Traducción Alejandro Garvie
Reseña del libro, Cambio de régimen: Dentro de la presidencia imperial de Donald Trump. Por Maggie Haberman y Jonathan Swan.
En medio del tumulto, la fanfarronería y el ruido, ¿qué es exactamente lo que motiva a nuestro singular presidente? Tras repasar con todo detalle los innumerables ultrajes y atrocidades del segundo mandato de Donald Trump, encontramos, en el epílogo de Cambio de régimen, la supuesta respuesta. Los reporteros del New York Times, Maggie Haberman y Jonathan Swan, tras haber completado casi por completo su épica crónica, llegan al ahora ostentoso Despacho Oval para su entrevista de “verificación de datos”. El presidente, con un tono expansivo, los recibe y los acompaña a sus asientos frente al escritorio Resolute. “Ningún otro presidente”, había declarado recientemente con su habitual elocuencia, “podría hacer algunas de las barbaridades que yo hago”.
¿Qué barbaridad tenía en mente? ¿Enviar agentes enmascarados del ICE para detener y deportar a cientos de miles de personas, en su mayoría respetuosas de la ley, y encarcelar a otras 60.000? ¿Derrocar el sistema de comercio mundial de ochenta años de antigüedad mediante la imposición de aranceles arbitrarios? ¿Iniciar una guerra contra Irán sin consultar al Congreso ni al pueblo estadounidense? ¿Despedir a cientos de miles de empleados públicos y desmantelar USAID, PBS y el Centro Kennedy? ¿Atacar bufetes de abogados, universidades y cadenas de televisión?
La lista podría continuar, pero el presidente quiere dejar clara una idea más general. Natalie Harp, su fiel asistente —conocida entre sus colegas como “la impresora humana”—, es enviada a buscar un documento, y el presidente comienza a leerlo, recitando los nombres de algunas de las figuras más poderosas de la historia y explicando cómo cada una no alcanzó el poder que merecía como presidente de Estados Unidos. Alejandro Magno, los Césares, Guillermo el Conquistador… “No tenían aviones, ¿verdad? No se podía viajar”. Gengis Kan. Atila el Huno. Tamerlán. “Napoleón”, dijo con deleite. “Hitler. Mao. Stalin”. Estos líderes «mantuvieron el poder mediante el miedo», afirmó. “¿Quién haría algo así? ¿Verdad?”.
Trump se detuvo en el argumento central del documento: que cada líder, por muy temible que fuera en su época, carecía de alcance global. Su poder era local. Pero el suyo no. “Nunca lo había pensado en esos términos”, dijo Trump. “Es muy interesante el poder”. Luego añadió: “Pero cuando lo leí, dije: ‘Él tiene razón’”. ¿Y a quién se refería con “él”? El “historiador” cuyo nombre se le había olvidado al presidente, según les escribió Harp más tarde, era en realidad el caddie de Gary Player, el golfista. No importaba. “Lo revelador”, escriben, “no era que Trump estuviera de acuerdo con la tesis, sino la forma en que la asumía: el evidente placer que sentía en compañía de Mao, Hitler y Stalin, maestros del control estatal mediante el asesinato, la tortura y la detención, y Napoleón, y la naturalidad con la que aceptaba un lugar entre hombres que habían transformado el mundo mediante la conquista y el miedo. No hacía distinción entre quienes construían y quienes destruían.”
