igual que otros países de Oriente Medio, ha recurrido a la experiencia de Ucrania en el desarrollo de escudos eficaces y de bajo costo para defenderse de drones de bajo costo, a pesar de que el gobierno israelí evitó cuidadosamente proporcionar sistemas avanzados de defensa antimisiles a Ucrania durante su guerra con Rusia.

La segunda ironía reside en que Israel, al desarrollar sofisticados sistemas de defensa antimisiles multicapa, ha estado aplicando una estrategia de disuasión por negación. En teoría, sus adversarios se abstendrían de atacarlo al reconocer la inutilidad de cualquier ataque: la destreza de la defensa antimisiles israelí neutralizaría cualquier intento de alcanzar objetivos en el país. Sin embargo, esta teoría se está poniendo a prueba en la actual guerra con Irán, donde los enemigos de Israel han bombardeado ciudades y tropas israelíes con misiles y drones, algunos de los cuales, invariablemente, han logrado impactar y causar daños. El relativo bajo costo y la accesibilidad de las armas convencionales modernas obligan ahora a Israel a buscar sistemas defensivos más económicos.

Mientras tanto, el otro elemento disuasorio de Israel —la amenaza de represalias nucleares— ha quedado prácticamente en el olvido. Incluso en sus declaraciones oficiales sobre el ataque a Dimona, el gobierno israelí no pronunció ni una palabra que pudiera interpretarse como una demostración de fuerza nuclear. Israel parece aferrarse a su estrategia de ambigüedad nuclear, quizás para prevenir una carrera armamentística nuclear regional o evitar nuevas sanciones internacionales. Por lo tanto, los adversarios de Israel, sean estatales o no estatales, no tienen motivos para prestar atención a su capacidad nuclear ni para sentirse intimidados por el espectro de una bomba israelí.

NUEVAS CONVENCIONES

Sin duda, las armas nucleares siguen fomentando la moderación en ciertas circunstancias. Desde 2022, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN han incrementado progresivamente su asistencia militar a Ucrania de forma mesurada, evitando así una escalada por parte de Rusia. Rusia, a su vez, ha evitado entrar en territorio de la OTAN durante toda la guerra, si bien los envíos de armas de la OTAN se convierten en objetivo legítimo de ataque una vez que cruzan a Ucrania. Tanto Rusia como la OTAN se han mostrado cautelosas ante cualquier confrontación directa que pudiera intensificarse.

En este contexto, la teoría tradicional de la disuasión nuclear sigue vigente. Es posible que la enorme cantidad de armas nucleares en los arsenales de Estados Unidos y Rusia —cada bando posee aproximadamente 4.000— obligue tanto a Moscú como a Washington y sus aliados a extremar la precaución. Cualquier intercambio de misiles nucleares entre ambos países conlleva el riesgo de una rápida escalada hacia la aniquilación global. Una respuesta similar podría encontrarse en la peculiar naturaleza de la relación nuclear que Estados Unidos y la Unión Soviética desarrollaron durante la Guerra Fría. Ambos países mantienen sus fuerzas nucleares en estado de máxima alerta, listas para un ataque rápido. Sin embargo, ninguno es capaz de llevar a cabo un primer ataque completamente destructivo o “espléndido” contra el otro que elimine su capacidad de represalia. Esta frágil “estabilidad del primer ataque” ha mantenido a Washington y Moscú atrapados en un peligroso vínculo nuclear que ninguno está dispuesto a romper.

Durante la Guerra Fría, cada superpotencia rival temía que la otra le impusiera una “sorpresa estratégica”: una nueva arma o sistema de defensa que alterara la estabilidad del primer ataque. Si bien esto no ocurrió, el temor a que sucediera persiste hasta el día de hoy. Actualmente, se manifiesta en la preocupación de Estados Unidos por el desarrollo nuclear de China, que podría eventualmente colocar a Estados Unidos en la posición de enfrentarse a dos potencias nucleares con inmensos arsenales. De ocurrir esto, Estados Unidos podría no ser capaz de responder a cualquier agresión de China o Rusia como desearía. El paraguas nuclear estadounidense podría debilitarse, dejando a sus aliados vulnerables a ataques convencionales chinos y rusos. Hasta ahora, la disuasión nuclear extendida de Estados Unidos ha evitado conflictos convencionales en Europa y Asia Oriental, pero podría fracasar en el futuro a medida que China incremente sus capacidades nucleares.

En el sur de Asia, las armas nucleares no han impedido la guerra convencional. Tanto India como Pakistán poseen armas nucleares, pero en 2025 se vieron inmersos en su conflicto convencional más grave desde 1999. Los enfrentamientos directos entre estas dos potencias nucleares siempre generan alarma en su región y más allá. Estados Unidos ha intervenido rápidamente en varias ocasiones para ayudar a negociar un alto el fuego, la más reciente en 2025. China también afirma haber contribuido a poner fin a los combates el año pasado. La amenaza de una escalada nuclear impulsa a las potencias extranjeras a intervenir. En este caso, las armas nucleares no disuaden el conflicto convencional, pero el temor a su uso ha contribuido a poner fin rápidamente a los combates.

