Incluso cuando hay consenso sobre los hechos, las interpretaciones son radicalmente diferentes.
Traducción Alejandro Garvie
En los últimos años, se ha prestado considerable atención académica y política a la preocupación de que los ciudadanos de muchas democracias habiten cada vez más “mundos” diferentes. Este temor es especialmente acuciante en Estados Unidos, donde la marcada polarización entre demócratas y republicanos es intensa y parece ir en aumento, pero también se manifiesta en muchos otros países occidentales.
En concreto, la preocupación radica en que, en temas tan diversos como la integridad electoral, la inmigración, la delincuencia, las vacunas y el caso Epstein, muchos ciudadanos no solo tienen valores e intereses diferentes, sino que además parten de interpretaciones fácticas fundamentalmente distintas de lo que está sucediendo.
Esto crea un problema evidente. Las democracias pueden funcionar si los ciudadanos tienen diferentes experiencias, intereses, valores e ideologías, pero si ni siquiera pueden ponerse de acuerdo sobre lo que sucede en el mundo, estamos en problemas.
Como dijo Barack Obama: “Queremos diversidad de opiniones; no queremos diversidad de hechos”.
Sin embargo, cabe preguntarse si esta evaluación de una “polarización fáctica” sustancial es precisa. ¿Qué tan extendido está realmente este fenómeno? ¿Deberíamos preocuparnos?
La buena noticia es que parece haber menos desacuerdo fáctico del que muchos temían. La mala noticia es que el desacuerdo fáctico nunca fue la raíz de las divisiones más profundas.
Fuentes de escepticismo
Existen tres razones para dudar de la narrativa convencional sobre la polarización basada en hechos. La primera es una serie de investigaciones ya conocidas que sostienen que las preocupaciones posteriores a 2016 sobre las noticias falsas y la desinformación son exageradas. Según estos estudios, las falsedades y las invenciones evidentes son menos frecuentes en el entorno informativo de lo que muchos suponían.
La segunda línea de investigación, que resulta convincente, sugiere que las estimaciones de la desinformación y la polarización se han sobreestimado sistemáticamente debido a diseños de encuestas defectuosos. Al pagar a los encuestados para que den respuestas precisas (para evitar el apoyo partidista insincero), incluir la opción “no sé” y detectar la falta de atención y las respuestas provocadoras, la cantidad de errores fácticos y desacuerdos en la opinión pública tiende a disminuir considerablemente.
Finalmente, hace cinco o diez años, estaba de moda entre los científicos sociales e intelectuales públicos argumentar que las personas son tan irracionalmente tribales que a menudo son inmunes a los hechos e incluso a veces reaccionan de forma contraproducente cuando se les corrige. Pero tales ideas han corrido la misma suerte que innumerables hallazgos atractivos de la psicología social: generalmente no se han replicado. El hallazgo más sólido, aunque menos impactante, de investigaciones recientes es que cuando a las personas se les presentan pruebas fácticas y argumentos racionales, tienden a actualizar sus creencias, incluso cuando eso significa alejarse de las ortodoxias de su grupo.
Todo esto sugiere que el pánico por los “mundos diferentes” es infundado, y que la mayoría de los ciudadanos están más estrechamente vinculados a una realidad compartida de lo que se suponía. Sin embargo, esta interpretación excesivamente optimista sería prematura. Los ciudadanos pueden coincidir en hechos verificables y aun así vivir en mundos distintos, porque los hechos no se interpretan a sí mismos. Para comprender por qué, debemos ir más allá de las discrepancias fácticas puntuales y analizar los sistemas de interpretación contrapuestos mediante los cuales las personas seleccionan, categorizan, contextualizan, conectan, explican y narran los hechos.
La mejor explicación de este fenómeno proviene de uno de mis referentes intelectuales, Walter Lippmann, en su análisis de lo que denominó el “pseudoambiente”: las compresiones de la realidad, altamente selectivas y de baja resolución, que la mayoría de los ciudadanos confunden con la realidad misma. Este análisis del pseudoambiente pone de relieve una forma de división política que suele pasarse por alto en la investigación académica. Podemos llamarla “polarización interpretativa”, aunque la idea no es nueva.
Para comprender cómo funciona esto, será útil comenzar con una de las historias más importantes de la política británica reciente: el asesinato del estudiante de 18 años Henry Nowak, y los procesos a través de los cuales los hechos de su muerte fueron refractados a través de los sistemas de interpretación rivales que organizan la atención política y el conflicto en el Reino Unido y en el mundo occidental en general.