La escena es irresistible: el presidente de Estados Unidos sentado en el escritorio Resolute, comparándose alegremente con Mao, Hitler y Stalin. Sin embargo, ¿qué nos revela? Que una voluntad de poder incansable y amoral esté profundamente arraigada en el narcisismo y la vanidad de Donald Trump no es precisamente una revelación: cualquiera que lo haya visto realizar un monólogo de noventa minutos ante una multitud de seguidores, disfrutando con un deleite casi erótico de la ferviente adoración de miles, no puede haber pasado por alto este hecho. Y tras el debilitamiento de la OTAN, la destrucción de USAID y la calamidad de la guerra con Irán, es más probable que el nombre de Trump aparezca en las listas de líderes que han disminuido el poder de su país que en las de quienes lo han incrementado. Pero que se ha convertido en uno de los presidentes estadounidenses más poderosos —que desde su segunda investidura ha “demostrado un poder ejecutivo absoluto que el país no había visto desde la presidencia de Franklin D. Roosevelt”— es prácticamente indiscutible. Se podría ir más allá y afirmar que Trump no solo, al igual que Roosevelt y Lincoln, ha impuesto con éxito una “dictadura constitucional” a la primera democracia moderna del mundo, sino que es el único presidente que lo ha hecho en ausencia de una verdadera emergencia.
¿Cómo lo hizo? De forma agresiva, brutal e implacable; ¿acaso no lo estábamos observando todos? La respuesta más precisa es que lo hizo explotando la miríada de poderes de emergencia del jefe del ejecutivo o, como Haberman y Swan lo expresan con cierta cortesía, redefiniendo el concepto mismo de emergencia. En otras palabras, Trump hizo lo que Trump hace con la misma facilidad con la que respira: mintió. ¿Es el déficit comercial, que ha existido ininterrumpidamente durante medio siglo, una emergencia?
¿Puede decirse que un país líder mundial en producción de energía está atravesando una “emergencia energética”? ¿Podemos considerar que la frontera sur, donde los cruces disminuyeron un 77 por ciento tras la orden ejecutiva de Joe Biden que limitaba la entrada, sigue sumida en una “emergencia fronteriza”? La respuesta es no. Pero no importa. Al emitir más de 140 órdenes ejecutivas en sus primeros cien días en el cargo —Roosevelt emitió noventa y nueve—, Trump declaró que el país se veía asediado por no menos de diez emergencias distintas. Y ante esta supuesta embestida sin precedentes, el presidente debe tener poderes sin precedentes para enfrentarla.
Esto es lo que hacen los aspirantes a autócratas: declaran una emergencia y gobiernan por decreto. (“Soberano es quien decide la excepción”, en las célebres palabras del teórico jurídico nazi Carl Schmitt). Para un presidente sediento de más poder, este es el camino obvio. Pero, ¿acaso los Padres Fundadores, en su sabiduría, no anticiparon este peligro? Por supuesto que sí, por eso la verdadera innovación de Trump como autoritario estadounidense no es el abuso desmedido de los poderes de emergencia, sino la castración total de un Congreso que le permitió hacerlo.
Como todos aprendimos en la escuela, el Congreso, irresponsable y celoso de sus poderes, en particular del poder presupuestario, estaba destinado a ser el baluarte inmediato contra un ejecutivo sin límites. Pero durante su década de dominio, Trump ha utilizado su carisma, su furia y su insaciable sed de venganza para destruir sistemáticamente a cualquier republicano que se atreviera a alzar la voz contra él. Aunque en la actualidad, algunos republicanos que se autodenominan “solo se vive una vez” (YOLO, por sus siglas en inglés), que se están retirando o que han perdido las primarias gracias a Trump, están levantando nerviosamente la cabeza de debajo de una piedra, ya que sus senadores y congresistas que buscan la reelección se han mostrado muy dispuestos a permanecer en silencio mientras él aumenta implacablemente su poder sobornando el de ellos.
Para cualquiera que haya pasado el segundo mandato de Trump despotricando contra los republicanos cobardes y su falta de lealtad a los principios fundacionales del país, Haberman y Swan ofrecen un útil curso sobre las férreas leyes de la autopreservación republicana. El presidente usa la fuerza, sí —todos hemos visto cómo los que no son suficientemente “leales” son aniquilados por los aspirantes a las primarias respaldados por Trump—, pero aún más ofrece incentivos, seduciendo agresivamente a quienes muestran menos reticencia a obedecer. El poder en el Congreso, que en los últimos años ha fluido cada vez más hacia arriba, hacia el liderazgo, ahora “fluye desde la oficina del Presidente de la Cámara directamente al Despacho Oval.” Y no se trataba solo de eso.