En resumen, los acontecimientos recientes han puesto de manifiesto tendencias contradictorias en lo que respecta a la disuasión nuclear. La estabilidad nuclear entre las dos superpotencias de la Guerra Fría parece mantener a raya el conflicto convencional en Europa y Asia Oriental. El nuevo contendiente, China, podría perturbar esa estabilidad, pero por el momento, se mantiene. En Asia Meridional, en cambio, se libran guerras convencionales a pesar de que ambos bandos poseen armas nucleares. Estas realidades sugieren que las potencias nucleares existentes deben seguir manteniendo sus arsenales nucleares, incluso a medida que aumentan las amenazas convencionales provenientes de un número creciente de actores. Algunos elementos de la disuasión dependen de un equilibrio nuclear estable y seguirán haciéndolo mientras existan armas nucleares. Al mismo tiempo, todos los Estados nucleares, sean o no signatarios del Tratado de No Proliferación Nuclear, deberían comprometerse a limitar y reducir sus arsenales nucleares en las circunstancias adecuadas. Eliminar las armas nucleares sigue siendo un objetivo fundamental de la humanidad.

El clima actual podría propiciar este proceso, dado que las guerras en curso generan dudas sobre la utilidad de las armas nucleares para mantener la paz. Irán, Ucrania, los hutíes en Yemen y otros grupos actúan como si los riesgos de una represalia nuclear fueran insignificantes. Al fin y al cabo, el tabú nuclear ha demostrado ser muy fuerte, y hasta ahora ningún líder se ha atrevido a romperlo. A medida que más actores estatales y no estatales adquieran sistemas de misiles y drones capaces, podrán lanzar ataques cada vez más audaces, incluso contra los Estados que poseen las armas más poderosas.

Esta impotencia nuclear debería alertar a los aliados de Estados Unidos en Europa y Asia que dudan de la fiabilidad de los compromisos de disuasión nuclear extendida de Washington y que han comenzado a considerar públicamente la adquisición de armas nucleares. El presidente de Polonia ha sugerido que su país debería obtener la bomba, y varios políticos alemanes han afirmado lo mismo. En Asia Oriental, las encuestas muestran que la opinión pública en Corea del Sur apoya cada vez más que Seúl desarrolle su propio arsenal nuclear, e incluso la población de Japón —el único país que ha sufrido un ataque nuclear— parece más dispuesta a aceptar el debate sobre la adquisición de armas nucleares. En Oriente Medio, los países están preocupados por posibles ataques de Israel, Estados Unidos o sus vecinos. Arabia Saudí podría buscar algún tipo de capacidad nuclear, presionando para obtener el derecho a enriquecer materiales nucleares y concluyendo un acuerdo de seguridad con Pakistán que podría implicar el suministro de material fisible o incluso tecnología de ojivas nucleares a Riad.

Pero un mayor número de armas nucleares en manos de más países no evitará un conflicto convencional. Las armas nucleares no impiden la destrucción de los bombarderos estratégicos rusos. No protegen a las ciudades israelíes de intensos y repetidos ataques con misiles. No disuaden a India y Pakistán de infligirse mutuamente una devastación territorial.

La proliferación nuclear conlleva graves riesgos. Si bien el tabú nuclear se ha mantenido firme desde 1945, no garantiza la ausencia de una escalada nuclear, especialmente a medida que tecnologías como la inteligencia artificial transforman la toma de decisiones en la guerra y pueden aumentar los riesgos de una escalada accidental. Un número creciente de actores nucleares generará más oportunidades para el uso no autorizado o accidental de armas nucleares. Los nuevos estados nucleares no tendrán la misma experiencia que las potencias nucleares existentes en lo que respecta a garantizar la seguridad de sus armas nucleares. Además, la abundancia de armas nucleares también brinda a los actores no estatales más oportunidades de adquirirlas, evocando el espectro de la amenaza nuclear terrorista que tanto inquietó a los responsables políticos a principios de la década de 1990 tras el colapso de la Unión Soviética.

MENOS ES MÁS

Las armas nucleares también son costosas. Los Estados que ya poseen vastos arsenales nucleares están invirtiendo enormes sumas en el desarrollo de sus fuerzas nucleares. Estados Unidos, Rusia y China, las tres mayores potencias nucleares, están modernizando sus misiles balísticos intercontinentales, submarinos nucleares y bombarderos estratégicos, a un costo considerable. Tal inversión podría no ser rentable. Resultará más útil invertir en resiliencia, capacidad de supervivencia (mediante el fortalecimiento de las bases de despliegue y sistemas nucleares más móviles) y defensas, especialmente sistemas integrados de defensa aérea y antimisiles que impidan ataques contra infraestructuras nucleares críticas. A medida que la disuasión nuclear se vuelve más incierta y los ataques convencionales se vuelven más precisos y devastadores, estas inversiones podrían resultar más valiosas y duraderas que destinar más recursos a la modernización nuclear.