“No puedo respirar”
Muchos de los hechos relacionados con lo sucedido a Henry Nowak no están en discusión, en parte porque los últimos momentos de su vida quedaron registrados en horribles imágenes de cámaras corporales.
En diciembre pasado, Nowak, un estudiante universitario blanco de dieciocho años, fue apuñalado varias veces por un individuo sij llamado Vickrum Digwa. Mientras Nowak agonizaba, el hermano de Digwa llamó a la policía y afirmó que Nowak lo había agredido por motivos racistas. Cuando llegó la policía, Digwa y miembros de su familia corroboraron esta versión mientras Nowak yacía en el suelo, apenas capaz de hablar o moverse.
Les dijo a los policías que lo habían apuñalado. Uno de ellos respondió: “No creo que sea cierto, amigo”. Luego le pusieron las esposas y, al principio, lo ignoraron y lo desestimaron mientras repetía: “No puedo respirar”. Los agentes le dijeron que lo arrestaban por agresión y le leyeron sus derechos mientras agonizaba. “Por favor, hermano, no puedo respirar” fueron algunas de sus últimas palabras.
Ocho minutos después de llegar al lugar de los hechos —según una transcripción del incidente publicada recientemente— los agentes de policía descubrieron que Nowak había sido apuñalado, y Digwa fue acusado de asesinato. En mayo, Digwa fue declarado culpable, tras lo cual se difundieron las imágenes de las cámaras corporales de los agentes que llegaron al lugar, lo que generó una gran atención mediática y un intenso debate político sobre el incidente.
Tras observar este acalorado debate, sería razonable concluir que muchos ciudadanos viven en mundos distintos. Sin embargo, esto se manifestó mucho menos en el desacuerdo sobre los hechos verificables del caso que en la forma en que se interpretaron.
Para los populistas y la extrema derecha, los acontecimientos adquirieron la máxima relevancia política, no como un hecho aislado o poco representativo, sino como una emergencia nacional, un motivo para una profunda reflexión política.
Se catalogó como un ejemplo y una prueba de cómo el Reino Unido opera con una cultura y un sistema de justicia de “dos niveles”, en el que las instituciones establecidas aplican estándares diferentes a los ciudadanos blancos (cada vez más escritos con mayúscula inicial: “Blancos”) que a las minorías raciales.
La respuesta de la policía se explicó no solo en términos de incompetencia, sino también en términos de la influencia insidiosa de la ideología antirracista/DEI/woke en todas nuestras instituciones, lo que llevó a los agentes de policía que llegaron al lugar a tratar una acusación de racismo “más en serio que un acto de asesinato”, como lo expresó Nigel Farage, líder de Reform UK.
De esta forma, los hechos también fueron filtrados a través de suposiciones contrafactuales sobre cómo tal suceso nunca podría haber ocurrido si un hombre blanco hubiera apuñalado a un adolescente sij y luego hubiera afirmado falsamente haber sido víctima de una agresión racial.
Fundamentalmente, los acontecimientos se enmarcaban en una clara narrativa de villanos, víctimas y héroes. La víctima directa, Nowak, representaba a la gran mayoría de los británicos blancos comunes y corrientes, víctimas de las élites liberales y las minorías raciales. Para defenderse, estas víctimas debían apoyarse en personas valientes y honestas —políticos, analistas, activistas, ciudadanos de a pie— que no temieran ser tildados de racistas.
Esta interpretación chocaba con la lectura liberal y progresista predominante. En ella, el asesinato de Nowak y la respuesta policial se consideraban una tragedia aislada, no representativa de un contexto más amplio y, por lo tanto, carente de información sobre él. Por consiguiente, no debían “politizarse”, como lo expresó un diputado laborista, muy lejos de la propuesta de Farage de responder al suceso con “pura y fría rabia”. La apasionada reacción de la derecha ante la muerte de Nowak se asimiló a un patrón más amplio y conocido: demagogos y marginados de extrema derecha que explotan tragedias aisladas para avivar el odio y la división. En esta narrativa, las verdaderas víctimas eran las minorías raciales, blanco de dicho odio racista, así como las instituciones establecidas que supuestamente las protegen.