El presidente de la Cámara, Mike Johnson, le debía su puesto a Trump: Johnson comprendía el miedo que inspiraba Trump… Pero no se trataba solo de las amenazas. También sabía, al igual que sus colegas, que Trump tenía una conexión más poderosa con los votantes republicanos que cualquiera de ellos. Y sabía que sus propios miembros estaban seducidos por Trump.
Trump explotó esas emociones. Comprendió que muchos legisladores republicanos se relacionaban con él como admiradores ilusionados, más que como representantes electos de un poder del Estado con igual jerarquía. Ofrecía más acceso que cualquier presidente moderno. Desde 2017, había compartido su número de teléfono celular libremente, incluso con los miembros más jóvenes del Congreso, quienes jamás habrían imaginado enviarle un mensaje de texto o llamarlo. Los invitaba a jugar al golf con él en sus clubes, a cenar en Mar-a-Lago y a volar en su jet privado.
Con estas generosas ventajas… Lo inusual era encontrar a un joven congresista o senador que necesitara una lección. Trump hacía tiempo que había expulsado del Congreso a la mayoría de los republicanos que habían votado a favor de su destitución, pero su memoria es larga y su sed de venganza, inquebrantable. (El senador Bill Cassidy, quien votó a favor de su condena en 2021, fue finalmente derrotado en las primarias de mayo). ¿Para qué arriesgarse? Mejor aprovechar las llamadas telefónicas presidenciales, los viajes en avión y el dinero. Y el dinero en la era posterior a Citizens United es asombroso. Según informan Haberman y Swan, al día siguiente de las elecciones de 2024, “Trump ya recibía llamadas de directores ejecutivos de empresas Fortune 500, muchos de los cuales lo habían criticado en el pasado”. Querían recuperar el favor del presidente electo, pero el precio sería alto… Trump dictaba la cantidad —la cifra exacta— que quería que [su recaudador de fondos] obtuviera de cada director ejecutivo. En cuestión de días, millones de dólares, y luego decenas y cientos de millones, fluían a las diversas cuentas de recaudación de fondos de Trump. Las sumas son realmente fantásticas: 1900 millones de dólares recaudados de donantes corporativos.
El aparato político de Trump, mucho más organizado y eficiente que durante su primer mandato, hizo pleno uso de estos grupos externos como armas para imponer el cumplimiento de su agenda. Comparados con los recursos corporativos, los políticos son baratos: un par de miles de millones dan para mucho cumplimiento. Y si el dinero de la campaña y las llamadas telefónicas no eran suficientes, siempre estaba el ejército de las redes sociales, un grupo de influencers de MAGA que tenían audiencias masivas y amenazaban a cualquier republicano que consideraría votar en contra de los nominados de Trump. La senadora Joni Ernst, veterana de combate que expresó dudas sobre la nominación de Pete Hegseth como secretario de defensa (por su parte, Hegseth, uno de los menos brillantes entre los nominados de Trump, tenía dudas sobre si las mujeres debían siquiera participar en combate), se vio acosada por una intensa campaña en redes sociales que incluía detalles desagradables de su divorcio. Votó a favor de Hegseth.