Como Rusia ha comprobado durante su guerra contra Ucrania, la patria ya no es un refugio seguro, y las bases que albergan sistemas de armas nucleares estratégicas podrían ser atacadas. Si los adversarios, ya sean Estados o actores no estatales, logran lanzar drones de precisión o misiles de corto alcance, dichas bases podrían verse amenazadas por ataques convencionales. Esta amenaza implica que las bases nucleares necesitan sistemas de defensa aérea y antimisiles capaces de operar con rapidez y a corta distancia. Idealmente, estas defensas se asemejarían a los sistemas de defensa antidrones de alta rentabilidad que Ucrania está construyendo y desplegando, e incluso suministran actualmente a los Estados del Golfo en Oriente Medio. Los sistemas de defensa deberán ser económicos y abundantes para hacer frente a los modernos bombardeos de misiles y enjambres de drones.

Los Estados que despliegan armas nucleares deben estar preparados para protegerlas y defenderlas de ataques convencionales. Medidas de resiliencia sólidas y multifacéticas parecen una mejor opción que la teoría de la disuasión tradicional, que solo ha ofrecido amenazas vacías de represalias nucleares. Por esta razón, las potencias nucleares deben reconsiderar su política declarativa, es decir, el mensaje público de un gobierno sobre cómo y cuándo podría usar sus armas nucleares. Rusia ha descubierto que los ucranianos simplemente ignoraron la doctrina nuclear rusa relativa a los ataques convencionales contra objetivos nucleares. Si bien Rusia ha amenazado con una respuesta nuclear ante tales ataques, no la ha llevado a cabo, incluso después de sufrir graves daños en su flota de bombarderos nucleares. Estos mensajes vacíos neutralizan el poder disuasorio de las fuerzas nucleares o generan una presión insoportable para escalar al uso nuclear.

En cambio, los Estados con armas nucleares y otros países deberían promulgar principios normativos que erijan mayores barreras a la escalada nuclear. Por ejemplo, en las guerras de Ucrania y Oriente Medio, las centrales nucleares se han convertido en objetivos. El Organismo Internacional de Energía Atómica ha instado a los Estados a comprometerse a no atacar centrales nucleares durante la guerra. India y Pakistán ya han acordado no atacar instalaciones nucleares pertenecientes al bando contrario; cada año, el día de Año Nuevo, intercambian listas de instalaciones nucleares que se comprometen a no atacar con armas convencionales. Como han sugerido algunos analistas, los países deberían comprometerse, en general, a evitar atacar zonas cercanas a instalaciones que alberguen ojivas nucleares. Dichos compromisos podrían extenderse a todas las instalaciones nucleares militares y ser adoptados por los Estados que despliegan armas nucleares. Posteriormente, el compromiso podría adoptarse a nivel mundial, dando a todos los Estados la oportunidad de suscribirlo.

El objetivo sería extender el tabú nuclear para incluir los ataques convencionales contra objetivos nucleares, ya sean civiles (centrales nucleares) o militares (instalaciones de armas nucleares). Tanto los Estados con armas nucleares como los que no las poseen deberían considerar que tales compromisos redundan en su propio beneficio. Incluso para los Estados no nucleares, esta medida fortalecería la norma contra el uso de armas nucleares al abordar el peligro de una escalada no intencionada. También evitaría un desastre radiológico, que podría derivarse de un ataque convencional contra una instalación nuclear.

Los Estados no nucleares que ahora contemplan la adquisición de armas nucleares deberían reconsiderarlo. La disuasión nuclear ambigua de Israel no ha demostrado ser un obstáculo para los ataques convencionales, al igual que la disuasión nuclear abierta y gigantesca de Rusia. Los aspirantes a armas nucleares podrían, en cambio, fortalecer sus defensas convencionales y su capacidad de resistencia contra ataques convencionales e híbridos. Los aliados de Estados Unidos deben hacer todo lo posible para garantizar que las capacidades de disuasión extendida desplegadas en sus territorios se mantengan en buen estado y estén bien preparadas mediante ejercicios regulares. Si bien los aliados no pueden estar seguros del comportamiento de ningún presidente estadounidense, sí pueden estar seguros de que las capacidades de disuasión nuclear extendida desplegadas en su territorio son adecuadas para su propósito y están listas para la acción.

En este confuso momento nuclear, los países podrían enfrentarse a sus incertidumbres y llegar a conclusiones erróneas. El peor escenario posible es que los estados nucleares ignoren las lecciones de la actual temporada de guerra y continúen aumentando ciegamente su capacidad nuclear sin tener en cuenta que nuevas amenazas convencionales les llegarán desde todas partes, y no solo de sus adversarios nucleares tradicionales. Incluso los actores no estatales, en poco tiempo, probablemente contarán con un número significativo de drones y misiles rápidos, baratos pero precisos. El próximo ataque terrorista contra un objetivo estadounidense podría no tener lugar contra rascacielos en una gran ciudad costera, sino contra emplazamientos de despliegue nuclear, quizás, a medida que los terroristas adquieran misiles de mayor alcance, incluso en el corazón de Estados Unidos.

Link https://www.foreignaffairs.com/ukraine/strange-defeat-nuclear-deterrence-rose-gottemoeller

 

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