Es importante destacar que una de las razones por las que estos acontecimientos desataron tal tormenta política y mediática es una frase específica que pronunció Nowak: “No puedo respirar”. En 2020, George Floyd pronunció estas palabras antes de ser asesinado por Derek Chauvin, hechos que quedaron registrados en un vídeo espeluznante.
En ese caso, los sistemas de interpretación que he descrito se invirtieron por completo. Entre los liberales y progresistas, no solo en Estados Unidos sino en todo el mundo occidental, la muerte de Floyd adquirió una relevancia política máxima. No se trató de un asesinato y una tragedia aislados o poco representativos, sino del motivo de una reflexión nacional, e incluso internacional.
El eje central de la narrativa era el racismo, no solo el de Chauvin, sino también las formas más profundas e insidiosas de racismo (estructural, sistémico, implícito) que llevaban mucho tiempo envenenando las culturas e instituciones occidentales, y de las que la muerte de Floyd fue un terrible síntoma. Por supuesto, esta interpretación causal implicaba una suposición contrafactual: que, si Floyd hubiera sido blanco, esto jamás habría ocurrido.
Los conservadores y los populistas de derecha tendieron a interpretar los hechos desde una perspectiva muy diferente. Hicieron hincapié en los hechos específicos del caso, incluyendo los antecedentes penales y la conducta de Floyd. Expresaron agnosticismo o un escepticismo manifiesto sobre la relevancia del racismo en los hechos, y a menudo intentaron dar a conocer casos similares en los que víctimas blancas fueron asesinadas por la policía sin recibir una atención mediática o política comparable.
Así es como se manifiesta la polarización interpretativa: el filtrado de hechos consensuados a través de sistemas rivales de relevancia, explicación y narrativa.
La perspectiva de Lippmann
En su obra maestra de 1922, La opinión pública, Walter Lippmann argumentó lo siguiente: a diferencia de los mundos sociales relativamente pequeños con los que nuestra especie interactuó durante la mayor parte de su historia, el mundo moderno es demasiado grande, complejo, cambiante e inaccesible para que cualquier individuo pueda interactuar con él de forma directa o completa. La mayoría de los eventos, tendencias, regularidades y asuntos públicos son remotos. Ocurren en lugares que nunca hemos visitado, involucran a personas que nunca hemos conocido, se ven afectados por sistemas e instituciones complejos que no podemos comprender del todo y dependen de innumerables hechos que no podemos verificar personalmente. Esto tiene dos implicaciones interrelacionadas.
En primer lugar, dependemos de otros (periodistas, expertos, políticos, activistas, intelectuales, etc.) para que nos muestren la realidad, y todos ellos se encuentran exactamente en la misma situación.
En segundo lugar, esta mediación no puede consistir en una simple transmisión de “los hechos”. Hay demasiados hechos y demasiadas maneras de interpretarlos, relacionarlos y explicarlos. Por lo tanto, debemos reducir la realidad a modelos mentales extremadamente selectivos y de baja resolución.
Esta tesis subyace a la distinción que hace Lippmann entre lo que él llama el “entorno real” —la vasta, compleja e independiente realidad en la que nuestras acciones tienen consecuencias— y el “pseudoentorno”: nuestras imágenes simplificadas y selectivas de la realidad (“las imágenes en nuestra cabeza”) que instintivamente confundimos con la realidad misma.
Para Lippmann, no podemos comprender la política democrática y sus patologías definitorias sin prestar atención a las características distintivas y los modos de falla de estos pseudoambientes. Tampoco podemos comprender las divisiones políticas ni las maneras en que los distintos ciudadanos “viven… en mundos distintos”.
Estas ideas subyacen a la que quizás sea la frase más famosa de la película Opinión Pública: “En la mayoría de los casos, no vemos primero y luego definimos, sino que definimos primero y luego vemos”. Por lo tanto, la opinión pública no consiste en evaluar un conjunto de hechos preexistentes y autointerpretados, sino en aplicar un sistema de interpretación preexistente para seleccionar, omitir, categorizar y presentar los hechos.
Pseudoambientes
Todo esto va mucho más allá de las meras cuestiones de polarización fáctica. Sistemas de interpretación radicalmente diferentes pueden coexistir con un reconocimiento compartido de hechos concretos. De hecho, así como la propaganda más eficaz rara vez recurre a falsedades flagrantes, los sistemas de “estereotipos” más resistentes son precisamente aquellos difíciles de refutar.