Así, incluso antes de que comenzara su segundo mandato, Trump y sus subordinados, que compensan con lealtad y obediencia lo que les falta en competencia, lograron reducir rápidamente los tres poderes del Estado estadounidense a dos. Salvo casos aislados como el de Epstein —Haberman y Swan ofrecen un relato ameno del pánico generalizado que provocó ese escándalo político, incluyendo la supuesta “obsesión” del presidente con los pezones, tratada con suma seriedad en la Sala de Crisis—, el conflicto se ha dado entre el poder ejecutivo y los tribunales, que, aparte de las deformaciones ideológicas del Tribunal Supremo, han funcionado en general con eficacia, aunque no siempre se les ha obedecido. ¿Pero acaso alguien piensa ya en Tamerlán? ¿O en Hitler? ¿Quizás en Stalin? Las comparaciones parecen absurdas porque, si bien Trump como político ciertamente tiene elementos de genialidad —su agresividad y energía, su asombroso instinto para encontrar debilidades en sus adversarios, su maestría para dominar el ciclo informativo, su infinita creatividad para moldear y proyectar sus propios agravios, su descarada obstinación al hacer nuestra su realidad— también sigue siendo un fanfarrón ignorante. Miente tanto que a menudo olvida cuál es la verdad. No lee. Sabe poco o nada de historia. Y está tan absorto en el sonido de su propia voz que prácticamente carece de la capacidad de escuchar. Finalmente, está completamente dominado por un conjunto de creencias que datan de décadas atrás: la imposición de aranceles enriquecerá a Estados Unidos con el dinero de otros países; las ciudades estadounidenses están tan asoladas por inmigrantes criminales que solo el ejército puede restablecer el orden; las alianzas son simplemente el medio por el cual los países parásitos se “aprovechan” de Estados Unidos; el cambio climático no es más que una falaz “nueva estafa verde”; creencias que son demostrablemente falsas.
Lo que sigue siendo asombroso es que Trump, gracias a su incansable espectáculo, logró aprovechar su fama televisiva para alcanzar tal poder en el país más poderoso del mundo que ha podido imponer estas ideas aberrantes a casi 350 millones de personas, con consecuencias para miles de millones más.
Como demuestran Haberman y Swan, Trump, en su segundo mandato, ha construido un gobierno que, salvo algunas excepciones importantes (Susie Wiles, Stephen Miller y Russell Vought), está compuesto por aduladores incompetentes que responden completamente a sus deseos; un gobierno que, obligado a elegir entre sus fantasías y la realidad, siempre optará por las fantasías. El resultado es que nuestra política parece haber puesto el mundo patas arriba. Miles de personas mueren en olas de calor sin precedentes, y el gobierno estadounidense despide a numerosos científicos climáticos, paga a multinacionales para que no instalen aerogeneradores que ya han sido pagados y elimina las palabras “cambio climático” de los sitios web gubernamentales. La administración patrimonialista de Trump se ha convertido en una cruda encarnación de su propia ignorancia e irracionalidad.
Una consecuencia es que partes de la meticulosa crónica de Haberman y Swan parecen ciencia ficción. Su relato de las reuniones sobre el tan cacareado Día de la Liberación del presidente, una semana antes de que Estados Unidos desmantelara unilateralmente el sistema de comercio internacional, suena a algo sacado de los Hermanos Marx: “Nadie me ha dado ni una sola cifra”, furioso Trump. “Datos concretos sobre cuánto nos impone China con aranceles, cuánto nos impone India con aranceles. Me dan cifras de mierda”. El secretario de Comercio, Howard Lutnick, sacó una carpeta y dijo: “Aquí están las cifras…”. Pero Trump estaba convencido de que las cifras reales para India y China eran mucho más altas que las impresiones de Lutnick. “No, estas son cifras de mierda”, dijo, mirando fijamente a Lutnick. “Estas son unas malditas mentiras”. Harp, a pesar de sus esfuerzos, no encontraba las cifras que no existían. “¡No, estas son las cifras reales!”, insistió Lutnick. Dirigiéndose al representante comercial del presidente, Jamieson Greer, Lutnick suplicó: “¿Verdad, Jamieson? Jamieson, di que estas cifras son reales. Jamieson, habla con claridad”. Greer, un abogado especializado en comercio internacional que no estaba dispuesto a entrar en una disputa con el presidente, simplemente miró a Lutnick y guardó silencio.
“El programa arancelario global del presidente, que se lanzaría el “Día de la Liberación”, estaba a solo una semana de distancia, pero las tasas aún no se habían decidido. Trump quería fijar las tasas utilizando una fórmula que había estado ideando en su mente. Nadie sabía con exactitud cómo se calculaba, y variaba a diario, a veces cada hora. Pero, ¿cómo pudo hacer sus cálculos con esas cifras absurdas de Lutnick?”
Un puñado de personas muy ricas, completamente ajenas a la realidad, estaban jugando con el sistema de comercio mundial, desarrollado bajo el liderazgo de Estados Unidos mediante delicadas negociaciones entre cientos de expertos durante décadas, y estaban a punto de destruirlo con un solo anuncio, todo porque el presidente cree ferviente e irracionalmente que el país ha sido tratado injustamente por sus socios comerciales y que los aranceles enriquecerán al país con su dinero. En consecuencia, el anuncio de Trump provocó el desplome de los mercados: el S&P 500 perdió 2 billones de dólares en un solo día, y pronto el mercado de bonos también comenzó a caer. Finalmente, ante el inminente apocalipsis financiero, Trump cedió y suspendió los aranceles durante noventa días. Esa tarde, los mercados subieron casi un 10% tras la noticia, y los allegados de Trump se apresuraron a comparecer ante las cámaras para enmendar el error, afirmando que suspender los aranceles era el plan desde el principio.
Dijeron que se trataba de una estrategia de negociación genial del maestro de los negociadores. El mundo acababa de presenciar una lección magistral de negociación al límite, decían todos. Pero, en realidad, Trump había cedido. El desplome de los mercados de bonos no le dejó otra opción. Los inversores estaban perdiendo la fe en que Estados Unidos pudiera cumplir con sus obligaciones de deuda.
Por supuesto, uno vivió estos acontecimientos, pero al revivirlos a través de este relato, se siente una especie de terrible asombro ante la despreocupada incompetencia y la absoluta irresponsabilidad demostradas. En aras de sus obsesiones, el presidente está dispuesto a llevar al país al borde de la catástrofe, y nadie se atreve a provocar su ira intentando detenerlo. Solo la realidad de las consecuencias de sus actos —el colapso de los mercados de bonos— lo convenció de rectificar. Quizás no sea descabellado esperar que, a medida que esta divergencia entre la fantasía de Trump y la realidad se acreciente, la realidad triunfe cada vez más. El problema de este optimismo desmedido no reside únicamente en que, hasta ahora —con los aranceles y la guerra de Irán, por ejemplo—, hemos necesitado una catástrofe para marcar el punto de inflexión, sino en que no tiene en cuenta el daño ya causado, que es indudablemente muy grande. La catástrofe de Irán podría marcar el declive de este país tanto como la crisis de Suez marcó el de Gran Bretaña.
Existe la misma conmoción en el extranjero al darse cuenta de los límites de la mentalidad imperial tardía. El relato de Haberman y Swan sobre la decisión de atacar a Irán —una decisión a la que los presidentes se han resistido por muy buenas razones desde 1979— es un trabajo periodístico brillante y, para quienes aún conservan fe en el poder estadounidense en el mundo, profundamente triste de leer. Como con presidentes anteriores, el primer ministro israelí llega a la Sala de Situaciones de la Casa Blanca con una guerra que justificar y promete que se producirá un cambio de régimen y que la amenaza nuclear será eliminada para siempre. Trump será un héroe, haciendo lo que los presidentes anteriores no se atrevieron a intentar. Y aunque los analistas de inteligencia estadounidenses califican los escenarios israelíes de “farsas” —“En otras palabras, es una tontería”, traduce el secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, Marco Rubio—, Trump decide aceptarlos de todos modos. El jefe del Estado Mayor Conjunto menciona algo sobre el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán —una de las principales razones por las que los presidentes se han resistido a presiones israelíes similares durante décadas—, pero Trump, en su profunda ignorancia, dice que no hay que preocuparse, que todo terminará en unos días. Y, de todos modos, ¿qué tenemos que perder?