Por ejemplo, la creencia cada vez más extendida de que los británicos blancos son víctimas de un sistema judicial opresivo de dos niveles no se somete fácilmente a la verificación de hechos tradicional. Claro que se pueden señalar muchos hechos que parecen contradecirla (por ejemplo, el predominio de las personas blancas en los estratos más altos de la sociedad británica), pero también se pueden señalar hechos que parecen confirmarla (por ejemplo, leyes y políticas que a menudo implican discriminación positiva de facto a favor de los grupos no blancos). En el fondo, sin embargo, no se trata de una afirmación simple y verificable sobre la realidad. Es una interpretación de la realidad cargada de connotaciones, capaz de absorber la información que la confirma y descartar la que la refuta.
Para la mayoría de quienes viven en este pseudoambiente, ni siquiera existe como un conjunto de proposiciones completamente articuladas. Implica sentimientos incipientes de identidad, estatus y agravio, junto con una narrativa general, cuyos detalles precisos se desarrollan posteriormente, se vinculan con eventos en curso y son defendidos por una clase profesional de políticos, expertos y activistas que trabajan para construir y actualizar los detalles de este pseudoambiente en tiempo real.
La idea de Lippmann era que, si bien no todos los pseudoambientes son igualmente erróneos, en cierto sentido, todos lo son. No solo son representaciones selectivas y simplificadoras de realidades complejas, elaboradas de forma profundamente acientífica, sino que tampoco son neutrales ni imparciales. Nuestro pseudoambiente, escribe Lippmann, es “la garantía de nuestra autoestima; es la proyección sobre el mundo de nuestro propio valor, nuestra propia posición y nuestros propios derechos”.
Tendemos a inclinarnos por interpretaciones que halagan a nuestros aliados, demonizan a nuestros rivales, justifican nuestras quejas y asignan a las personas adecuadas roles simplistas de villano, víctima, héroe, cobarde, ingenuo, hipócrita y enemigo.
¿Qué se puede hacer?
En 1922, Lippmann escribía a favor de una solución ampliamente tecnocrática. Si el problema radica en que la opinión pública es precientífica, la solución debe recaer en la “inteligencia organizada”: instituciones que apliquen metodologías científicas y estadísticas rigurosas para clasificar, analizar y explicar el mundo social. Sin embargo, los casos de Nowak y Floyd ayudan a demostrar por qué esta solución es tan frágil.
Las instituciones productoras de conocimiento, aparentemente neutrales, pueden verse influenciadas por entornos sociales manipulados. Esto pone de manifiesto una segunda cuestión: incluso si dichas instituciones fueran perfectamente objetivas, solo podrían moldear la opinión pública si la gente confiara en ellas. Si los ciudadanos viven en un entorno donde perciben a estas instituciones como manipuladas, corruptas o parciales, no podrán desempeñar el papel que Lippmann anhelaba. Nos queda simplemente esbozar algunas cosas que podrían ayudar.
Debemos lograr que nuestras instituciones epistémicas sean más fiables e imparciales. Con demasiada frecuencia, están politizadas y orientadas a la defensa de intereses. La objetividad perfecta puede ser inalcanzable, pero no por ello es una tapadera para intereses ocultos. El creciente dominio institucional de la izquierda en las últimas décadas, junto con una corriente de pensamiento progresista que busca reemplazar los ideales de objetividad con el activismo por la justicia social, ha dañado gravemente la confianza de la que dependen estas instituciones para desempeñar un papel valioso en la sociedad.
Los representantes de estas instituciones también deben adaptarse mejor a las limitaciones e incentivos de la nueva era mediática. Los tiempos en que se dependía del control institucional y de la élite sobre la narrativa pública han quedado atrás. Vivimos ahora en una economía de la atención más fragmentada y competitiva, que favorece modos de comunicación más directos y auténticos.
En última instancia, sin embargo, es más fácil diagnosticar la enfermedad que prescribir la cura. Liberados de la influencia restrictiva del conocimiento experto y fiable que solo la investigación sistemática puede proporcionar, los ciudadanos democráticos construirán realidades rivales, cada una un mapa burdamente simplificado y distorsionado de un entorno complejo que confundirán con el entorno mismo.
Link https://www.persuasion.community/p/how-to-understand-factual-polarization