Este relato me hizo recordar una frase de un ensayo publicado al principio de esta administración: “El colapso imperial más estúpido de la historia”. Hoy, debido a la despreocupada decisión de Trump, casi cuatro mil iraníes han muerto, más de cuatro mil libaneses han muerto y dieciocho estadounidenses han muerto. El estrecho de Ormuz, un punto estratégico económico crucial, está firmemente en manos de la República Islámica de Irán, y los portaaviones de la poderosa Quinta Flota de EE. UU. no han podido mantenerlo abierto ante las lanchas rápidas, minas y drones de Irán.
“Es muy interesante”, reflexionó Trump ante estos estos periodistas, “el poder”. Sería tranquilizador que esas palabras anodinas denotaran algún conocimiento o sabiduría en lugar de su simulacro. En realidad, el poder militar —el poder de volar cosas por los aires— es menos importante que la autoridad militar: la capacidad de imponer condiciones sin volar nada por los aires. Y Trump, a pesar de todas sus reflexiones sobre Tamerlán y Stalin, ha logrado reducir la autoridad de Estados Unidos inconmensurablemente, gracias a su propia superficialidad, vanidad e incapacidad para escuchar.
La farsa de las negociaciones que condujo al memorando de entendimiento y al reinicio de la guerra que siguió, queda fuera del alcance del relato de Haberman y Swan. De no haber sido así, los autores podrían haber dicho que, en lo que respecta al absurdo memorándum —en el que los estadounidenses acordaron pagar a los iraníes miles de millones de dólares para restablecer el statu quo anterior—, la creciente inflación provocada por el cierre del estrecho, junto con las inminentes elecciones de mitad de mandato, no le dejaron otra opción que someterse a los iraníes. Pero esta es la debilidad y el peligro del transaccionalismo de Trump: carece de criterios perdurables, más allá de su propia vanidad, para juzgar qué es importante o qué es correcto. Y si algunos de su reducido círculo de asesores lo tienen, les falta el valor para decírselo. De hecho, él mismo propició una eventual guerra cuando, precipitadamente, rompió el acuerdo nuclear de Barack Obama con Irán en 2018.
Ahora, como un triste héroe trágico, se encuentra condenado por sus propias decisiones inconscientes y luchando por negociar un acuerdo que jamás podrá ser tan bueno como el de su predecesor. Como drama, hay algo correcto y satisfactorio en esto. Pero todos somos testigos de cómo la guerra con Irán y sus consecuencias se convierten en una farsa terrible y decadente. Trump, rápidamente aburrido, ha pasado página. Preside otros escándalos —el estanque reflectante lleno de algas, entre otros— y otros proyectos, como su espléndido salón de baile, más grande que la propia Casa Blanca, y su “Arco de Trump”, que será casi treinta metros más alto que el modelo concebido por Napoleón en París.
Mientras reflexiona sobre su poder, sus índices de aprobación se han estabilizado en torno al 35%: dos de cada tres estadounidenses desaprueban su gestión. Hace tiempo que perdió el apoyo de muchos de los independientes, latinos y jóvenes votantes que lo reeligieron. A medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato, intenta manipularlas mediante la redistribución de distritos, diatribas sobre fraude electoral y propuestas para restringir el voto. Sin embargo, en California y otros estados, los demócratas han igualado la manipulación electoral republicana, y la tan publicitada Ley para Salvar a Estados Unidos del presidente, que impondría onerosos requisitos de identificación a los votantes, no será aprobada por el Senado.
Hay indicios por doquier de que el fallido ataque a Irán marcó el punto álgido de su poder. La Corte Suprema dictaminó que carecía de autoridad para imponer aranceles o para eliminar la ciudadanía por derecho de nacimiento. Los tribunales inferiores, en decenas de decisiones, han bloqueado sus medidas de emergencia más presuntuosas. Su campaña de deportaciones en ciudades demócratas, que no pasó desapercibida, se topó con la resistencia ciudadana de Minneapolis, incluida la muerte de dos manifestantes a manos de Agentes del ICE.
Ante una ola de mala prensa y una caída en picado en las encuestas, la administración dio marcha atrás, ignorando las peticiones de algunos miembros de su seno (entre ellos Stephen Miller y, como revelan Haberman y Swan, el vicepresidente J.D. Vance) para que el presidente invocara la Ley de Insurrección y enviara tropas a la ciudad. Aquí, como con los aranceles y la guerra, ante una realidad cada vez más sombría, se retiró, aunque su administración, ahora más discreta, continúa deportando a decenas de miles de personas.
¿Qué le importa realmente a Trump más allá de sus salones de baile, sus estanques reflectantes y sus arcos? ¿Le quita el sueño la idea de que los inmigrantes “invadan” el país? Sin duda, ha puesto de manifiesto las debilidades de nuestro sistema de gobierno en su 250 aniversario, empezando por su propia llegada al poder tras obtener casi tres millones de votos menos que su oponente. Pero no legará ninguna doctrina ni filosofía. Las normas que ha destrozado con su corrupción sistemática aún deben convertirse en leyes más fuertes y duraderas. El nihilismo que ha expuesto entre los votantes, disgustados por su impotencia en medio de una desigualdad cada vez mayor, debe ser abordado por los futuros líderes, pero nadie parece capaz de reemplazarlo como un omnipresente provocador en las redes sociales.
Durante dos años más, y contando, la incesante cacofonía —el dominio de veinticuatro horas del ciclo informativo con tuits, insultos y escándalos— continuará. Es un charlatán, un bufón de la era de internet con recursos ilimitados para entretenernos e indignarnos. Por mucho que deseemos borrarlo de nuestra conciencia, no lo lograremos. Nos dejará habiendo conseguido poner fin al dominio imperial del país y cerrar fronteras que antes eran más acogedoras para los extranjeros. Habrá contribuido a que los ricos se hagan cada vez más ricos y a que millones de personas con menos recursos no tengan seguro médico cuando enfermen. Habrá debilitado al gobierno, haciéndolo menos receptivo, y a la sociedad que lo rodea, mucho más corrupta. Habrá politizado muchos aspectos de la vida pública del país que antes no estaban politizados.
Pero su supuesta reflexión sobre lo que anhelaba —“Es muy interesante, el poder”— es inerte. Su insaciable apetito de poder solo se manifiesta en la medida en que satisface su avaricia y lo convierte en el centro de atención. Pero se trata de poder como mero engrandecimiento personal, y culmina en la estéril farsa de su nombre estampado en arcos y monumentos. Mientras escribo esto, los tribunales han ordenado que se retire su nombre del Centro Kennedy, y esa humillante operación, oculta a la vista del público tras una lona discreta, también marca un punto de inflexión. ¿Habrían tolerado Tamerlán o Stalin semejante desgracia? En ocasiones ha enviado a las tropas, pero cuando los tribunales se han opuesto, se ha quejado enérgicamente y ha acatado en silencio. A pesar de su fanfarronería sobre las emergencias, no ha invocado la Ley de Insurrección, temiendo que el daño político superara con creces el beneficio. A menos que logre subvertir flagrantemente las próximas elecciones —enviando tropas a los colegios electorales, por ejemplo, para confiscar las papeletas y de ese modo “proteger” el voto, un paso fatídico que claramente lo tienta— su poder, por mucho que lo exhiba con orgullo, seguirá menguando inexorablemente.
The New York Review, agosto 2026








